Diana hacia el futuro.

Un cálculo intuitivo bastó, y fue más que suficiente, para clavar la flecha en el objetivo. La presicisión destilada por el disparo era ensombrecida por la misma belleza de la estética estilística del lanzamiento. En un acorde movimiento de los brazos y un guiño, como presintiendo el acierto, en los ojos al apuntar. El tiempo, diletante, se había detenido e hizo parecer la escena más larga que en realidad fue. La certeza se había acompañado de una soberbia rapidez. Después de eso, detuvo el arco en posición baja, pero con la mirada sostenida en el blanco. El resto de los tiradores acompasaron la escena con complicidad, en un incosciente conato de aprobación por el logro. Verbigracia de ese lanzamiento, el resto se acongojaba en sus adentros y superar la perfección es, como la palabra indica, imposible.

Guardados todos los ajuares de tiro, dos amigos, el del lanzamiento mítico y otro de los más capaces del club, se fueron juntos de regreso a casa. No pudo contenerse Alberto de comentar y alabar, dicho sea de paso, ese tiro y, al cabo, todo el entrenamiento de nota sobresaliente. Íñigo armado de modestia aducía un buen día sin más, resto hierro al asunto y lo dejó tan blando como pudo. Sin embargo en el fondo sabía de sus posibilidades, sabía que estaba en la cúspide y se adueñaba de ella lentaente pero con gracia, elegancia sutil de la suerte, en una trasición hacia la reconocida maestría.

Los estudios constituían la otra parte de la vida de Íñigo, mejor dicho, de los intereses del chaval porque, como es de suponer, todos estaban por su edad estudiando. Aunque, seamos justos, algunos estaban nominalmente estudiando pero realmente haciendo un paripé frente a sus familias y a sus obligaciones. Eso es, en cambio, donde Íñigo equivocaba a la mayoría, él no evadía ese vacío con la sana actividad del tiro con arco sino que podía prestar atención por igual a ambas facetas, con diferente óptima no obstante. En el arco ponía de manifiesto una alegría, perseverancia y aptitud autorrealizadora mientras con los libros asumía un papel de serio compromiso con su futuro. Él creía en que sus aspiraciones podían realizarse, aun desconociendo el momento, el cuándo. Ese detalle ímpio en otro de su clase, poseer aspiraciones, era muchas veces incomprendido. Se veía ciertamente mal a los ojos superficiales de la masa. Y solo descansaba la ambición en una motivación intrínseca, fuerte y consistente como un tácito acuerdo de profesar una filosofía personal, ya muy arraigada.

El arco era el contrapeso moral de la vida social. Es el acto, por naturaleza más antisocial: tirar a matar. Pero, a la vez, resulta un acto heroico digno de alagos, buen ver e interés por los demás. La combinación es sin lugar a dudas intrigante. Cierto es que el arco ha pasado a mero pasatiempo, como la esgrima, dista de sus orígenes en todo salvo en la estética; pero no es desdeñable la injundia, al completo,si se unen un compromiso fuerte con el futuro, un arte y deporte y un camino para unirlos a todos, un nexo en forma de piedra sobre piedra. Filosofía autoconstruída. Por las mismas, su relación con sus padres versaba en el hondo respeto, aprecio pero no explícito, y una mutua aprobación de la individualidad de cada uno así como de su independencia. Se gestaba alguien con algo que decir, donde ponía la vista disparaba sin pensárselo dos veces, y cuya voluntad como arrojo desesperaría a cualquier enemigo.

Íñigo no vacilaba cuando intercambiaba palabras con personas, en principio, de mayor autoridad que él, sobre todo cuando se acercaba en determinada materia y el adversario suponía un título acreditativo. Si el sabe, sabe, si confía en su experiencia, confía. No hay amedrendamiento posible cuando se anda seguro, pero no confúndase eso con la terquedad o cabezonería. Si hay una discusión será el primero en enseñar las cartas pero aceptará la victoria del oponente cuando él muestre un poderoso póker y el otro un repóker. Una ejemplaridad de aseveración hacia la asertividad, o un futuro seguro sobre la emprendeduría. Quizás más atención no sobraba ante este fenómeno, quizás más conciencia de que todos somos diferentes. Quizás el peso más duro sobre su espalda aguardaba a las puertas de decidir sobre algo tan simple, a la par de complejo y vinculante, como es la concreción de qué quiere hacer. Sí, ese episodio dubitativo de qué estudiar por ejemplo. Es ahí donde el conocimiento previo, la acumulación de saber jugaba en contra porque encontraba atractivo en todo pero en nada simulatáneamente. El sistema preciso de tiro bloqueaba la decisión cuando, siguiendo el símil, en la diana solo había un blanco y en la vida hay tantos como puedas imaginar.

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