Trenes, crónicas y algo más

Por megafonía se anunció en la estación los problemas técnicos del tren a medio camino de la ciudad de Ruguenburgo. Los hombres de los andenes se llevaron poco menos que las manos a la cabeza. La espera podía ser soporífera y, muchos, necesitaban llegar a tiempo, tenían poco menos que el reloj del conejo del país de las maravillas de Alicia pero aquí, a diferencia, no se podía uno comer un seta y crecer hasta poder dar pasos de dos kilómetros de largo. Una pregunta fue clave: el tiempo.

El cronista del periódico local buscaba la buena nueva indagando en algún desesperado pasajero billete en mano la exclusiva de la catástrofe de los trenes y es que, resulta, en este país los trenes, poco a poco, se han ido ganando muy mala fama. La prensa se encargaba de hundirlos como desconfiables como palabra más noble hacia ellos. El tiempo hacia, al tiempo (valga la redundancia), mella en los ánimos hasta que con el transcurrir de los minutos y de las horas como el giro de las agujas del reloj los pasajeros fueron a reclamar el dinero de sus billetes y, a continuación, marcharse enojados.

Se fue despejando el andén dejando medio solo al cronista. Así aprovechaba que, mientras trabajaba, se tomaba un momento de relax. Sabía él que no podía volver a la oficina desde la estación pues estaba en la ciudad de al lado y, por tanto, mejor. No había nada más que quedarse allí en el páramo de la espera de un tren detenido Dios sabe dónde. La polvorienta salida a los aseos, casi, con la brisa empezó a relucir mientras que los dos o tres hombres, ataviados con traje y portando serios maletines, consultaban nerviosos el reloj de pulsera pidiendo a gritos la llegada hasta el desespero de salir como todos los demás. Al día siguiente con seguridad tendríamos el motivo para cerrar las vías y la censura a la inseguridad de los trenes en sus horarios no eran dignas de los caballeros ingleses desde luego. Los problemas formaban un amasijo insondable a lo largo del tiempo surtido de episodios vergonzantes de verdad a una compañía de capa caída.

«El tren parece la guía de las personas» Pensaba el cronista, profundo en ensueños. «El tren es la representación de algo más interior, oculto y, a veces, vapuleado por la ignorancia. El sentir del tiempo es una excusa para no vivir el momento refugiándose en el pasado y contemplando exánime las agujas de unos relojes amenazantes con tocar las ‘en punto’». Las ‘en punto’ simbolizan el ocaso del intervalo no-tiempo, «Así la espera se hace aprovechar el tiempo y no una pérdida». Se piensa en el futuro, se piensa en el pasado, temor se siente al presente. El cronista repasaba sus papeles escritos con notas exiguas y casi ininteligibles por el peso y apretón del tiempo, porque no es eterno y lo efímero asusta por constar de una memoria poco ducha en fotografiar vivencias.

«A lo mejor, el sueño de querer tener todo en mente no es el de querer controlar todo. La sensación más dañina de la incertidumbre cuando revierte en pesadumbre, alumbra campos baldíos de expectativas, creencias, sueños… con el resquemor a perder todo pero, curioso, no se tiene nada en el momento, nada de eso que pupula en la mente, pero se da por hecho, como realidad o verdad. Por eso cuesta aceptar el error de las predicciones, porque no eran tales, eran verdades para nosotros».

Igual el cronista no andaba desvariando como cualquier hombre de traje y elegante maleta negra en el andén pensaría. Igual los apuntes del día para hundir el tren en el abismo era una venganza de la sociedad por haberla sometido a la dictadura de los tiempos, o señales numéricas que coinciden con la noche, el día y sus intermedios. No obstante, arbitrario del todo. Hemos aceptado todo con un pretexto de libertad y hasta incluso hoy día escuchamos la pluralidad de culturas latir en el ideario de la sociedad cuando el tiempo pone a todos en su lugar ¡y eso que no cuento con el mejor amigo del hombre, el dinero! Es que la cultura son tiempos y cómo emplearlos. Y la noción de perder el tiempo es, como mucho, una ilusión para igualar a todos en su sitio. «Yo no estoy perdiendo el tiempo» Reacio soltó así mismo el personaje. «Estoy cubriendo un artículo importante y reflexionando sobre él, parte inseparable de mi trabajo. Por eso lo realizan profesionales con capacidad crítica y por eso me valgo mejor que otros a ocupar este empleo». Bla, bla, bla. Los bla-bla justifican no perder el tiempo porque se le atribuye una propiedad, la de la utilidad, tan relativa como las emociones. No amigo, no estás perdiendo el tiempo, tienes razón en eso. Estás viviendo.

Y así en la vida se mete, distrayendo a la razón, y gira el tren de juguete que se llama corazón.

***

Nota sobre los culpables de haber tenido estas ideas y perder el tiempo escribiendo 😉

Una poesía nacida de la noche.

Cronista XIII.

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