Ínfulas de poderío

Charles Benton se fue a esperar a la puerta de su casa. iba perfectamente vestido, casi de gala, aunque con algunos detalles informales para los tiempos que corrían, que en otros, se hubieran interpretado como mínimo de rompedor. El traje era clásico, sin embargo, no iba rematado con una corbata o una pajarita como completaría la visión tradicional de la elegancia. La camisa atisbaba entre la chaqueta del traje un color gris brillante, deslumbrante pero no excesivamente llamativo como para resultar ostentoso. Los pantalones sin deslumbrar en el tono más convencional, negros y cumpliendo en consonancia con la chaqueta de luto.

Un coche le esperaría justo en la entrada y le llevaría a la convención sobre la apertura del nuevo teatro en la ciudad como uno de las más representativas personalidades del mundo de la cultura, en ascensión evidente por la riada de eventos en los últimos meses. El tono de la noche sería entre festivo y serio, era, no obstante, importante para todos. De paso, uno de los objetivos de Charles trascendía del mero espectáculo o de las presentaciones ceremoniales y grandilocuentes habituales en estos casos. Debía encontrarse con Rosa Brukhard.

El auge de este negocio se debía al clima excéntrico donde viajaba a la deriva la ciudad, los personajes más pintorescos poblaban las calles. Tipos, sin duda, creativos, diferentes, interesantes incluso. Era aburrido sentarse a ver el partido de fútbol de los findes de semana, incluso en el estadio; se hacía monótono jugar todos los días a la rutina de dos más dos son cuatro. En otras palabras, conocer todo y haber pateado toda la ciudad dos, tres, cuatro y hasta sé contar, ¡cinco! veces y no haber avistado siquiera un espejismo de algo nuevo, merecedor de la atención. Hasta que, precisamente, Benton y su equipo al mando de la consejería de cultura iniciaron una cacería de este tipo de personajes, ahora abundantes por las calles. Si las Vegas fue, en siglos anteriores, la cuna del juego; París hacía resonar la leyenda de la ‘ciudad de la luz’. Quedaba el hueco de la ciudad del ¿humor? Quizás no sea adecuado. Sí la psicodelia, de lo inesperado y de las sorpresas.

El coche volaba con su motor por aire por las vías de la ciudad con celeridad hasta el teatro donde se hacía la convención, después la fiesta. Terminó por aparcar en segunda fila, por encima, por tanto, tuvo la molestia de tener que bajar por las escaleras hasta la altura base de la calle. Era normal, los coches agolpaban el edificio adornado a estilo neomoderno: es decir, no adornado. Cuadrado, funcional, estilístico y esbelto, brillante pero no decoroso ni complicado en absoluto.

Se sorprendió, al poco, ver cruzar a Rosa delante de él, a lo que los dos, con reparos y para no despertar sospechas, se saludaron cortesmente. Un espejismo cuando le tocó salir a escena, dar los agradecimientos y empezar la cantinela típica de las inauguraciones añadido al tono melodramático con que narra cómo se había ido transformando con el tiempo la ciudad. El final, con los ojos clavados en una de sus espectadoras, terminaba ilustrando, al juego de un preparado espectáculo de luces, la parte alta de la sala donde se encontraban. El lugar de los palcos. Los aplusos retumbaron, como era de esperar, la enorme estancia mientras él se retiraba encontrándose con la calidez de sus compañeros en el equipo de organización. Saludos, algunos abrazos.

El organigrama de su mente, pasado el momento, indicaba encontrar a Rosa como primer objetivo ya. Ocupaba casi todo el marco de sus pensamientos. En la multitud la encontró al poco, se hizo querer ver. Sabía que estaba detrás. Una intuición. La mujer vestía un veraniego vestido rojo, luminoso y en contraste de cine con el atavío de Charles; simple, sin embargo, mas la deslumbrante sonrisa y sus gestos particulares embellecidos por su cara angelical proponían la complejidad al conjunto. La primera palabra fue de Rosa ante el atónito rostro del protagonista de la noche, en pugna pero desprevenido. El saludo dejó pasar un gesto, a continuación, de desaprovación más la misteriosa frase de “no vendas la piel del oso antes de cazarlo”.

La expresión se fundió en la decepción con muecas de infructuosos intentos de disimulo. Los pensamientos desaparecieron y tardó en reaccionar conscientemente. En el siglo XXIV, nadie había visto personalidad tan fuerte, fugaz y directa. La facilidad del poder se encontró con el muro del otro lado del espejo, es decir, la presencia. No todo es posición. En el discurso, perdió. Dio a píe a desviar la mirada. Dio por sentado el triunfo y, sin comérselo ni bebérselo, ganó una lección valiosa como una joya. Más incluso, pues de esas podía comprar unas cuentas. El valor residía en la esperanza, ya no de una oportunidad, sino del reto por buscarla. Porque cuando hay algo difícil más asciende la llama de los ánimos. Al tiempo, la comprensión de un mundo que aun no sostenía con la mano, aunque sí la ciudad.

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