Un mundo para los curiosos

Durante el viaje se hacía de noche rápidamente. La noche apremia cuando la debilidad de la luz incrementa las distancias, y ralentiza las reacciones. La nave ya estaba surcando los alrededores de una de las estrellas más grandes de todo el firmamento conocido, omicron-14, aunque manteniendo una distancia prudente siempre de varios de miles de kilómetros. Podían usar, para llegar antes al planeta destino, la incursión por otra dimensión, sin embargo, existe siempre una pequeña incertidumbre de dónde se va a caer y en esa zona aun se había explorado bien la quinta dimensión. Era peligroso. La noche estelar brillaba en el fondo oscuro del espacio. Las estrellas se convertían provisionalmente en la Luna del espacio abierto para dejar al menos una guía a la visión normal de los pasajeros, que sin ello, andarían usando tan sólo la visión del rádar de la nave.

Las formas crepusculares que se adivinaban en el abismo del espacio negro daban formas a enormes galaxias, en verdad, pasando insospechadas como diminutos adornos en el cielo o como canicas en el suelo mirando hacia abajo desde la nave. Las máquinas de la nave no enturbiaban el paisaje con los ruidos y el silencio reinaba, se hacía dueño eterno del interior de la nave so pena de las voces de los tripulantes. Todavía distaban unas cien horas de viaje según los cálculos aproximados de la nave, pero a la velocidad a la que se movían, más valía estar atento a las consecuencias de todos los movimientos pues se podían ver increpados por la presencia de algunos asteroides, comunes en la región y extremadamente traicioneros. Los dos pilotos se habían de turnar y, ambos, pasaban alrededor de doce horas al día al frente de los mandos de la nave. Increíble cuando hablamos de viajes de más un mes, de punta a punta del universo conocido.

Surgían algunas conversaciones interesantes entre los hombres y mujeres de abordo de vez en cuando entre miles de otras oraciones inconexas, pequeños intercambios de información y alguna que otra broma pasajera para romper el hielo -o el silencio-. Los días y las noches estelares, por ejemplo, fueron uno de los temas más interesantes hablados aquel día, el cual ya acaecía al rubor de la superestrella omicron-14. Aun no se había desvelado el secreto circundante a la razón por la cual se sucedía este fenómeno, pues en un planeta era obvio el por qué, sin embargo, en el espacio abierto configuraba algo más que una incógnita. Algunos científicos atrevidos hipotetizaban sobre una especie de éter en el fondo, como un sostén a todo el universo en la dimensión normal de la vida. Se conocía como la teoría de Atlas. El problema residía en que tal sustancia nunca había sido comprobada, más bien, se conocía como un retazo místico o una ensoñación sobre los confines del Universo, fuera del alcance humano. Por eso, los opositores, o la mayoría de la comunidad científica, hablaba de un sincero desconocimiento y, como mucho, un esbozo de la existencia de una sexta, séptima y no sé cuántas dimensiones más comunicadas de alguna forma.

No obstante, se refutó alguna de las creencias populares más frecuentes como la de rejuvenecer en los viajes por el espacio por una especie de curvatura del especio-tiempo. La mística de siglos pasados resultaba ya pasada de moda aunque se solía regresar a algunos textos más antiguos como inspiración, los clásicos de la humanidad, aun en voga con el paso de los tiempos y, por desgracia para los que, ni son actuales ni fueron de los primeros, alejados en la letanía del olvido o de los comentarios condescendientes de los mayores tipo “como hemos progresado con el tiempo” y en los círculos académicos por supuesto. Mientras, se produjo el cambio de turno y el capitán se retiró a descansar del día dejando a su compañero el comienzo del día dos de octubre del dos mil quinientos catorce. La odisea espacial continuaba, en busca de los límites de los dominios humanos, casi en los márgenes ya del mapa oficial de todo lo explorado con anterioridad. Algunos, es cierto, alguna vez buscaron más allá pero desaparecieron en viajes más largos sin respuesta aun. En esta ocasión, más seguros, buscaron los límites pero no sobrepasarlos como sus malogrados antecesores. El planeta diana, orbitando sobre la superestrella, señalaba el borde oeste del Universo. Resultaba un atractivo mirador hacia un lugar oscuro para el saber humano.

***

‘Siempre viendo los límites, cuando no, desafiándolos. Todas las capas de este diseño han sido bien programadas pero, claro, algunas cosas se me han escapado de contestar, o dar alguna pista sobre la explicación. La vida inteligente no es difícil de mantener, sí la vida curiosa. Éstos ha tenido todos los síntomas desde sus inicios de buscar y rebuscar las respuestas a una miríada de preguntas sobre los sustratos desde sus propios cuerpos hasta del mundo donde vivían. Asombrados estarían cuando llegaran al núcleo, verían que podrían viajar de un lugar a otro con extrema precisión, sin pérdida y, encima, podía desafiarme a mi como progrador. Si supieran el día y la noche no son más que los períodos cuando está encendido este trasto y cuándo no…’.

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