Conducir… ¿qué?

Tan solo era un retoño cuando le regalaron el cochecito. Se recorría toda la casa, que no es pequeña, montado y tanta velocidad como los pedales bien disimulados le permitían, aparte de sus pequeñas y endebles piernas. El coche se adaptaba a su tamaño como anillo al dedo. Sus colores reflejaban una vitalidad inherente a esa etapa de la vida libre de preocupaciones y decisiones difíciles. Los juegos con ese coche no serían tan importantes sino fuera porque mellaron su futuro. Fruto del tesón y el desarrollo de una personalidad luchadora, los coches de los juegos nunca desaparecían con la edad, tan sólo se transformaban. Y en cada cambio, de cohecito a pedales a los cochecitos de colección, como los scalextric más tarde y otros, más serios, ornamento de estante y a todo lujo de detalle. Así como los virtuales autómoviles de los videojuegos. En cada uno de esos pasos el anterior acababa en el desván o desaparecía quedando solo en una poco voluntariosa memoria para lo pasado, y bien dedicada a lo nuevo.

Era obvio que llegaría el momento en que pudiera conducir de verdad. Ahí se vería si su ansia de los coches era un capricho prolongado en el tiempo o algo más serio, con más entidad. Y como todo en la vida se acercó y llegó el día indicado. La primera que cogió el coche sintió un estremecimiento anodino, comparable quizás con un primer beso, y para aproximar más el símil, también una guerra que se iba a decidir entre la fantasía de tantos años a la puesta en verdad de todo ello. ¿Se desluciría la realidad ante la ansiosa expectativa de hacer un sueño realidad? Levantó el embrague para descubrirlo. Y, con suavidad, apretó el acelerador ya con la primera marcha introducida con extremo cuidado. Agarró el volante y empezó a andar. La emoción se depositaba en todo detalle con suma precisión y mimo con no acabar en un error fatal, pero con el disfrute de una experiencia alentaba por el tiempo pero efímera en su naturaleza. Es más que posible que el coche se convirtiera en una rutina aburrida, sosa y desaliñada. En un medio y no en un fin. En un orden tan ordenado, que todo automatismo de los brazos, de las piernas, incluso de la cabeza, fuera entendido como una falta a la esencia conque, la ilusión del primer momento, hizo saltar la chispa de la alegría de los sueños, cuando estos se emplazan en la tierra.

De hecho así fue, y más, porque no conforme con el primero le sustituyó un segundo. Todo hay que decir, el primero era merecedor del título de trotamundos. Un viejo pero fiel amigo de aventuras y un píe de partida, un inicio de fabula para un final nada enternecedor en un garaje, ocupando lugar, sin aspiraciones a verse relucir por un nuevo sol. Los aires del coleccionismo, o la nostalgia unido al peso pluma y escaso espacio del susodicho le permitieron subsistir. Pero, lógicamente, en condiciones fracamente lamentables. Churretes de sollozos, de aquella lluvia traviesa ensuciando en los días de trabajo a la salida; o esos ‘mordiscos’ a la carrocería por encarnizadas luchas contra los bordillos. Un espectáculo sucio al fin, hacinado en la desdicha y sin haber, quizás, cobrado por sus dignos servicios. La fidelidad se maldice y el oportunismo siempre trae bonanza y aire fresco. Por eso, lejos de premiar al eterno héroe de la familia, se le criticó por sus inevitables, en tantos años, fallos mecánicos. Y, si entrada en una conversación, era su propio dueño el primero en encajarlo en ese tipo de objetos de anticuario, de mala firma pero que, por tantos recuerdos que es capaz de evocar, sigue inerme como terminó y no en el desguace.

El coche nuevo era un cinco plazas deslumbrante, de media batalla y llantas amplias más poco perfil de neumático. Una carrocería armada de esas entradas a los radiadores enloquecedores de los amantes del túning conjugado con las curvas de la era de la aerodinámica. Marca de la calidad, un interior oneroso, de acabados sencillos pero resultón a la vista por el atrevido diseño sin estridencias. Sí, viajaba a sus pasajeros con comodidad. Pero de antemano conocía el gusto despiadado por los coches de su dueño. Sabía, que su tiempo era limitado pero, en ese caso, más seguro, no acabaría en un desván sino con otro dueño. Fuera de la influencia de un amo ingenuo y avaro. El siguiente sería el oportunista, dentro de unos años esta flamante nueva adquisición de coche pasaría a ser el fiel maldito de las alas cortadas y destino incierto. Con la suavidad de una pluma se deshechan todas las cosas aun con las emociones compartidas en todo el recorrido en uso. Después de la costumbre sobreviene una picaresca indecente por un nuevo objetivo donde fijar los ojos.

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