Un punto en un desierto

Emanaban unas imágenes de unos muñecos como unos ventrílocuos hablando. Los dos eran muy diferentes, diametralmente opuestos. Uno daba el aspecto de todo un ser diabólico, una especie de Lucifer en muñeco, sin el tinte macabro pero gozando de una maldad escondida. El otro se perfilaba como el ángel bueno de todas las películas con angelical cara embuida en un cuerpo celestial. Recuerdo, los dos movían la boca profiriendo bocanadas de aire cuyo sonido provenía de otro lugar, por supuesto. Eran ventrílocuos. También recuerdo una música de ritmo firme y atronador, que intimidaba con su escucha pero, eso sí, siempre dando forma al fondo de la escena donde se debatían en un duelo verbal los dos muñecos. No puedo recordar la persona detrás de ellos.

Me paré. Un nuevo recuerdo, en principio no asociado con el anterior, sobrevino en mi mente.

Un hombre atravesando una laguna de arena fina en pleno desierto. Con el Sol de espectador de lujo sobrevolando la arena y lo que yacía sobre ella. Un panorama desolador cuando el hombre aspiraba entre sus últimos alientos de vida y contaba con los dedos, quizás, las horas restantes de la misma. Aun así perseveraba en continuar su dolido camino con el temblor de unas piernas exhaustas por el cansancio y rezaba en sus adentros mientras sus ojos, puestos al frente y a la vez, divisando otro mundo más allá. El calor fundió las esperanzas, evaporó el sudor y desecó al extremo un cuerpo entre dos tierras, lo vivo y lo inerte.

Entonces miré mis manos con detenimiento. La palma revelaba una limpieza impropia de una vida pordiosera de apariencia burguesa.

– Las apariencias engañan…

– No, las apariencias no engañan. Somos nosotros los que nos regodeamos en el arte de autoengañarnos, echar las culpas a las inocentes cosas de nuestro derredor.

– He pensado, alguna vez, que vivimos hasta nuestro horizonte pero -interrumpió abruptamente la frase, dio un suspiro- este horizonte es impuesto por una mente con unas limitaciones inherentes a nuestra naturaleza, encima, nosotros sobreponemos, por si poco fuera, más a ellas. Una vida entre irónicas rejas penitenciarias.

– Y creo, eso es lo más certero posible. Quizás no sea así, tal como lo cuentas pero, sin duda, se ha demostrado mil veces que estas palabras van en la buena dirección.

***

En una situación de soledad hasta el hastío, todo lo exterior llega a sabotear toda esperanza de un respiro sereno, sin prisas ni pausas. Un viento que acaricia las hojas de los árboles zarandeándolas de lado a lado entre ráfaga y ráfaga. Fresco. Las calles despobladas. Un viandante cruzando. Una luz tímida, oculta en un tartamudeo irresoluble hasta sucumbir a apagarse dejando todo en la sombra, en la noche, todo se desvanece.

 

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