Ave arcoiris

Fue un día de lluvia y estaba refugiado en una de las cuevas, pequeñas pero suficientes, de las cercanías de la serranía, lindando con un espacio llano y extenso, donde el horizonte divide como en el mar el cielo de la tierra haciendo honor a su nombre, en forma perfectamente horizontal. Conforme el cielo esclarecía y las nubes oscuras de disipaban  a lo lejos después de la descarga, dejaron un regalo a la vista con las últimas gotas, un arco iris de ensueño. En un instante que levanté la vista a contemplar mejor, en toda su magnitud, el paisaje paradisíaco a la salida de la cueva donde me había refugiado de la furia de la naturaleza. Vi un ave enorme confundirse con los colores del aroiris, con las alas desplegadas intuyéndose una envergadura de tremendas dimensiones al brillo arcoiris con los rayos de un temeroso sol abriéndose paso entre las nubes.

Me quedé obnubilado, encantado por el asombro, por la belleza de una visión, casi dudando de su veracidad y no haber sido producto de una mente agotada. Agité la cabeza, parpadeé rápido y me libré del ensimismamiento tan especial. Quería salir de allí, a la sombra de unos árboles medianos, de corteza rugosa y ramaje denso, poblados enteros de hojas verdes. En contraste del vertical de la montaña y de algunos de los árboles dejaba todo un eje horizontal a la llanura con una hierba agraviada por las sequías pero revivida por la tormenta. Un paraje ácido, pero no amargo. Una brecha entre la libertad de la llanura y un edificio en pleno espacio natural, con sus escondrijos, terraplenes, fronteras, obstáculos… los que pueblan los montes, los bosques y demás formaciones caprichosas (y convencionales) de la naturaleza, sin embargo, ahora, lejos de mis ansías de esparcimiento. Una insistente brisa interna de emociones, con deseos de expulsarse, con el ‘mejor fuera que dentro’. Una salida a la frustración de una rutinaria penumbra como el habitante de la caverna platónica. Una verdad no revelada, una búsqueda del yo en el exterior, un universo de paradojas extrañas de asimilar.

En medio de este trance de pensamientos difusos pero dirigidos, sin tiempo a dudar, hacia la búsqueda que, todo el rato con el austero lápiz en la mano, ayuda a indagar en la imaginación y en las palabras surgidas de unos impulsos irremediables en mi mano. El sendero acusaba la humedad de una post-tormenta, como un postoperatorio; el aire límpido y refrescado y las gotas como rocío al alba desizándose por las débiles hojas de algunos vegetales, adornando con el guiño al sol de una flor colorida o avivando la sensación de vida en los helechos junto con las rocas, en su eterna mirada al norte. Intentaba disuadir las preocupaciones en una espacio libre de la contaminación de transporte público ni privado, claro, usar las piernas como se nos ha diseñado para desplazarnos. Mirar sin recelos hacia delante sin encontrarme al tío insoportable de todos los días al que hay que tratar con el ‘debido respeto’ con el debido miedo a las consecuencias de faltar a hacerlo. Mirar con sinceridad, en tú a tú todo derredor y reafirmarse paso a paso en la seguridad de caer en ninguna trampa.

Aire clarificador, hizo rememorar otros tiempos, siempre de un pasado confuso y lejano, quizás imaginario o mezclado entre los sueños de los deseos y unas pinceladas de realidad, veraces, pero difuminadas con arte en la memoria. Comencé a ver, aquel compañero de fatigas, que siempre andaba de mi mano, como si fuera mi pareja imaginaria, no me iba a dejar en paz aun en aquel lugar. Pero si sentía el alivio de comprobar como sus amarras a mi aflojaban en intensidad y permitían un ejercicio más libre, más… como un ballet, pero emocional. Siempre la dura convivencia con los demonios de uno es compleja, algunos vienen de la triste experiencia y otros los encuentras en el camino, o en un futuro el cual acosa el sentido del presente y manipula el pasado creando la sed de nostalgia, de añoranzas hasta lloriqueos de cualquier tiempo pasado fue mejor. Un bálsamo sobre el decadente estado del espíritu, una pócima como al buen don Quijote para sanar los siete males. Un simple y llano paseo por el campo, fuera de todo, dentro de todo.

Las gotas de sudor nacen en la cara avisando del calor, subido y animado el sol y alejado el aturdimiento de las nubes de negro. El diálogo interno se reanuda a la vista del sofoco. El tiempo agradable se desvanece igual que hizo el arcoiris cruzando de lado a lado el cielo, igual que lo hicieron las gotas sobre los helechos, ahora en vías de evaporarse, como la serenidad al canto de los grillos y pájaros por doquier, informados del fin de la tormenta y principio de nuevo día. Y así, con pequeños brillos de calma, hacen desvanecer el horror de vivir con una fatiga crónica… seguir al pájaro dorado arcoiris, allá donde crea que esté y se esconda, aun a sabiendas de cuya existencia no es más que una ilusión.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Reflexiones. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s