Un pasado y un deseo

No paraba la invasión publicitaria en la televisión hasta el punto del hartazgo y terminar cortándola. Así se quedó todo en silencio. Ese silencio frisando en lo absoluto de no ser por los ruidos propios de nuestra respiración o al tragar. Para no hacerle un feo permanecí en la máxima quietud y revoqué todos los arrebatos de cualquier movimiento que fuera a enturbiar la paz y la armonía. Fue, sin duda, un día difícil. La distracción fácil de la caja tonta contaba como un vehículo a la evasión de esta sonoramente turbia realidad. Las calles albergaban un popurrí de gentes, cada cual de su casa, sin ofender a nadie pero sin encontrar a nadie conque frenar los malignos signos del desánimo.

Después de la enternecedora espera en el silencio, también tranquilizadora del espíritu, decidí levantarme y romper con el equilibrio a mi alrededor. Me desplacé firme por el pasillo desde el salón dejándolo abandonado hacia mi cuarto donde acabar el día. Abrí la puerta con un leve empujón pues estaba entreabierta y, acto seguido, encendí la luz. Todo yacía inmaculado, como lo había dejado. Con todo el mundo fuera regresó el reinado del silencio coronado por la doble cristalera de la que se jactaba mi ventana. Sin más mirar, siquiera en el PC, me tumbé en la cama pensando, inundado en sensaciones más bien, porque, de un día mal pero movido, el punto álgido podía, sin embargo, estar en el momento más tranquilo del día con la quietud como fiel compañera. Un sueño reparador simplemente, sin que hiciera fata nada más, sin pensar más y todo comenzaría a cobrar una pizca de sentido, todo empezaría a amueblarse en mi cabeza, todos los episodios se irían ordenando como si fueran los capítulos de una serie de drama. Todo en orden.

El chico se acostó y casi sin percatarse terminó dormido sin haber apagado la luz que sería el ruido más fatal en la noche para lograr el perfecto descanso. 

– Hola, dormilón, ¡es hora de arrimar el hombro y despertar! – Un hombre despertó a este chico, aunque, más mayor cuando se despertó.

– Puff ¿Ya está?

– Sí. Todo ha terminado. La aventura acabó ¿Cómo fue todo?

– Bien… No lo sé. Todo fue genial. Como imaginaba desde hace mucho pero terminó de pasar de un momento tan hostil, malo… hasta un placentero silencio cuando, de repente, es cuando desperté ya aquí.

El hombre se río abiertamente. La sensación de sueño, esa placidez tan increíblemente eterna era causada por la máquina a la que estaba conectado que le inyectaba una droga para inducir ese deseo de “terminar el día” con una mezcla de modorra siestera y un poco de éxtasis.

Diego se levantó finalmente. Estaba en la sala de psicoanálisis. Se habían remontado a sus recuerdos de niño, en realidad, no para revivirlos por solucionar las rencillas de esa época en el presente sino por el viejo sueño de “todo tiempo pasado fue mejor” o la añoranza descarada que da ver, como la vida, paso a paso, resta para su final un segundo menos en cada instante que pensamos. Ese cumpleaños indeseado donde se ponía de manifiesto el tremendo peso de la edad. Esos sueños se han revivido gracias a la tecnología creando una lúgubre realidad virtual donde uno, totalmente, cree vivir en ese mundo de antaño, donde pasaron sus días de vitalidad y gracia. Y, es curioso, como después le comentaría el aguafiestas que le despertó, que no es otro que el psicólogo, que la sombra de la fatalidad terminaba por sembrarse siempre en todos, o casi todos. Porque veían el mal juego de la memoria solo reteniendo la etapa feliz pero no, descreídamente, la ignorancia de la inexperiencia, de la superficialidad conque, antes, todo, se veía, y ahora los ojos maduros disciernen mejor.

La sensación final es la de un toque de orgullo con un poco de desazón. El primero de volver a ver todo lo vivido con la suerte de decir “gracias a que hice esto y aquello estoy aquí” y lo segundo, por romper el mito engañado de la nostalgia. No obstante, se aprende a apreciar todos los momentos, a no adelantarse tanto en las incertezas de las cosas aun no llegadas y decidir más sobre el presente.

Cuando terminó la consulta de shock infantil como la llamada el psicólogo, éste, se sentó en su flamante silla en el despacho oteando el habitáculo donde se aplicaba la terapia casi de soslayo pero sin perder de vista la máquina. Con mirada de intención pero sosiego de mansa criatura sostenía la postura. El brazo lo apoyaba tímidamente sobre la mesa cubriendo algunos expedientes, casos, anotaciones varias. El otro lo mantenía sobre su pierna. Como un resorte se dispuso en píe y casi a imagen de un autómata, presto, se introdujo en la máquina y la activó. Dulces sueños…

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