Terror autoscópico

A veces hay miedos irracionales que consumen a la persona hasta límites insospechados en una suerte de asedio constante, al acecho, sin trgua alguna ni posibilidad de negociación. A veces nos sorprende el proceso de cómo se ha podido alcanzar ese estado, entonces, solemos atribuir la culpa al pobre desgraciado que la padece. El poco entendimiento, bajo la lluvia de sucesos¹, impide llegar a la persona. los yo-self de cada cual permanecen, físicamente, cercanos, emocionalmente, a una distancia insalvable. No se puede vislumbrar nada bajo el mando de incertidumbe esgrimido en ese rostro ajeno, desconocido e incoherente. Él, por el otro lado, no se reconoce como un desconocido, para él es el ser más conocido. Se invierte la situación según qué ojos sean los que ven.

‘Unos ojos púrpura exuberantes, desentonados con la naturaleza humana asoman delante. Asustan, pero contienes la compostura por temor a «algo peor», es un miedo de esos, prendido por la incertidumbre, como si fuera fuego, quema en un infierno que se prolonga mientras perdure la incómoda situación’.

‘Una mirada de rabia escondida, asco quizás, atisba deseos de escapar pero con ánima vengativa. Dolor, siente dolor. Sin embargo, tan sólo me ha visto. Ni nos hemos cruzado una sola palabra más allá de un saludo por mera cortesía. No sé qué hacer. Igual, debo estar alerta. Hay gente peligrosa, rara, impredecible, a saber’.

El punto de sutura es traspuesto en la algarada de tensión inmanente, donde unos segundos se ralentizan hasta el frenesí de las tortugas al andar, a la marcha de las procesiones. Un mono perezoso cruzando los árboles, en contraste, con los pensamientos. Se suceden mil y aun, cuando no se han podido ni digerir, se elucubran teorías, uno se va explicando las razones. Uno está bien pero ¿has visto eso? ¿esa mirada? -sonando a excamación, ‘no sé como salir de aquí sin hacer nada que enoje a este tío…’. Una pieza de fruta inmadura, un niño en plena etapa de ‘yo, yo y yo, todo para mi’. Da igual. Uno no se ve como el problema, el problema se encuentra amenzando delante. Es imperativo salir pitando de la forma que sea.

Sea. Al final, el bloqueo de todos los sentidos reducen la desbocada velocidad de los pensamientos a cero. Los músculos se calan de la tensión y el motor, ahogado, se niega a reaccionar. A las espera pues, de las reacciones del «enemigo». ‘No sé qué hacer’, no, no, no, es: ‘no puedo hacer nada, estoy a su merced’. El pánico ha llegado a la angustía, prolifera el miedo en forma de terror y cada sonido, movimiento, es tomado como el aullido de un lobo feroz, en busca de su almuerzo. Cada vez más cercano, se percata de las cadenas arrastradas por el suelo de un fantasma, recién salido de la mansión de la desesperanza o de la maldición de la parálisis, que la bruja malvada había vertido sobre él en un mal de ojo. Se había portado mal.

El siguiente logro, de la desilusión estaba al caer con el esfuerzo, decrépito, con el ceño fruncido, con la espalda sin atisbo de debilidad, recto como el tronco de un árbol. Aun la mirada fija pero, al poco, todo empezó a tornarse más oscuro. La parálisis cejó en su maldita acción, soltó las amarras a otro viaje el barco, a un viaje parecido al del desdichado Titanic en las aguas del Atlántico. Porque reaccionaba su cuerpo pero a las señales de un sopor terrible, como unas pesas sobre la espalda, o el saco de cemento de cinquenta kilos cuando trabajaba como peón en la obra. Ahora, la espalda cedía a la presión y los quejidos de los músculos se tornaban en la búsqueda del alivio rápido de toda esa carga. Su tez palidece y su rostro concentrado en un punto, miro distraido relajándose hasta esbozar una expresión de hundimiento. Por fin, el barco tuvo su iceberg, aun a la espera de la sensación del frío recorriendole la espalda desde los lumbares hasta meterse como una aguja en el cerebro.

Algo, de repente, cortó la tensión. Los dos movieron sus abezas de un lado a otro y dejaron de maldecirse, odiarse. Una mosca, tan simple como eso, cruzó la habitación. Desvió las miradas hartas de adrenalina y decaídas a continuación. El regreso a la posición inicial fue rápido cuando el hombre volvió su mirada al espejo y empezó a sudar. Creo que ya sabemos quién es el más terrible de los hombres.

1. “la lluvia de sucesos” es una alusión al “horizonte de sucesos” de la física, sobre todo, se da en los agujeros negros y resulta un borde donde la fuerza gravitatoria es tal que para escapar de la atracción del agujero habrías de superar la velocidad de la luz, lo que es imposible, por tanto, a partir de ese límite cercano al agujero no se puede conocer nada, ni ver nada. Ninguno de los dos, cara a cara, tenía empatía sobre el otro.

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