Un juego muy difícil

Encendió el monitor de simulación al tiempo se adhería a los oídos unos auriculares extravagantes, muy grandes, envolviendo de sobra todos las orejas más una banda por detrás y por delante de la cabeza, ancha. En la parte delantera dejaba unos abultamientos coincidiendo con la posición de los ojos. Por otro lado, se colocaba una especie de electrodos en las yemas de los dedos y otras bandas en las piernas e incluso alrededor del vientre. Estaba preparado ya para la simulación. Durante unas dos horas estaría al margen del mundo real con sus sentidos alienados en aquella simulación, un juego que, por unos momentos se convertiría en un sueño vívido. La pantalla del juego daba a elegir ya las opciones de la simulación. Se trataba, de más realistas jamás creado, un simulador de la vida. Empezarías siendo una persona en un mundo previamente configurado, una ciudad diseñada por los técnicos, etc. Se supone que eres nuevo en el vecindario al principio y, sus vecinos, personas conectadas también, serán los compañeros de su particular aventura. El último de los menús en la pantalla antes de comenzar la partida con el visor superpuesto sobre los ojos, era escoger el nivel de dificultad. Fácil, medio, díficil, muy difícil. Sin más, presionó casi de manera incosciente “muy difícil”. Había dado el último paso a comenzar la aventura. En la pantalla, el mensaje final “buena suerte”.

Apareció en una habitación iluminada por una tenue luz. Constaba de un armario, una cómoda, una cama y, por lo demás, pocos detalles añadidos. Las paredes desnudas. Tenía delante su ropa, tendida sobre la cama. Como reflejo se miró a sí mismo desnudo. Comprendió que no era capricho del programador haberle provisto de algunas prendas en aquella estancia. Deprisa se vistió y se encaminó a salir de la habitación. El resto de la casa era un tanto escasa, aunque funcional por lo que el espacio de más apenas se echaba en falta. Advirtió una carta en la mesa del salón, o de la sala principal pues no había mucho más en ese pequeño apartamento. En la carta se mostraba la misión en la constaba el juego, al cabo, un trabajo. Debía transportar un paquete hacia una ciudad alejada de su lugar de origen. En el trayecto, otros jugadores habían sido asignados con la misión de detenerle. Se preguntó enseguida ‘¿me he convertido en un bandido escapando de la ley?’  Otra de las condiciones se trataba en desconocer el contenido alimentando las sospechas de la jugarreta de los técnicos pero, no dentro de demasiado, se iba a dar cuenta de que se trataría del menor de sus problemas. No obstante, si las cosas no pintaban demasiado bien, el coche sí que desacaba aparcado, justo delante de la casa-apartamento. El estilo futurista deslumbraba. Una berlina larga, cómoda y lujosa con tintes deportivos y, a buen seguro, en posesión de un motor que no iba a decepcionar.

El paquete se situaba en el maletero como fue especificado en la misiva. Todo andaba listo y tan sólo había de ponerse a los mandos de aquel avión sobre ruedas. El destino se señalaría en el sistema GPS mientras que todo el resto de las comodidadas tiraban a cargo del magnífico automóvil. Después de ambadurnarse la vista con los mandos, los acabados y la silueta magistral del coche arrancó. El motor bramó ronco e introdujo la primera marcha. El resto automático. Alcanzaba la vía principal de la ciudad a continuación en medio de un tráfico fluido. Era inquietante no saber cómo se la podrían jugar otros jugadores. Quizás fueran, disfrazados bajo su avatar sus propios amigos pero resultaba imposible comprobarlo. Restaba emoción además. Justo al salir de la ciudad descubrió un cielo encapotado y amenazante de lluvia. Se le hizo un nudo en el estómago ‘¡Malditos nervios!’ La siguiente carretera se vislumbraba un desierto en medio de una inmensa llanura sin remisión en el horizonte. Las sensaciones, haciendo un aparte, del juego se mostraban únicas y más veraces que la vida misma. La precisión de todos los equipos al simular todos los rincones de las sensaciones humanas embuía tanto que no se apercibía nadie del más mínimo atisbo de irrealidad, o de sospechar, si no se supiera, que todo se trataba de una simple simulación.

La humedad fría del ambiente traspasaba el algodón de la camiseta y los cristales del coche. Le obligó a poner en marcha la calefacción. Por suerte, la lluvia no hacía acto de presencia aun pero, con el precedente de haber seleccionado el nivel “muy difícil” nada podía extrañar, y más para darle vidilla a la aburrida recta solitaria dibujada en el asfalto, al parecer, con una regla muy precisa y un trazo limpio sobre el campo llano. En un instante se sobresaltó de súbito cuando notó un choque, no sabía donde muy bien, parecía algo interno. Ese nudo en el estómago. De todas formas miró al derredor con detenimiento atenuando la marcha un poco. No divisó nada. En otro derroche de tranquilidad sintió en unos minutos otro ‘roce’. Más discreto. Como un arañazo. Esta vez se miró él mismo y no advirtió nada en especial, al tiempo, tampoco podía despistarse demasiado. El juego se fue incomodando más y más conforme una sensación de pesadumbre se instalaba en su cuerpo. La instrumentación del coche señalaban un pqueño fallo inespecífico, por lo que uno de los pilotos se encendía parpadenado sin cesar. El cielo no ayudaba cerrándose a la sazón, trasmitiendo la idea de ‘prepárate, lluvia inminente’. La carretera se burlaba de él complicándose en curvas inverosímiles y enseñándose entre meandros y meandros. Cuando, el torrente de la carretera adquirió un sentido más nítido bajo el manto de la tormenta desatada. El frío ahondaba en la mente del conductor intrépido y precipitaba como una cascada al resto de su cuerpo. Se sentía enfermo. La atención se le desviaba un poco y los quitamiedos del camino se insinuaban en contra de su propio nombre, dando más miedo al verse de cerca. Junto con el bamboleo de las curvas, algunas ciegas y otras cerradas. El tiempo, el otro factor en liza, por supuesto, en contra, pues la misión constaba de un tiempo límite, rezaba porque el conductor hundiera más el píe en el pedal del acelerador so pena de fracaso en la misión.

Una mano salvadora sobrevoló la imaginación del hombre en los mandos de su coche. En un acto reflejo salvó de dibujar una bonita estampa en uno de los virajes más cerriles. En un abrir y cerrar de ojos, salvó, cuando el frontal del coche apuntaba recto hacia la salida. La salida de la carretera. En contravolante le inyectó una adrenalina suficiente como para no dejarse llevar por el pesar de todos sus problemas. El frío calaba hasta los píes cuando empezó hacía unos minutos a dejarse sentir por la cabeza. La humedad hacía de las suyas y la calefacción, como se puede intuir, estaba atrofiada. Un momento de laxitud y ‘game over’. Se apresuraba a inclinarse hacia delante dejando las comodidades del respaldo, así, estar más atento y no desviarse de la calzada. Todos los esfuerzos, sin embargo, en vano. Los temblores no tardaron en aparecer y el manto de la lluvia ya aparecía como un continuo, emborronada la visión, y sosteniendo unos sentidos hueros. Un punto ciego en la visión dio al traste con todo, se condujo a la salida de la curva recto en unos breves milisegundos. Se sintió desfallecer justo antes, dejar de ver todo, y perder el conocimiento. Aun siquiera se había encontrado con sus rivales. Ellos eligieron el ‘fácil’.

Se cortó la comunicación y volvió a ver a través de la banda que envolvía su cabeza. Se irguió como recién salido, de verdad, de un estado de incosciencia, de un shock. Sus sentidos debían volver a adaptarse al mundo de siempre donde conducía un coche más modesto desde luego, disfrutaba más de la casa y su trabajo, bueno, no implicaba riesgo como aquel.

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