La decandencia de una identidad compartida

Los modales no eran lo más destacado en aquel hombre, sobre todo cuando se debatía entre sus amigos. Parece que se trata de ese tipo de persnas inacapaces de aceptar el no tener razón y la única ocasión en que condece a los demás es cuando carece de todo argumento y, más aun, ignora y le importa tres pepinos el tema, o ni eso. Con las mujeres era distinto. Hacía las veces de galante cabellero de alto plumero y las otras como algo más tenebroso. La falsedad, a veces, se tornaba invisible a las incautas en sus noches locas de fiesta. Al final, no sé cómo se la apaña pero siempre se inmiscuía en problemas con la gente y, sin embargo, salía airoso aun con sus actitudes. Más bien me da rabia a mi. Más prosaico en todos estos asuntos y con los píes, creo, pisando tierra firme.

Pero en el pueblo apenas pasaba nada importante o relevante de algún modo como para hegemonizar las conversaciones, por tanto, todas se convertían en un asidero de trastos viejos, verdes y rositas. Los pueblerinos le daban bien a la lengua cuando se trata de contar las tramas ‘policiacas’ del vecino, aun cuando se trataban, en realidad, de simples paseos por el campo o de regar el jardín de su casa, sacar al perro a pasear, hablar con su cuñada ¡uff, qué revuelo! Y todas esas cosas sin trascendencia hasta que llegan al epicentro del terremoto de la plaza central del pueblo. Hoy, por casualidad, hablábamos de aquel tipo. Porque no había otro tema y el viento soplaba vivaz desde el sur, mejor que mejor para contar sobre tíos raros, aun guardando cierta envidia cochina e insana. Los siete males se relataban casi todos los días, con excepción de los festivos, donde todos eran más recatados en sus lanzadas de voracidad parlanchina y otros días cuando la imaginación escaseaba o alguien de los ‘iluminados’ periodistas amateur andaba indispuesto.

Todo se rompió con la intrusión de una nueva familia en el vecindario, además, del centro de la ciudad a la muerte de un anciano pobre que acabó sus días casi recluido en su casa. Todos los mirábamos con desdén, no por recuerdo del anciano, sino porque algo no nos gustaba. Lo descubrimos con el tiempo. No nos gustaban porque no eran de la zona. No congeniaban con el lugar, hacían un juego de contraste y eso era estresante para todos. Incluso la fachada de la casa se tintó de amarillo, desentonando con el blanco de la pureza y de la paz reinante. ¿Quién iba a sentirse seguro en la plaza del pueblo cuando podían estar atentos a las conversaciones unos extraños raros? Cierto. Poco a poco, la cháchara iba en declive y la decadencia de la zona se transformó en un mero sitio de tránsito necesario para ir y volver del mercado y como nexo entre los barrios del sur y del norte. La casa amarilla turbaba el espíritu del pueblo con su amenazante presencia. La falta de control que percibían las almas del pueblo, de que vinieran más, como una invasión… Un delirio comunitario sin réplicas ni disidencias. Un acuerdo de todos con todos. El pueblo es del pueblo. Un acuerdo ancestral sobre el hermetismo de un pueblo que es un pueblo porque se fundó ad hoc.

Los chimorreos sobre el hombre más machito del pueblo acabaron con la fama de éste y, a decir verdad, ya no sabemos nada de él. Nos sentimos descohesionados y, resumiendo, ‘cada cual por su lado’. Tampoco la princesita daba pávulo a frases entrecortadas entre las ensoñaciones despampanantes de los verdes. Si es que todo se fue. La casa amarilla. La familia de la casa amarilla. Apenas se incluía en las conversaciones dentro de las casas y, como mucho, alguien decía que los había visto a tal hora por equis lugar. Ellos, a mi juicio, pienso que no habrían calibrado bien eso de mudarse a este recóndito y peculiar lugar. Son unos marginados. El problema es que todos nos hemos marginados a nuestros respectivos hogares. Roto veo el futuro de un lugar donde el hedor más insoportable de la soledad desolaba con empeño las tierras, las calles y las mentes, abiertas en su día, cerradas con mil cerraduras hoy día. No entiendo nada. ¿Por qué ese miedo? Cerril, me rebelo contra esos miedicas acobardados.

Sólo faltaba convocar un mítin en mitad de la plaza. Uno solo con micro. Hablar y hacer sonar la bandera de la libertad. Siempre y cuando no fuera un pueblo fantasma esto.

***

Los pueblos herméticos a cal y canto. Un arrebato por desvelar los prejuicios de las comunidades donde, al extremo, las personas no sienten el ‘yo’ en ellas sino en la propia comunidad. La conciencia se puede alterar, no por psicotrópicos, por un cambio en ese fantástico edén.

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