Entre lo normal y la isla de la desolación

Alrededor de la esquina me esperaba un jaleo de gente. Un griterio a la salida de uno de los hoteles más famosos y lujosos de la ciudad. Seguro, a la espera de uno de esos ídolos de masas. Aparte de esto, el resto de la calle era reinada por un silencio sepulcral. Los coches se apelotonaban en las cercanías. Propiedad, supuse, de los asistentes al evento. A la siguiente bocacalle estaba presidida por la intimidad de dos amantes enzarzados en un romántico beso. Pasé por delante casi con sigilo. La próxima calle andaba normal, con el tráfico habitual, más a las horas en las que estamos. Transeúntes por las calles, a paso ligero, lento, de paseo, en pareja, en grupo o solos. Yo, uno de éstos últimos atravesando de costa a costa una ciudad sin sentido. Donde todo, y digo todo, es tan normal que ni merece ser nombrado. Lo dicho es obvio en todos lares. También, no podía desechar, ya puestos a contar chorradas, a los típicos ejecutivos en traje dispuestos con una maleta, dejando a su lado estupendos automóviles de alta gama decorando los aparcamientos. Los top manta de turno, en el polo opuesto de la opulencia y donde la humildad se desvanece en la carrera por la supervivencia. Al margen, siempre al margen.

Se me hacía ver la normalidad moleculada, en pequeñas gotas administradas con sumo cuidado. Cada cual, distinta a su manera y cuya suma de todas conforma la llamada normalidad, aquello no digno de contarse. En la televisión, sin embargo, baila el espectáculo, las noticias, lo nuevo de todos los días que no es como en los anteriores, aquello que cambia de sentido y sorprende, para bien, para mal. La radio atiborra de voces comunes cantando historias interesantes nacidas de conversaciones, algunas de ellas triviales. Internet vive en una burbuja donde todos quieren aportar su granito de arena en el anonimato, lejos de la interacción real con las personas. obviando la presencia de público, verse las caras y compromisos de talante. Esto nos está complicando la vida. Vivir online con todos no es menos desesperante que habitar la isla de la desolación. Dos lugares inhóspitos, en donde abundan los vientos fríos, tormentosos y donde es imposible, en verdad, conseguir un poco de confort.

A veces, solo a veces, merece la pena tirarse a la piscina de la complejidad. Es para darle emoción a las cosas porque si todo es tan simple, desde luego, nos vamos a morir de aburrimiento sino antes la muerte acaece de aburrimiento. Por eso algunos en el siglo del bienestar humano inventaron el estrés. Todo pasa más deprisa, prestamos más atención, sentimos las amenazas de los relojes y los desvaríos de tener un día tan corto hasta el absurdo de llegar a creer que vamos a estar cada dos por tres afeitándonos de la velocidad con que transcurren los días sin dar tiempo a nada más. Otro de los hitos de la historia de la tecnología son los errores, porque éstos dan píe a hacer cosas heterodoxas. Sí, si esto no funciona, probemos con lo otro. Examinando todo, casi todo tiene un por qué y lo que no, es porque aun no se ha descubierto o lo desconocemos.

Ahora veo con mejores ojos la interconexión de todos con todos. Nos permite estar más estresados y contraer más errores. De esta forma entramos en una dinámica mucho más interesante ¡adónde va a parar! Si nuestros contactos estuvieran más medidos tenderíamos a fallar menos, meter menos la pata, por consiguiente, todo es más aburrido y a menor cantidad de fastidios mayor es la de los bostezos. Todo esto, escrito un día levantado con la pierna izquierda, con pocas ganas de nada y aun menos ideas sobre qué demonios hago y pongo en esta página web. He usado pegamento de barra, el malo, para hacer un colage de pegatinas de la vida diaria y he sembrado las semillas de una ironía absurda. Menuda vuelta de tuerca de las cosas. Ahora, el que intenta escapar de la isla de la desolación soy yo. Lo hago con más desolación.

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