Salida adelante. Parte I.

Este es el comienzo de una pequeña saga ilustrada en una crítica a nuestros tiempos donde, sin apenas darnos cuenta, nuestra libertad, proclamada por la democracia, se está socavando por acción de ella misma. Presento la sociedad libertaria, con un mínimo de gobierno y muchas personas conectadas en intereses comunes, buscando la cooperación en ausencia de aquella providencia que nos distancia unos de otros, el Estado. Éste nos exime de ser responsables de nuestros actos y de entrever las consecuencias de nuestras decisiones. Nos impide relacionarnos más profundamente con el vecino de al lado como con el amigo de las cervezas los fines de semana. Si indico el concepto de libertad económica, nos sonará a “libre mercado”, “explotación” y todos sus subsiguientes. Sin embargo, no obstante, la ficción, que no por ello imposible, relata la tan íntima relación de nuestra economía con nuestra cultura, nuestra libertad y responsabilidad como con el desarrollo personal. Todos los opresores de esta libertad anulada en la historia, que colocan cortapisas irracionales en emprender, moverse, intercambiar cosas con los demás en mutuo acuerdo, acaban con los pueblos a los cuales protegen, o intentan proteger.

***

Los problemas remontaban todas las fronteras posibles y saltaban como el mejor de los atletas todos los obtáculos que, nosotros, poníamos en orden de frenar aquella despavorida persecución de la mala fortuna. Mis estudios se encontraban en estado de shock mientras la empresa que la familia sostenía veía apagarse la última vela con una breve y suave brisa invernal. Habíamos estado colaborando en la publicidad de la tienda de mis colegas y vecinos de toda la vida. Trabajaban en construir toda una red de internet en la comunidad donde vivíamos, es decir, unas cien familias. El monstruoso trabajo había requerido de unos contactos primero, y después de un poco de comunicación. En la segunda parte nos encontrábamos nosotros. Hace un par de años tuvimos una amigable charla con ellos y emprendimos el camino juntos. Ellos ya sabían como operaban otras organizaciones de vecinos con sus reuniones en línea y todo ese mundo virtual creado y nosotros aun no disfrutabamos de las bondades de estos sistemas, muy importantes en la vida política de la comunidad. Por cierto, el sistema de financiación que, seguro, es una de las preguntas más frecuentes, era pagado por todos los usuarios del sistema depositando pagos domiciliados en la cuenta de la empresa.

La crisis de este buen servicio provenía de la llegada de uno de los magnates de las redes a la ciudad. Nos ofrecían tener todo el servicio, más barato, y sin duda tan fiable como el mismo acero. No teníamos lugar y, como se dice, la ciudad no era lo suficientemente grande para los dos, o tres. Mis estudios quebraban por el tremendo costo de esto, que sin actividad, ahondábamos en un túnel de incertidumbre con ahorros escuetos. No obstante, quería proseguir el curso porque me convenía para poder ampliar nuestras posibilidades de trabajo.

A Raúl se le ocurrió lanzarse, con sus conocimientos de geek de la informática, a presentarse en la gran empresa de Liberberry y enseñarnos a todos el significado de “si el enemigo es demasiado fuerte, mejor unirse a él”. Todo, sin la connotación de traición porque, miremos el lado bueno, no iba a tener que rellenar libros contables más y solo se iba a preocupar de un trabajo, el que mandaran al día, ni más ni menos y sin mayores preocupaciones. Al cabo de una semana regresó con la buena noticia de entrar en Liberberry. Yo indagué por mi parte, sabiendo eso, en echarle una mano con los fregados que se llevaban, Raúl y su familia, con el transporte, aparte de otros amigos, pero la idea se me inspiró a raíz del éxito de Raúl. Alquilé un coche grande y me dediqué, en las horas punta, a traerlos y llevarlos a los distintos trabajos. Mi oferta era limitada pues contaba únicamente conmigo y mi coche compañero. Estaba obligado a compaginar el horario de todos y tener que rechazar, a veces, posibles clientes por incompatibilidades.

En esas fui a un registro online mercantil y me inscribí con todo lo necesario bajo el poco atractivo nombre de Urbancar. Aunque para mi fue todo un logro decidirme por un nombre y no por mil. Uní, así de sencillo, el final de autocar con urbano, y sin querer formé un oxímoron de autocar, usado en viajes a ciudad en ciudad y de urbano, para los asuntos de los adentros de las ciudades. Como todos los nombres, para el autor, no pasan de un ridículo disfrazado de ilusión por etiquetar lo salido de la propia cosecha. Con eso, unos pocos ingresos y unas cuantas preocupaciones extra salía delante y continuar con los estudios y con la paz económica.

Por desgracia, a perro flaco todo son pulgas, y cuando se asoma la cabeza alguien vuela con una maza a sepultarla de nuevo con inicua intención. Mi padre enfermó. Dejó el trabajo y empezó a cobrar de la mutua, un pequeño salario por lo pagado junto con los compañeros de su trabajo y otra empresa. Ese fondo era pequeño por la baja de uno de los mejores amigos de padre hacía poco y renqueaba. La infección no podía extenderse más, desde aquel riñón atacado hasta una cuenta corriente en merma. Yo, en mis planes de independizarme, me topé con una barrera no prevista. Se me ocurrieron varias opciones y destaco, la de echar más horas en mi Urbancar y la de posponer mi marcha. Opté por la primera casi de manera visceral. Las ansias de dar un paso con Ana, vivir con ella podían al esfuerzo que me iba a suponer. Tenía que levantar más alta la cabeza y no indagar en los suburbios de la desdicha. La salud de mi padre mientras tanto no corría peligro pero impedía, claramente, escapar de su situación de dependencia.

Le conté un poco avergonzado a Ana que necesitaba un tiempo para poner todo en orden. Sabía que lo entendería, sabía que es difícil aunque ella no ha sufrido de necesidad pero no se evadía en un mundo de nobles y plebeyos, sino de arduos héroes y egoístas vagos. Esa mentalidad es crucial para entender de momento como se ofreció a echar una mano. Ampliar las horas mediante poner dos coches en vez de conformarme con el mío. Ampliar mi retoño Urbancar con excelente compañera. Los dos, por cierto, envueltos en el posgrado de políticas, e-economía. Uniendo fuerzas fue más fácil. Por descontado el tiempo para los dos, si el de ella disminuyó, el mío aumentó pero se hizo más fuerte el vínculo que nos unía y amplió, quieras que no horizontes, al vislumbrar nuevas metas conjuntas y de nuestra empresa. Solucionamos la crisis de mi padre cuando se recuperó pero, cuando eso ocurrió, era imparable el avance de la empresa. Ese mismo día, hablo de hace un mes, entrevisté personalmente con mis conocimientos de mis estudios, primera puesta en práctica, a uno de mis futuros compañeros. Ahora tres en la empresa y todo hacia delante.

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