Un pensamiento, una rebelión. Parte I.

Juan Galt se sentía distraídamente confuso entre sus internas meditaciones cuando sonó, con cierto estrépito, la puerta. Fueron dos golpes consecutivos, secos. Odiaba cuando alguien le sacaba de su concentración, por mucho que fuera esta andar divagando en una pompa. Sin más remedio y por temor a la insistencia se levantó con mal ánimo y miró por la mirilla con desconfianza. Se trataba de una especie de vendedor o, en otras palabras, un pesado, o el inoportuno de turno. Se hizo el sueco y quiso darle a entender que no había nadie morando en el piso para que marchara sin tener que enfrentarse al tedio de decir a una persona “vete por ahí, a tomar por…” pero con palabras finas y amables para no parecer un cascarrabias barriobajero.

El problema, salvado el escollo, era regresar a la paz anterior donde se sacudía en una calma inaudita y evadía el ajetreo de todos los días. Aun así, dentro de sus estresantes pensamientos se encontraba el preguntarse por qué la gente necesita tanto movimiento, marcha… como lo quieras llamar para estar bien, para decir que ha merecido la pena el rato cuando, tan simple, sentirse estar en un sitio y fin del asunto. No obstante, es preciso quitar la idea que Juan fuera un tipo excéntrico, un tipo de ermitaño friki moderno o algo así, o que compartiera alguno de esos remedios meditabundos chinos debajo de la cascada. Vivía una vida normal pero, en cambio que muchos, apreciaba el estar solo y vivir el momento para sí como algo único. Un ritual especial, propio y oculto. Por lo demás destacaba, si es por algo, por ser demasiado convencional. Sí, es el tipo del que todos, ecuánimes, dirán “un tío normal”. Creo, no obstante, que es el peor de los calificativos vertidos sobre una persona y más si hay consenso en eso.

El café de los viernes agitaba la mente como azotaba los nervios para dar un tenue vigor a la conversación más trivial con cualquier amigo, hacer de un tiempo eterno algo tan sumamente efímero que se resumiría con una sonrisa y el breve recuerdo de una instantánea. Juan Galt concurría los fines de semana, con el timbre del fin de las clases para toda la semana, estos lares, acompañaba la bebida caliente y oscura con un poco de azúcar y solía tentarle el objeto de bollería de turno siempre expuestos delante de la barra, por detrás de unos cristales. Pero, ocurrió, ese día no fue un breve suspiro de vida sino un mundo embuido en la salsa de la vida. En la típica conversación salió una pregunta que, de inocente, pasaría inadvertida pero en él hizo, entonces, mella. Le preguntaron que qué había planeado hacer de mayor. Entiéndase, que se le estaba lanzando la pregunta a un chaval más cercano a la veintena que otra cosa. Y es precisamente el rumor interno, el que se fue propagando dentro de sí, el que desencadenó una suerte de batería de autopreguntas pero, en el momento, delante de su compañero Daniel, dijo un escueto “aun no lo tengo pensado. Hay muchas cosas interesantes y me cuesta decidirme”.

Después, de regreso a casa, todo fueron imágenes en su cabeza. Iban sucediéndose una tras otra y apenas podía hacer nada para que cesaran. Recordaba en el colegio la misma pregunta, casi en el jardín de la infancia, uno, pero sin flores ni arbolitos. La misma en el instituto con los chavales salpicados de acné, ojos idos a la primera brisa femenina y con estúpidos profesores plasta que “bla, bla, bla” y “bla, bla, bla”. Unos padres aborrecibles y moralistas, y siempre con esto sí puedes, esto no ¿por qué? Porque es así. A fin de cuentas parece una espiral insidiosa. Pútrida. Sin salida. Solo cabe decir ¿qué pinto yo aquí? y todo sin encontrar consuelo. El destino se escribe con mayúsculas. Terminar todo este túnel repetitivo y acabar en un trabajo, por hacer algo de qué llevar el pan a casa, y solucionar las diferencias personales con un poco de bebida, marcha y chicas cuando tercie y permita el bolsillo. Así de simple. Pero, ¡menudo contraste! Si Juan es un oculto amante de la paz y de la serenidad. De la soledad bien entendida. De marcar ritmos en la vida y no deslizarse al galope hasta caer agotado. Estaba él buscando algo sin querer en esos momentos de paz y, cuando menos lo esperó, con el antónimo de la paz, el café, lo encontró. Por una vez se vio identificado con los grandes hombres. Aquellos ejemplos de volúmenes incontables de biblioteca y charlas apasionadas de historia. Esos que ansiaban cumplir sus sueños y el famoso sueño americano. Hacerse así mismo. Los retos.

Pero ¿cómo articular todo eso en algo coherente, algo posible de realizar? A ver, si todo está dispuesto en las calles a que sigas caminos y no te pierdas. Esos carteles luminosos por todos lados alertando de “compra aquí” y esas suculentas llamadas a saciar todos los apetitos descriptibles a la puerta de la calle como quien dice. Esa magnífica estructura de la educación de los burros con vista a dejarlos a su suerte en los pastos más tarde. “Iré contracorriente. Haré lo que quiera. Diré lo que tenga que decir”. Y con eso, tacto pero verdad por delante. Una verdad delirante. Un camino trazado con un poco de desparpajo y descaro pero con humildes intenciones invitaba a cambiar, por fin, el feo adjetivo de “normal” con que todos le etiquetaban hasta entonces.

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