Vuelta al comienzo… parte I

Una dura travesía por unos montes olvidados. Con el atavío mínimo posible. Las noches se sucedían avisando del transcurrir de los días. La interperie transmitía un sentido natural perdido, aquel perdido por tantos y tantas por los monstruos de la civilización. El destino alumbraba una incógnita, la misma equis que frustó el paso a la mejor de las universidades. Terminé en un mar calmo. Dominado por el deseo de huir. Intentaba hasta dejar de pensar, vivir al máximo momento, con todos los sentidos puestos en el exterior como si el interior se hubiera disipado ante la claridad del mundo de derredor, como cuando el sol aleja la oscuridad.

Un día de aquéllos en mis aventuras en solitario me embarqué en uno de esos viajes inolvidables. De los que dejan huella. Fue cerca de allí, y creo que tiene algo en común, otro lago de agua apacible adornado, sin embargo, no son la soledad, con una melodía silvestre inconfudible. Miraba derredor. De nuevo, nadie a la vista. Andaba tumbado al son de aquella melodía, pronto, corrupta por la intrusión, si es que se puede acertar a llamarla así, de una música en mis oídos. Desprendía un sentimiento, a la vez, trémulo de despertarme un estado mental increíble, apartado de todo, libre de todas las preocupaciones diarias, de ese diálogo interior y todos los distractores irrelevantes de todos los días. Una memoria atestada de basura cuyo destino debía ser desaparecer y no molestar. Se interponen imágenes conforme las notas fluyen como el río que alimenta al lago, aquel a unos diez metros de mi.

Alejados los fantasma de un interior contaminado y en perfecta sintonía con el ambiente, casi en un estilo camaleónico, donde uno se confunde con el resto. Quizás no en lo físico, pero sí en lo metafísico. Un Edén redescubierto. Y siempre, con los viajes de este personaje tan peculiar. Son esos, precisamente, que no tocan en lo físico sino aluden a evocar un vacío imaginado. Un lugar donde impertubable donde descansa el alma inocente residente, aunque no lo parezca, en todos y cada uno de nosotros. La que rechaza el dolor a su alrededor, se amedrenta de los terrores diarios, consciente de la dificultad, pura, siempre anima en los malos momentos a seguir. Su excepción, aquella que rompe con el equilibrio, la caída, una depresión en el terreno escabroso. Esboza bocanadas de repulsión, mas no ceja de entrometerse en los pensamientos como un automatismo errado, lejos de la lógica, o un enemigo interno. Así, no es siquiera la voluntad la que refiero, sino más allá, es la otra cara de la verdad, una sonriente, latente y ensombrecida por la llamada ‘realista’. Un meteorito catastrófico, armagedón caótico tan asumido y asimilado que se ha adueñado de la mayor parte de la vida de muchos.

Ver la vida en imágenes es sublime, hasta que las palabras irrumpen en rigor de un significa simbólico. Azaroso, dado por la historia y corruptor de la misma. La empatía se ha reducido poco menos que ha cenizas por un interés personal tan fuertemente arraigado, cegado de su mezquindad, nubla la visión hasta una parcialidad tan profunda que nos hace preguntárnos, de verdad, si todavía hay esperanza. Un cúmulo de despropósitos, siempre el mismo, el viajero del barco de la imaginación encuentra. Él, en su isla desierta donde no contempla el estupor ni el ruido de fondo del mundo ha vuelto un rato, a descansar con placidez de un merecido relax.

***

Lance Columbus se encontró justo ese día con otra persona. Andaba por el campo y amenzaba la paz del lugar, por el simple hecho de estar allí. Contuvo las ganas de acercarse, hacer de espantapájaros, o de espantabuitres. Allanamiento de morada. Su residencia, en la torre, constaba de una notable belleza, desde dentro hacia su fachada, impoluta enmarcada en un ambiente sabático, natural, delirantemente fresco e idílico. El hombre pertrechado con una vestimenta extravagante caminaba con tesón esquivando el verde de las plantas y oteando al horizonte en busca de un final de la selva de cristal, como en búsqueda de algo, sin embargo, sin esperanzas de encontrar nada. un tufo percibido a miles de kilómetros de distancia a derrota. Surtido de desdén, desprecio hacia lo que fuera que buscara. Lance, no tuvo más remedio, arremetió contra su discreción y se acercó sigiloso. Armaba un plan, cómo aparecer en escena y dejar volar las palomas por los aires, librar de un ataque. Hacer de un capitán Nemo, en la tierra, o en el paraíso. (Continuará).

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