Alter ego

Y entonces ese niño -que ya era un hombre- se puso a pensar de nuevo, repasando en su agenda mental todo lo ocurrido y buscando un aburrido esquema para entenderlo, hilarlo y poder enmarcarlo en un cuadro y, al verlo, no decir que es bonito o ‘esta bien’ sino decir ‘es coherente’.

Los sentimientos son difíciles de auscultar. Se esconden cuando la razón los busca y emergen cuando los guardianes de la coherencia duermen. Pero, esta vez, uno de los agentes de la razón se descubrió en una trama de corrupción. Había dejado de lado su juramento que jamás aceptaría nada sin lógica. Pecó de muerte con el delito más grave cometible por uno de esos serios agentes de la razón. ¿Y qué hizo? Pegó en su esquema del mundo (una especie de mapa mundi) una etiqueta que comprendía un sentimiento trascendental: la inclusión de una persona especial en la República independiente de su conciencia. La justicia era clara: la muerte. Pero la justicia siempre ha sido ciega y… lenta, por lo que el juicio prolongaba la pena capital a este agente corrupto mientras, aun conservaba el puesto y su trabajo, seguía con sus fechorías, impune, porque no había policia.

El psicólogo de la conciencia buscaba las razones por la cual este agente había podido llegar a cometer tal insulto a la Paz Mental. El rebelde agente velaba el lado derecho del cerebro y confraternizaba con el escultor de la emoción. Esa relación pesaba en la investigación. Podía explicar la influencia del escultor de la emoción en la rectitud del susodicho agente de la razón. Al final, currupto, convino el psicólogo de la conciencia, en que sufría de una tremenda confusión de identidad. El irredento agente era un rebelde que había atentado contra la unidad y el bien de toda la República.

Pero éste, mientras, esperaba el juicio, se dedicó a hacer más tropelías y desbaratar todos los esquemas antes supuestos. Incluyó en el mapa mundi de la galaxia a todas las personas que, a juicio del escultor de las emociones, importaban. No sólo eso. Él era, por casualidad, un eminente matemático también, aparte de su trabajo de guardián. Así que se aplicó en las matemáticas para explicar de manera racional el porqué de la necesidad de todos sus actos, así, de paso, tendría con qué defenderse en el juicio porque no tenía para abogados.

Al final, y me remito al resultado del juicio, a las palabras de la acusación ‘este agente es un puto genio’. El tío cabrón consiguió demostrar la necesidad para la República de cambiar la política de inmigración con las emociones de modo matemático, con lo cual, la demostración clamaba a una verdad irrefutable por todos los asistentes al juicio. Ganó. La aduana que separaba las emociones de la racionalidad desapareció y los dos se mezclaron, a partir de ese momento, como dos montones de plastilina. Jugaban como niños. Es más, coincidió en el momento paradójico en el que el niño adquiría la mayoría de edad.

Veía y experimentaba con cada cosa una suerte de imágenes sugerentes. Donde unas siluetas, figuras, como quieran llamarlo, bailaban sin cesar; otras nadaban en un océano interminable combinando todos los estilos posibles. Sobre todo, cuando las figuras ideales coincidían con las personas, las situaciones o lo que sea de las que partieron inicialmente, una oleada de emociones brotaba e inundaba la sala de baile de una música más movida; y daba ritmo a los bañistas cuando éstos se desincronizaban. Una de las esas imágenes, la primera, fue ese sentimiento trascendental que adhirió la imagen de aquella persona a su mente. Surgió una voluntad de nunca separarse jamás. A pesar de los conflictos que hubiera, de los problemas, de cualquier cosa, algo era más elevado, superior y buscaba con ahínco permanecer por siempre. El agente que en su día se reveló bien lo sabía. Sabía que desde entonces todo iba a sucumbir en la armonía, nadar en la abundancia de la alegría y suplicar en la agonía de la melancolía. Eso salvó al niño de la muerte de la adultez. Ahora podría seguir jugando, imaginando y volando en espacios nunca explorados sin restricciones.

Un años después y posterior a miles de infortunios en ese tiempo, el sentimiento gozaba de la misma fuerza que en el comienzo. La semilla había sido plantada en el edén del campo de la República. Como mucho, podía ser soterrada, podía ser ocultada del Sol y del agua, con tal de que creciera pero siempre tendría un lugar en aquel campo. Fue el comienzo de una apertura al exterior, todo un hito en la historia y una leyenda. A la vez, el deseo nunca remitiría, ni quería que sucediera, para dar píe a una ficción de felicidad más plena en medio de la ruina y de la destrucción. Poco importa eso, es como tener dinero en el desierto: eres rico pero mueres de sed e inanición. Es como la vida sin emoción, que es mejor en otra ocasión. Es vivir en una melancolía feliz donde hasta el más profundo de los pensamientos supone una cálida sensación de embriagadez. Un amor que animaba a la hoguera seguir brillando en medio del bosque helado.

El agente, al final, contempló los frutos de su obra: había creado una Diosa que, desde aquel momento, se haría llamar su ‘alter ego’…

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