Ficciomática

El día comenzó rápido, desenfrenado por las prisas. Me fui al baño, después de duché velozmente y me vestí como pude al tiempo que endencía el ordenador y el móvil. Electrónica al poder matinal. Introduje las contraseñas con más solturas de la demostrada ese día introduciéndome la camisa por la cabeza. El siguiente paso fue ¿desayunar? No. Fue correr a hacer el click mágico para abrir internet, entonces, las redes sociales, todas. Vi las actualizaciones de todos los contactos, incluido los del trabajo. Con especial atención. Hoy tendría un panorama complicado que gestionar… pero eso, dentro de diez minutos. La suerte de no entretenerme con las chuminadas de los amigos fue, en el justo tiempo, ponerme manos a la obra con los ‘deberes’. Casi parece que habla un chico de la escuela pero ya llevaba como dos años en un puesto de gestión comercial en una importante empresa. A tiempo me acordé de llevarme algo a la boca, saciar la sed y el rugiente estómago, aunque apagado por el estrés de todas las mañanas, con el café previamente hecho por la noche sirvió con un sencillo y parco acompañamiento de unas galletas. Regresé como pude a puesto de ‘mandos’ y dispuesto con los dedos acariciando las teclas, o la mano en el ratón para moverme por las raíces de la red.

En otras empresas, como se sorprenderán, usan mucho los controladores de comercio los auriculares y otros medios de voz, sin embargo, por razones obvias de eficiencia se han suprimido por un rápido sistema de mensajería, más veloz y, bajo las claves y formalismos de la empresas que todos entendemos, podemos acortar los mensajes a la vez que evitamos las confusiones. El lenguaje ha de cumplir con los principios de la economía y de la eficacia por supuesto. Los mercados son muy dinámicos y todo se mueve por las redes sociales, o casi. Éstas constan de la capacidad necesaria para digerir toda la información y hacer simultáneamente de receptor-efector. Así, coordinar todos los precios en los mercados, después, directos al servicio de las compras online de los productos. El trato era lo más personalizado posible, de ahí estriba la radical relevancia de la red y de la mensajería de la red social y, sin mencionar la necesidad de que fuéramos personas y no robots a la atención. Si se deseaban hacer tratos estandarizados y tener consciencia de la presencia de los compradores, vendedores y algún despistado sin rumbo, había que, sin remedio, usar estos chats, varios a la vez. Por eso éramos un equipo y nos repartíamos el pastel del trabajo.

El ritmo frenético no cedía en las horas próximas hasta un pequeño descanso cronometrado para continuar hasta terminar las 12 horas del día ordinarias. Habíamos sido preparados con tesón en unas escuelas profesionales muy bien preparadas, por eso, uno de los retos era, como es evidente, psicológico. Es, cómo optimizar la mente para soportar el ritmo de funcionamiento del futuro trabajo entonces. Fue arduo pero con el tiempo el cerebro ajusta sus respuesta con automatismos y la vista se teledirige a los objetivos, las conversaciones, mientras acompañan al unísono los dedos de las manos moviéndose como pez en el agua por las teclas. El pensamiento se somete a una disolución en el vacío de una actividad incesante. El plan, actuar lo más cercano a los robots. No pain, no reward.

Las tareas arduas daban lo justo para las necesidades básicas humanas. La vivienda lindaba en unos edificios expresamente construidos por la empresa para sus empleados. Todos con conexión, imprescindible. Los contactos sociales se hacían, en su mayoría, por internet mientras nos convertíamos en lo que, hace años, se consideraba unos frikis o, quizás en mi caso, geeks. El consumo de los medios electrónicos como los libros, las películas o las series, incluso espectáculos varios, documentales… todo se hacía a partir de casa, sentado, igual que la compra de la semana como la gestión de los inventarios del refigerador y la despensa a temperatura ambiente. Ésta última con las conservas a rebosar. Un par de veces a la semana salía del bloque de pisos, aparte de breves visitas (y reconfortantes) a los compañeros de ‘juego’, es decir, de trabajo, también salíamos fuera, al exterior. Es clásico asistir a algún cine, o incluso el lujo de pasear por las calles iluminadas de noche. Las fiestas ya se incluían en el propio complejo de pisos, donde había servicio de todo, con disco y todo. El resto del ‘esparcimiento’ era lo ya comentado. Después de todo, ¿quién quiere más? No comprendía a algunos ricachones, todo el día de viaje en viaje, por las playas. Costumbre antigua. También las visitas a los vestigios de otras épocas, peores, menos civilizadas, como son esos monumentos. Mastodontes de la edad de piedra como los llamo yo. Tuve que estudiarlos por encima en el cole, algo me acuerdo, fue antes de la escuela profesional. En fin, quizás sea el excentricismo, que en su día fue cómo vivimos hoy día, pero destacar por destacar… Mira, tengo tanto dinero y tendría el mejor equipo del mundo informático posible. La créme de la créme. El resto, creo que no es preciso tanto para ser feliz.

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