El cristal hipnótico

Fue un lento acercamiento como el de un niño tímido hacia un desconocido. Levantó la mano y la extendió medianamente hacia delante con poca decisión y con temor de tocar la extraña imagen sinuosa del espejo, si es que podía denominarse de aquella forma. Su imagen apenas parecía reflejada mas todo allí era una tétrica mezcla de sombras, luces y algunas ignotas siluetas pero de imposible identificación. Casi como un Kandinsky en los abstracto del reflejo del cristal pegado en la pared desde rayar en el suelo hasta la altura de un hombre adulto alto. Terminó por, alejar todo temor y tirarse a la piscina, muy a pesar del frío, en este caso, muy a pesar de la incertidumbre.

Su mano se hundió en el falso espejo dejando a su alrededor una onda como la de las provocadas por lanzar una roca en el agua. El temor de no sentir nada, en realidad no hizo cejar en su acercamiento como con un efecto hipnótico atrajese al chico hasta dentro, por completo, todo su cuerpo ver traspasar el limbo de aquel espejo. La onda se hizo más protuberante, violenta y se extendía ya por toda la superficie de aquel inusual material vidrioso o plasmático del espejo. Fuera, en la habitación donde se hallaba colocado, nadaba en la soledad de no encontrar más que una desierta aula, más o menos grande pero todo entre las quebradizas paredes, con la única excepción de una luz, de la lámpara colgada en el techo.

***

Sentado en una mesa compartiendo unas cervezas con los amigos por la noche de aquel día de celebración hablaban sobre el partido de aquella tarde. A propósito de la gran gesta conseguida por el equipo, que pasaba por un momento de gracia, eso que se llama estar de racha. También se planteaban desde los típicos comentarios arrogantes pero disculpados por la euforia generalizada, los buenos propósitos o sensaciones para los próximos. Los ánimos andaban muy altos y el ambiente ruidoso, colorido y luminoso de la fiesta daba, junto con el compañero alcohol, el sabor perfecto a la noche. Los pensamientos conforme pasaba el tiempo se diluían más. Así empañados en el vaho de la embriaguez, los comentarios chistosos y la risa fácil. De repente se acercó una chica amiga de uno de ellos, los cuales no sabían que estaban liados. La sorpresa fue tal, cuando, con movimientos de cierta insinuación, al parecer, el caminar habitual de la chavala se aproximó por la espalda a uno de los chicos tomándolos por los hombres y con el abrazo dirigiéndole frente a frente con ella para un pequeño saludo a modo de “hola”. Todos los demás en el lugar contuvieron los comentarios pues no sabían nada de nada y, obviamente, con su presencia no iban a empezar unas incómodas disquisiciones para la chica con su amigo. El toque femenino de la buena figura que calzaba la chica fue monopolizado por uno de ellos, el resto conforme con la cervezada nada más.

Al día siguiente el prota no fue ninguna chica exuberante, más bien, un castigo en forma de dolor de coco. Despertarse fue ardua tarea. Las articulaciones parecían rechinar por los esfuerzos en el partido del día anterior y la fiesta no hizo muy bien por estas. Tullido por un día. Con el trascurso del tiempo a lo largo día logró reponerse débilmente de todo el esfuerzo pero su mente… No lo consiguió. Recibió un mensaje de un amigo para salir ese día, echar un vicio a algún juego pasatiempos de alguna de sus muchas videoconsolas. Quiso ir desde luego por mucho apremio de todo el cuerpo en aposentarse en un lugar más sereno y quieto. Pero las ganas vencen todo. Aun así, quería comentarle en confianza algunas cosillas que, por circunstancias, no le reparaban muchas alegrías.

Diego estuvo toda la tarde en casa de su colega con los mandos en las manos y maldiciendo al puto viciado de su amigo. Sin embargo, el otro siempre le notó, pese a las bromas, un poco cabizbajo por lo que, le inquirió por qué. Diego que ya tenía pensado tener un momento de descarga por sus cosas aunque le daba cosa soltarlas en medio de unos bonitos días de fútbol y fiesta -pan y circo dirían algunos-, comenzó a contarle. Sus inquietudes estaban en, de hace tiempo, en la soledad que sentía algo bastante vergonzoso de contar, incluso a uno de sus mejores amigos. De hecho, tan solo desprendió de su boca la cuarta parte, y un poco maquillado, quitando hierro al asunto. Casi dando la impresión que, ¡vamos! lo que necesitaba es un polvo más que nada. Si es que desde que lo dejó con su, ahora, ex…

De regreso a su casa se encontró con la fría realidad del deber. Los exámenes estaban a la vuelta de la esquina y no era, por decirlo finamente, demasiado listo como para despreocuparse de todo y dejarlo en manos del viento, que, más bien lo único que consigue hacer es volar los apuntes… de la memoria. Un punto de responsabilidad imbuido en la percepción de que todo es efímero, lejos de corresponderse con sus deseos, todo aquello que hacía le provocaba preguntarse su por qué. Sentía la necesidad de dar sentido a todo aquello que hacía. Porque si estudia y… y si después no sirve. También se lo pasa con sus amigos, vale, pero ¿y después? ¿Qué hay más allá de eso? Es que se trata de un objetivo en sí mismo. Además las pretensiones a las que él podía optar eran, desgraciadamente, un poco recortadas por el ambiente de chiste de la economía. Sí, eso que se conoce como depresión pero ironizado, hace aspirar a completar la lista de parados. Únase la indeleble huella de la chica del otro día, que resume el pan de hoy y el hambre para mañana. Sí, reconocía que se trataba de una inalcanzable. Gozaba del calificativo de intocable y lo portaba en todos los lados junto con su amigo. Y mira que ya fijó sus ojos en ella antes de saber su rollo con este tío. Pero existe quién no se limita a ser denodadamente lento en temas intelectuales, también deja que la lentitud acapare más facetas de su vida.

(Una semana más tarde)

Estaba echando un rato con Julia con el pretexto tan usual de los estudios o, mejor dicho, con el fin de estudiar. Sus pulsiones se mezclaban con el desánimo de estar lejos de ella, la que, por alguna extraña razón le atraía como un imán condenado a estar polarizado en querer una cosa y desear otra… El tiempo pasaba, incluso entre los libros, ameno y fugaz en ocasiones. Por suerte, sin ser un delirio de la imaginación del chico, ella compartía la misma sensación. Al poco, en uno de los descansos eternos de los estudiantes hablaron algo. Se contaron lo típico, que si iba a bien, o más regular o qué tipo de música era del agrado del otro. Más banal imposible. Entonces, en uno de esos absurdos intercambios de palabras, brotó de los ojos de Diego una de esas miradas penetrantes, perpleja pero precisamente dirigida en la búsqueda de una respuesta recíproca. Una huída del contacto visual redimió a la chica para, a continuación, impeler a continuar con las tareas, que sino se les iba el santo al cielo y no acabarían nunca.

Por norma aceptada implícitamente debía esconder ese lado tierno y esos deseos imposibles, debían quedarse huérfanos de saciarse contándolos a los demás. Alejados de toda conversación por el simple hecho de no quedar mal. Más lo único, en lo sucesivo que llamó la atención de Diego fueron las miradas entre líneas de su amigo, Juan, el novio de Julia. Y es que tomar un café ya no era lo mismo. Ellos dos hablaban, se contaban anécdotas del día a día pero reservaban las mejores cartas siempre ocultas en un temible juego de a ver quién destapaba antes la carta como si e una partida de póker se trataba. La diferencia estribaba en que ir de farol, aquí, se pagaba y mucho. Dada desdeñable era que la confianza con Julia ya era más que simples compis de estudios aunque sin embargo la relación con Juan no se tambaleó ni lo más mínimo. El vacío, sin embargo, en el otro chico se agradaba como un agujero negro ávido de absorber todo derredor pero encontrarse con la nada del espacio.

El otro día le contaron el fracaso sonado de su tío, un contable de una importante empresa de su barrio, que había sido despedido por una negligencia. El error de cálculo se saldó con casi el fin de toda la empresa y un terror en la familia. Ni ver la cara de Pablo Giménez cuando advirtió su enorme error y cuando el jefe lo llamó a su despacho. Sí, en la típica escena de película americana. Lo peor esperaba por llegar. Las cuentas, no de la empresa, de su casa, tampoco tiraban muy bien y el detalle más importante, que no nombré, nuestro chico, Diego, vivía con su tío. El tema de por qué vivía con ellos sería otra larga historia pero saber que, en nuestro tiempo, no se trataba de nada poco habitual. Así la crisis recrudecía la situación de pérdida de toda la familia con especial atención al mundillo de Diego, situado entre la nada y el todo, pero desconociendo lo esencial: la ubicación de ese todo, aquello que, por sí mismo, embadurna de sentido a todas las cosas.

Si cuando el cinrutón ha de apretarse, las dificultades se advienen y las previsiones de futuro se vuelven traviesamente inciertas, poco queda más que la vana esperanza. Por ejemplo, si quería continuar con sus estudios, o bien, conseguir un pequeño trabajo pero las complicaciones son grandes. El control se fortaleció de un modo inusitado y casi en posesión de una bola de cristal la policía parecía oler todo lo que sonara a dinero en negro. Sus otras salidas, para dejar el tema crudo de la economía familiar, se vertían en un amigo cuya relación andaba en horas bajas y la tensión silente contaminaba el ambiente, también, ese anhelo imposible, de daño irreparable con el tiempo. Sonaban llamadas, varias incluso en un día cualquiera. Todo para contar algunas de las batallitas de los días más ajetreados. Pero sin resquicio a salir la conversación de allí, medrando irremediablemente en una situación más grave. Lo veía Diego como un callejón estrechándose cada vez más hasta que, hasta su cuerpo mediano contenía dificultades en seguir por la estrechez de la calle. Esperaba pues, no atascarse.

Julia tenía la vida resuelta, o casi. La relación indestructible con Juan daba alas a proyectos de futuro, y eso, a decir verdad, es mucho. Por descontado tenía a su lado un elenco de buenas relaciones con sus amigos, férreas y resistentes a la corrosión como unos impecables expedientes académicos. Mira, su familia no iba nada mal con los dos en empleos muy seguros y de consistente remuneración. Se puede permitir hasta pedir un coche a sus padres, cuando no, tener la tranquilidad impagada de saber que uno tiene un puesto reservado en la empresa de su madre. Más argumentos fuera de la mente de Diego de entender cómo la bella podía ser la bestia en un sentido kafkiano. Los azotes vienen en forma de yo tengo todo y tú no tienes nada. Eso, aunque no se nombre nunca, se nota.

***

Atravesó una especie de cristal traslúcido de misteriosa sustancia. La misma sustancia que atraía las manos de Diego hacia él, a tocarlo y a traspasarlo.

***

Otro sábado-fiesta. La discoteca a rebosar. Buen ambiente. Estaba con un grupo de amigos donde había todos. Algunos con sus camisas superarreglados y otros de buen vestir, cumpliendo, pero en plan sport. Uno de ellos miraba fijamente el vaso alargado que contenía la bebida estrella de las noches. Su poder era atrayente, como para desentenderse del estruendoso ambiente y los bailoteos en plan epiléptico de alguno que otro. Pero ritmo de la velada nocturna no concedía pausa a nadie. Dio la casualidad de ver la presencia de una de las chicas de la universidad donde él estudiaba cortesía de un chico del grupo que se la presentó a todos. Y también la dio la casualidad de quedar premiado por tener las antenas puestas en donde hay que ponerlas. Recibió una señal visual bastante sugerente con la desdicha acompañada de irse, poco después con unas chicas a… no sabía dónde.

A los dos días se provocó misteriosamente la misma escena pero en otro lugar, la uni. El resultado fue más que una sonrisa. Intercambio de números y una cita inminente, así como quién no quiere la cosa. Es lo que tiene estar aliado con el bando del sexo opuesto y conocer a las personas cercanas de quién se quiere. El resultado no se hizo esperar y fue todo un éxito a los pocos días.

Estaba en su casa, al siguiente día le habían casi obligado a ir con ellos a uno de los pubs más caros de la ciudad pero caía en la desgracia de la noticia recién salida del horno de la pérdida del empleo de su tío, el contable y con quién vivía. El golpe fue duro al ser el único sustento de la economía de la familia pero, repuesto de las ganas, accedió, no obstante, a asistir a la fiesta con sus amigos el finde siguiente. El buen rollo siguió pero la sensación interna de Diego no era demasiado buena. No tuvo la oportunidad de compartir ni unas palabras con ninguno de sus amigos y siquiera un encuentro con la furcia de la tía esa le elevaría la moral a niveles aceptables. Hasta que, otro de los designios del destino, conoció a una tal Julia. Una chica encantadora, muy cercana, incluso en el ambiente donde se movían que no es, precisamente, el mejor para conocer el interior de las personas, dejaba ver todo a sus ojos y con escuetas y parcas con un toque de dulzura, eso sí. Diego se resguardó en uno de sus amigos y le contó la operación acto seguido entre susurros al oído. Chocaron las manos en alto los dos.

Al día siguiente no recordaba apenas nada. Estaba en un cuarto con un extraño espejo solo. Divagaba sobre qué había pasado por la noche y recordó, no sin esfuerzo, el tremendo patinazo con la chica aquella. Aunque nunca lo comprendió, el caso es que la recordaba desde el principio de algo. Le sonaba de algo y no lograba acceder a esa parte de los recuerdos. El caso es que era tiempo perdido. Causa estupor el no haber sido capaz de averiguar nada más acerca de ella, quizás por el mal de la soledad, ese estar tan acompañado y sentirse tan sumamente solitario. Y, mientras, el móvil como papel mojado pero en un océano de mensajes de vente por aquí, nos allá y algún a ver si nos vemos ¿¡com verlos si estaba tan ciego!? Un vacío irresoluble. Una memoria fraccionada. Una intuición profunda. Se aventuró a mirarse en el espejo sin ver nada más que una triste e irregular vaga silueta de sí mismo. Con los ojos llorosos, a punto de un estallido y una inexplicable atracción hacia tocar el espejo. Descubrir el material por el cual se hace tan llamativo y extravagante. Lo tocó con un dedo hasta poner la palma de la mano, entonces, sentir como esta atravesaba el cristal y con un magnetismo quinético hacia lo mismo con todo su cuerpo.

***

Se despertó un poco, como dicen, con la pierna izquierda. Estaba levemente aturdido casi como si se hubiera hecho una maratón. El primer reflejo que tuvo nada más levantarse fue comprobar si tenía en el móvil el contacto de Julia, una amiga. Verificado. Vestido, lavado y desayunado vio a su tío salir de la casa hacia su trabajo. Recordaba algunas cosas extrañas y confundía si eran sueños o realidad. De ahí esa pulsión inevitable de comprobar el número de Julia y el alivio soberano de ver marchar a su tío.

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