El trabajo de un heliopolitano

Desde el regreso desde Solaria a la heliópolis de Windnis no dejé de preguntarme cómo había podido surgir una cutura tan extravagante en aquel lugar, ¡y seguir siendo humanos! Mi entendimiento de la antropología y de la psicología humana era amplio pero no concebía aquel extremo de sociopatía. Era posible, sin embargo, que los solarianos, al nacer en soledad y ser criados sin contacto desarrollaran ese instinto antihumano, o bien dejaran de desarrollar la empatía por otros semejantes por la misma falta de contacto. Estamos provisto de mil armas pero, si esas armas no se entrenar, desaparecen o quedan ocultas. Para los solarianos la empatía debía poco menos que un arma nuclear pues no hablaban ni veían a otros humanos en casi toda su vida, la cual se resolvía en una soledad obscurantista bajo códigos de moral rígidos y una dedicación sobrehumana al trabajo.

Ya en mi casa, empecé a trabajar para publicar los trabajos de investigación sobre los solarianos y la cultura de Solaria. La bibliografía era, como de costumbre, extensa, aunque en este punto, en todos los mundos del Universo, pocas cosas constaban de un velo tan fuerte y opaco. Ellos mismos, en su rencor por lo humano se habían ocultado al exterior, además de a ellos mismos. No es curioso cuando los solarianos rehusaban de sus semejantes, rechazaran la mezcla y el contacto con los incívicos extranjeros. El Movimiento Civista fue uno de los padres de la política intergaláctica actual y uno de los integrantes más representativos de la Nueva Ola Humanista, la NOH. Al principio, en la Tierra, esta corriente emergió como respuesta a un excesivo amor por la racionalidad propugnando por la autorrealización humana, en el sentido más egoísta pero, al cabo, fue mutando hasta la actualidad hasta convertirse en la hélice de la racionalidad autorrealizativa. Se trata de la síntesis de los dos conceptos antagónicos. Al final han considerado que la razón no combate con las emociones ni el sentir humano, por tanto, pueden convivir. Para ello, habría, eso sí, que limar las predisposiciones naturales como han hecho en Solaria. Si el respeto a los demás y la conciencia de la sociedad eran los valores más elevados, ahora lo son de facto, al eliminar las interferencias de los intereses personales enfrentados, modificando la propia psique.

– Nicolás, la cena está servida ya.

– Gracias, iré enseguida. Estaba preparado. -Contesté a la trabajadora social con amabilidad.

Bajé entonces por las escaleras mecánicas hacia la sala de estar donde me reuní con el resto de las familias para la comida. En la heliópolis vivimos en comunidades donde la privacidad se restringe a los ‘aposentos’ personales y el resto se dirime en la ‘comuna’. El trato es cercano. El trabajo social no forma parte del Estado, sino de algunas familias cuyo cometido es, propiamente dicho, la manutención del resto, ocupadas en otros quehaceres. Los servicios, como pueden suponer, con la base de la economía heliopolitana de Windnis y las redes sociales incluyen relaciones económicas directas, por ejemplo, en una comunidad no es raro conocer que todos sus miembros trabajan unos para otros de alguna forma. Por cierto, olvidaba el detalle. Las heliópolis no son un simbolismo azaroso para llamar  a las ciudades, si no son ciudades suspendidas en el aire, en las alturas. La Tierra ha sido dejada para los campos y la naturaleza.

– ¿Cómo te va el trabajo Nico? Nos tienes pendiente de contar tus aventuras en Solaria.

– Va marchando. Es complicado reunir el material necesiario y sí, es tan interesante Solaria. La verdad, por un lado, repugnante para nosotros pero, para mi profesión, es apasionante.

– Creo que pondrás la cara de sorpresa de todos los científicos. Como en los documentales. Ya sabes, esa expresión de ‘es maravilloso’, ‘fantástico’ y todo eso.

– No vas mal encaminado. -Reí. – Mi suerte ha sido estar lo justo, ver lo necesario y largarme antes de volverme un lagarto antisocial de allí.

– Eso dicen. Nosotros, la verdad, sabemos poco de ese lugar pero dicen que no son nada amigables.

– Y dicen bien, amigo mío. Creo que esta última expresión, sería inconcenbible para los moralistas solarianos. Eso de ‘amigo mío’.

La charla duró tanto como la comida pues debía retirarme y proseguir con el trabajo. Todos mis vecinos se quebaban pasmados de mis vivencias en Solaria cuando las narré, una por una, las que me dieron tiempo. La impresión es fuerte. Pero más fuerte es para quién la ha vivido de primera mano. Subí las escaleras a píe ya que sentí la necesidad de moverme y hacer algún esfuerzo físico. Al llegar arriba, entré en mi cuarto y continué con rodeado de pantallitas multicolores, muchos documentos y todo eso, típico de la esfera de un investigador. Yo formaba parte además del Movimiento de Narcisos. Era donde trabajaba como integrante de la cúpula política y de la científica. Narcisos amaba la naturaleza humana y deseaba preservarla sobre todo, buscar la organización social más acorde con la humanidad en definitiva, para la paz y la convivencia. Quizás, por eso mismo, se daba la paradoja de que, en este planeta, había movimientos mil, porque todos buscaban una parte de sí en seguir sus creencias e ideas bajo la ciencia, eso sí, la gran mayoría. Estaba mal visto opinar sin conocimiento de causa desde luego. Así, nosotros, nos empeñábamos en predicar el amor a la naturaleza humana cuando esa misma naturaleza nos impelía a dejar hacer a la oposición, de dominar todo nosotros, la humanidad dejaría su naturaleza plural. Un fin contrapuesto a otro. Requeríamos de una síntesis como la NOH en el civismo.

Si tuviera que conferir un significado a la vida, siempre lo haría en función de mis congéneres. Por mi mismo, carece de sentido. No puedo concebir la soledad como solución al modo solariano, en prolongar eternamente y al infinito las raíces de mi persona. Va en contra de los principios propios, y de la mayoría de los heliopolitanos de Windnis, aunque todos gocemos de filosofías de vida diferentes, a veces distantes, pero todas autorrealizables, o casi. Si algo hemos conseguido, se resume en el templo del Cambio. Una construcción majestuosa ocupando justo el epicentro de la ciudad. Dentro se exponen libremente los credos de todos los movimientos en la ciudad presentes. Es la expresión sublime de la esponja humana que somos, de la tolerancia de los antiguos y un guiño al Universo como crisol de la Expansión.

Escribía con la astucia poética de todos mis textos: ‘Viajé hacia el amparo de la soledad al centro de la fobia a la sociedad. Viví como ermitaño protegido por cuatro muros y autómatas. Todo el frío evanescente por la presencia de la cómoda calefacción, toda bajada de ánimo humillada por el soma y mil juegos de entretenimiento. Una basta selva deforestada’.

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Una respuesta a El trabajo de un heliopolitano

  1. Sergio dijo:

    Muy bien redactado, muy buena forma de escribir, me ha gustado mucho 🙂

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