Riesgos y la batalla

Las tropas se movieron sobre el tablero del mapa hacia la región de Europa Occidental. Dos generales asumieron el mando de la operación con diligencia a sabiendas del peligro cernido sobre ellos, en aquella misión sin retorno, lo más posible. En la otra parte del mundo, algún grupo de soldados se desplazaba por tierra hacia las inmediaciones de la China occidental. Una zona accidentada y enorme en extensión. El destino final se emplazaba en la capital de la República Popular de China. Menos sorprendente en la contienda fue el retiro de unos emisarios, apenas sin poderío, en las llanuras de la Pampa argentina. El frente rezaba por su vida en aquellas tierras lejanas pero aun sostenía lo poco que poseía con fuerza, presto, la necesidad de reforzar y hacer un bloque a la espartana. El mapa convenía en una imagen inverosímil donde el dominio del mundo lejos de estar definido se fragmentaba en ‘cachitos’ miles por todo el globo. Los soldados uniformados de negro construían el ejército más potente, sin embargo, no es más expandido.

La vieja Europa de la tradición histórica se veía en un aprieto más que cualquier crisis anterior porque, no la unidad, sino cada nación por separado andaba en serio riesgo de desaparecer, permanecer ocupada y al libre albedrío de los invadores. El ambiente convino en incrementar todo lo se que pudo el poder armamentístico y olvidar otras conquistas por otros lares. Los civiles lloraban de miedo en túneles, los refugios ya construidos en previsión de la inminente invasión, por la fuerza, por la negociación nadie concedía lo más nimio. Existía una luz en todos aun, a espensas del comienzo de verdad de la contienda. Al menos, la moral alta vigilaba por encima de todos el espacio donde habían nacido miles de familias y donde habían crecido y desarrollados sus vidas. En la China, los agricultores de las pobres tierras de occidente blandían sus escasas fuerzas hacia un enemigo implacable, avanzando con fervor y determinación y que daría atisbos de frenarse hasta alcanzar sus objetivos. La gente, escondida, enseñaba sus armas a los enemigos con débiles escopetas de caza, a lo sumo, revólveres y nada de armamento pesado. Un alud en forma de catástrofe humanitaria asestaba un duro golpe a base de hambruna en los campos impracticables e improductivos que el frente dejaba a su paso.

El siguiente salto fue para los uniformes rojos, de la estepa rusa hacia el epicentro de las batallas, la vieja Europa occidental. Las vencidas tropas europeas sabían que su destino pendía de la intervención de unos ejércitos con sed de sangre, pero no por ellos, sino por sus propios invasores. Ellos conocían al píe de la letra, y hasta habían leído la letra pequeña, de las consecuencias de la victoria final del ejército negro en la Europa occidental. Las sanguinarias argucias rojas se empezaron a poder otear en el horizonte en forma de masacres a los pueblos opositores. Éstos, por desgracia, no poseían camino libre donde adentrarse en los territorios de los invasores de Europa. Los pueblos, sin haber sido comunicados, presentaron resistencia holtil. Inútil pero valiente. Deberían, para no ser en vano, haber sido informados y no oponerse a sus ejércitos. ‘Son la salvación’ Proclamaba el general de la Unión Europea.

Las calles de la ciudades donde habían pisado los soldados del ejército ruso sufrían de un mutismo casi absoluto. El aire y el viento se encargaban de darle una tonadilla de fondo haciéndose sonar entre los edificios, vacíos, de fachadas ampliamente deterioradas y algunas, muchas, derruidas por el paso la muerte. Pequeños lugares, en el subterráneo o en edificios de la periferia albergaban las esperanzas de vivir de cientos de conciudadanos de la región, donde aglutinaban los alimentos y agua, poco más, más la esperanza congelada de pensar en algún día sin dolor, sin sufrimiento. No iba a haber ayuda internacional como en los tiempos de las democracias pacíficas y liberales. La mentalidad de las gentes supervivientes se convertía en fría roca.

El juego continuaba desde las alturas. En el tablero del mapa mundi. Las tropas rojas se encontraron después de atravesar un duro territorio y haber urdido una brecha en el camino hasta su llegada, con los negros invasores. Al final, el sentido de la carrera por la conquista del mundo cobraba el más grave de los sentidos. Los dos contendientes eran sumum generales, experimentados, y teñidos de la dureza de pasadas guerras. El frente aumentó su empaqué con la presencia de artillería pesada, difícil a los ágiles carros de combate terrestres y más para los soldados de a píe. En China, consiguieron alcanzar a la cruz verde, desbaratar el territorio también en oriente y dejaron a la virtud del dios de la guerra una enrome extensión de tierra que conformaba todo el país.

Las casas de madera descuartizadas como los cuerpos en las fosas comunes. Mas, mutilados por las minas y los tiroteos a destajo sin ceder a ninguna brisa de clemencia. Las ilusiones del mundo dividido, entre los perjudicados y malogrados perdedores de las guerras y las clases guerreras, luchadoras; todas por un bien mayor, como de una inteligencia superior que moviera a todos con el fin de desencriptar un nuevo orden, aun ignoto, pero, día tras día, moldeándolo con el soplo de los vientos del azar y el fuego de la firme voluntad.

– Tu turno.

– Por fin. Me tendré que cargar esos soldadillos, los que decoran el continente europeo de no ser todos del mismo color.

– Dejé un hueco frágil. Esta bien, podrás hacerte con el continente… si los dados te iluminan.

– La suerte no es quién la encuentra, sino de quién la busca. Tus errores son mis futuros aciertos y éste, el fin de la soberanía tuya en el ese dichoso continente. Muevo piezas…

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