El juego de la moneda: ficción económica

Los grims se han devaluado últimamente por la emisión del Banco Mortero casi incontrolada. Evoqué una de las tretas del gobierno histórico de Siracusa I, cuando mandó reunir todas las monedas para cambiar el valor de las mismas, de una unidad a la que correspondía, como manda la lógica, a dos. En la Magna Grecia eran posibles eras estratagemas insidiosas; así pagaban las deudas con desahogo pues estás, por firma, no podían ser modificadas. Menuda la jugada del gran Siracusa I. Pero el Banco Montero es diferente. Se trataba de un engañabobos y se materializaba en que, nos inundábamos de monedas y no que cambiaran su inscripción.

Ante este despropósito los valores del cambio de la moneda incrementaron respecto de las demás, por tanto, mucha gente en manejo de otras monedas con cara de sorpresa se dirigió a cambiar sus monedas en el Banco Mortero con el fin de que éstas rentaran más. En la ciudad, por ejemplo, había un popurrí de comercios aceptando todas las monedas, las tres; mientras, la otra cara de la moneda -entiéndase la expresión- la conformaban los comercios cuyos dueños se cernían a una o dos monedas de las tres en curso. Cuestión de confianza. Claro que, con el rápido ‘amanecer’ de los grims, todo se iba a desajustar e íbamos a vivir unos tiempos extraños pero, ciertamente y con seguridad, movidos. Si un comerciante acariciaba la idea de subir los precios en grims de sus productos, entonces compensaría el problema de la bajada de valor de la moneda pero la falta de ojo previsor podría jugar en su contra. La gente se iba a volcar con el grim dejando el resto de las monedas. Por tanto, podría vender mucho más, aun cobrando menos por la unidad. Si tomaba la opción de eliminar el grim de sus preferencias, perdería clientes a favor de la competencia con la moneda de moda. Con la excepción del caso en donde rebajaba los precios de sus ventas en las otras monedas, compensando en teoría su sobrevaloración. Si, además, anulaba el cobro en grims, primaría a sus compradores de otras monedas y podría tener ventaja con cierta gente. Posibilidades mil, desde luego.

El juego es peligroso, y lo decían los periódicos al día siguiente de los hechos. Uno de los más sabios analistas, muy reputado, apuntaba a recordar que el valor de la moneda respondía de la capacidad de compra y su funcionalidad, de la facilidad con que se puede o no comprar. Los ahorradores con cuentas en grims, perdían la mitad del dinero en abstracto pero el resto ganaban en el cambio. El juego desequilibraba. Más cuando fue una decisión oculta. Sentó como un palo en oídos de los clientes habituales del Mortero, alternativamente, chorros de oro estilo Midas, en los demás. Paradójicamente, los clientes del Mortero tenderían a migrar hacia el resto de los bancos y viceversa. Pero, el vuelco fugaz, sin capacidad de reacción incrementaba los errores en el mercado y la mayoría de los mercaderes sostenía los precios en grims, de tal forma, los ahorradores no reclamaron sus ahorros porque el grims se puso ‘de moda’ y el resto acudieron al banco a cambiar la divisa. En el proceso se fueron actualizando todos los precios y salarios, subiendo por la abundante moneda, eso en una o dos semanas del boom. El objetivo de los ilusionistas del Banco Mortero se dilucido, no estaban locos. Lo hicieron todo para crear una conmoción por su moneda y dejar fuera de circulación, aunque sea virtual, al resto. Si monopolizaban y se violaba el segundo principio, la funcionalidad de las demás monedas, puesto que, pese al enorme valor relativo, no podían comprar en muchos lugares. Si pasaba cierto tiempo sin reacciones ‘racionales’ de los vendedores ni los empleadores, triunfarían.

En un mes, el porador de un bet o un lazarus era considerado millonario pero cuya moneda apenas se podía usar para ir a una triste tienda de barrio. Los otros bancos aprovecharon. Si Mortero conquistaba los intercambios triviales del pueblo. Ellos tomarían como referencia los valores al cambio, cada vez más favorables por el furor mostrado por el grim, y ellos podía usarlo en las finanzas. Ofrecerían préstamos en las otras dos monedas. Como la mayoría de la gente usaba la otra tendrían que hacer la conversión donde salían muy desfavorecidos pero los que había aguantado la vorágine monetaria con sus otras monedas los tendrían baratísimos. Con ese plus de la financiación casi gratis -para los detentores del bet o el lazarus– podrían asociarse y montar grandes negocios, no caer en la trampa de pedir el dinero como venganza en sus monedas ‘financieras’, así, por medio de la desventaja inicial, los ‘perjudicados’ sacaron a relucir el dicho de quién ríe el último ríe mejor. Controlaron la economía por la financiación casi infinita y barata, con el límite que, conforme la cuantía de los préstamos es mayor, el valor de sus monedas seguía incrementándose y más exclusivos eran.

El contravolanteo de la competencia dejo locos a los gerentes del Banco Mortero porque les rompió el negocio de sus propias finanzas, ni a la sombra de los otros dos bancos. Entonces, no podría ofrecer intereses en las cuentas de los ahorradores como antaño. Encima que en su día fueron perjudicados con la devaluación, ahora más, con menos rentabilidad en sus cuentas. Dos opciones: sobrevalorar la moneda o provocar el impago financiero de las otras dos monedas. La segunda motivada, era perversa y sonaba a contravenganza. Si ellos no emitían más moneda y solo cobraban las cuotas de los préstamos en su moneda, entonces, si cambiaban sus monedas por las suyas pasando por la pérdida de valor, y retenían esas monedas aislándolas de la circulación. Los empresarios con sus deudas en bet y lazarus no podrían pagar y terminarían, o en el  impago de éstos y el derribo de sus negocios o en la emisión de moneda por sus respectivos bancos, por ende, su equiparación progresiva con el grim. El problema estribó en el error de la estrategia. Se bajó el valor de las otras monedas y no se permitió el impago pero, claro, quién ya tenía los grandes negocios, ya formaban parte de su hacienda y por mucho que perdiese esa ventaja de antes, lo hecho hecho está y constó. Los oportunistas se llevaron el gato al agua en la guerra por la moneda.

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