Ciegos en el laberinto

Caótico o demente. Difícil, enrevesado y duro, poco sutil. Esa es la suerte canalla que nos vale una sonrisa cuando se superan dos problemas. Ese intrépido porvenir de un futuro no escrito, mil veces pensado y que sigue vagando en la continua ignorancia de no saber como se presentará. Entonces salta el listo de la clase, ese que siempre decía “lo sabía”. Con convicción. Sabía que iba a suceder. Y cuando son varias veces y se convierte en una coletilla gracia de la costumbre, todos al oír sus palabras contestan con aires de incredulidad “si… ya, claro”. Así las cosas, se resume el día a día de los planes. Bien sobre el papel con tan inmaculada demostración que deben ser lo mejor cuando están para incumplirse, con el único desasosiego de no saber bajo qué circunstancia huyen de cumplir con su deber. Otros con el hacha de la voluntad exhiben la fuerza y el poder de cumplir con todo, ser el máximo de coherentes, pero solo en sus adentros. A buen seguro, alguien por las espaldas los habrá puesto en entredicho, habrá hecho cosquillear los oídos, sí, como cuando hablan mal de uno. Creo que a todos nos ha pasado. Parece que no hay vía de hacer todo a gusto de todo, y todo ánimo de ser el buen chef de nuestros actos cae en la frustración de leer las críticas al día siguiente, la de un anónimo periodista que rebate nuestro éxito.

Por eso algún alma errante habrá sugerido dejarlo todo. No preocuparse. Dejar un poco que las cosas vengan y otras, en virtud de la naturaleza, se vayan. Y solo coincido con el no preocuparse porque la misma palabra es locuaz de indicar, pre, antes, y ocuparse. Es decir, ocuparse de algo antes de su llegada. Basto engaño y error que consume tiempo precioso y desgarra salud. El resto parece digno de una tierna infancia o de otro modo no es comprensible. Porque el ser humano necesita de esos planes para poder preveer un poco los acontecimientos más allá de sus narices aunque caígan en saco roto. Al menos reducen la ansiedad de la preocupación sin fronteras. Este mensaje tan desesperanzador viene a recalcar una inapelable realidad. Si tendemos a relacionar todo con el pasado siempre nos conduce a la sensación que sabíamos que iba a pasar pero, miren la ilusión, “¿como osamos predecir mirando la base de datos del pasado?” Es absurdo si así se cuenta. Así, mejor no verlo desde tal óptica ¿no?

Negro. Es el color que entendemos ven los ciegos, siendo nosotros los más ciegos entre los ciegos, porque no conseguimos entender no ver color alguno. E igual, resulta que todo lo vemos con los ojos tapados de quién solo se conoce así mismo y no ha estado en la mente de los demás. Y claro, es normal, porque lo otro salta a la vista como el imposible de los imposibles. Aunque quién sabe si hay otra vida y allí… Pero, sabiendo lo sabido, no. Se tiende perniciosamente aunque con noble intención de entender los problemas ajenos como si fueran nuestros y así pensar que todos están locos. Ciegos ante la posibilidad de no saber todo cuánto acontece en las vidas de los demás y de donde emanan algunas de sus desiciones. Si todo vemos bajo estrechas miras, a veces el auxilio de un amigo se hace un estorbo más que una ayuda porque “él no comprende”. Y es el dilema de los puntos de vista y de los tortuosos planes.

Y unos pisan a otros. Que se rompan los planes “ya se sabía”, si “es que era evidente” pero, chaval, ¿y para que decías eso entonces si tan evidente era que no fuera así”. “Bueno, lo he ido viendo con el tiempo…” Y así comienza la perorata de que si paso esto y lo otro del más allá ya dio la señal inequívoca de un cambio en las cosas. Pues nada. Que se crea lo que se quiera. Por ahora creo en la libertad, que es tan bonita como dibujar todos los caminos posibles en un laberinto de insalvable salida. Todo el mundo hará sus planes, pensará como le parezca y cada uno detentará con celos su verdad en este mundo y nadie estará en lo cierto. O igual sí, porque no es más que una visión personal todo este alboroto de reflexión sin más pretensiones que dar rienda suelta a plasmar un pensamiento errante.

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