Me toca mover ficha

Los papeles, antes sobre el escritorio ordenados, ahora desperdigados por la mesa. Todos. Allí, dejados a merced del viento con la excepción que ése vuela las palabras hasa disiparse, mientras éstos guardan testimonio por siempre. Todos allí esparcidos, incluso algunos en el frío suelo. Son carne de cañón para ser tirados, olvidarse de ellos, dejar atrás todo aquello… pero nadie les quitará el estatus de testigos fidedignos. Algunos libros amontonados en orden arbitrario sobre una esquina del escritorio. De todo tipo. Algunos útiles de escritura más lo típico de todo lugar de trabajo. Un ensueño de locura. Todo hacia el camino de la perdición.

También uno mismo. Roto. Mirada de reojo hacia ese desastre. El fin de una era. Un principio insidioso, complejo, repleto de incertidumbre. Arrumbado. No poder hacer nada. Un conflicto. Tirar todo aquello, vuelen los recuerdos, deshacerse de los testigos para siempre. Así no vuelvan a molestar nunca más. Por otro lado, no querer. Son parte de la historia personal de uno. En el mismo instante, se está pensando arrebartarse a uno mismo parte de sí mismo. Una locura melancólica con gravamen de fuerte arrepentimiento, sin embargo, saber que es imposible regresar, volver atrás.

El rincón sugiere un lugar seguro donde esconderse de las miradas de todos los demás. La seguridad de no ser visto, de no ser molestado. De dejar correr el tiempo. Tiempo para resolver el conflicto sobre la mesa. El problema es aun más profundo.

***

No recibí el otro día ninguna respuesta. Parece que todo el mundo se ha extinguido. Como si no hubiera nadie y todo andara vacío. Se me contagió el sentido del vacío, no del registro de llamadas, ni el de mensajería. El vacío del alma. Un hueco, despierto, ávido de calidez, dispuesto a ser llenado pero hasta arriba de… nada. Una respuesta desencadenaría el fin de una lenta agonía, inflingida como daño letal. El terror de la indiferencia. Cuando no hay nada. Todo, no es que sea oscuro; menos es luminoso, es que desaparecen tanto la luz como la oscuridad. Ninguno de los dos prevalece. La aflicción es vacía, un cúmulo de desesperanzas vertidas en la incertidumbre del abandono a la llamada…

«¿Y es que todo acabará bajo esta forma fantasmal, sin nada? Una historia maravillosa cuyo final es la falta de palabras, es decir, la falta de historia. Me resisto a aceptarlo, no sé cómo. Es la resignación, la cual intenta ganarme en el pulso pero aun mi brazo resiste. Un poco más. Debe hacer un resquicio donde vislumbrar la salida, como en todos los túneles. El rincón es acojedor, el llanto es un desahogo; pero todo sigue lindando a la espera de un brillo, un sonido, el de este móvil. Un llamada a la Tierra que no llega».

«Si hubiera algo en mi mano para poder… ¿Y si lo hubiera? La espera arrebata las propias esperanzas, decaídas y en vías de olvidarse. La acción suscita revivir el espíritu, dormido en la caverna o invernando como un oso hasta el despertar cálido de la primavera. Nada de eso. Ni la estación invernal es razón para dejarse llevar con las hojas arrancadas de los árboles; nunca es tarde pero reaccionar rápido es siempre un punto de ventaja. Yo, quizás me sea imposible… Sólo quizás. Pero, evocaré el clásico razonamiento: ‘si no se hace nada, siempre se pierde; ni se hace, habrá aunque sea una posibilidad’. Casi de niños, pero toda la vida válido».

El siguiente paso fue retador. Saltó, casi literalmente, desde su recogido rincón. Ordenó acto seguido todo ese desarbolado escritorio de trastos viejos, pero sabios consejos. Salvó una historia que, en otras manos, se perdería sin volver atrás. Reafirmó todo aquello por lo que había creído, también amado. Si es ley de vida, habrá que aceptar los altibajos, no solo los ‘altos’. Es una ilusión vivir en el paraíso cuando viajamos en el limbo entre éste y el infierno. Si el dicho es cierto, es ‘una de cal y una arena’. Como ver el vaso medio vacío o medio lleno. La despensa del alma abandonada, sin nada… o con nada. Juegos de palabras sin más, o con más. La despensa del alma, vacía pero en camino de llenarse hasta arriba del todo, hasta más no poder.

No es tan extraño preguntarse si se ha llenado en demasía ¡y se ha creído que siempre se mantendría así! Te relajas. De lo malo, de expulsan, casi se escupen las culpas fuera. Y cuando no se puede, todo se viene abajo. Cae como miles de imperios en la historia. Cuando solo había una ilusión por medio. Descreído. Es hora de cambiar. Mirada de reto. El desafío alienta la persistencia y jugar hasta el final. No retirarse cuando un pequeño obstáculo hace mil pedazos un sueño. Basta tan solo volverse a dormir para recuperar ese sueño; ahora basta actuar con todas sus consecuencias. Al final, veremos el resultado. Está claro, sin embargo, que el rincón te ha traicionado. Que el desorden y los ánimos de perder el pasado también. Todos ellos han buscado derrumbar una sólida muralla que hubiera dejado la puerta libre hacia el vacío eterno al alma, no por unos momentos, sino por siempre.

Así las hojas pardas caían

Tranquilas

Los sueños con ellas ardían

Forzados

Aquellos no entendían

Desatentos

La partida no la perdía

porque me toca mover ficha.

Un tímido movimiento del móvil. Vibra. Un mensaje. Una luz, una esperanza. No todo se acaba cuando nadie quiere que acabe. El fin es el principio de otra línea de salida, en esta ocasión, aun conservaba posibilidades en esta carrera. Me toca mover ficha. No se olvide. Tengo tiempo hasta realizar el movimiento; veremos como queda al final.

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