Sinestesia

Las luces me deslumbraban y me impedían ver casi a más de un par de metros por delante de mis narices. La música sonaba a ruido y aplastaba como una carga muy pesada mi cabeza. Tendía a bailar al mismo ritmo de bombeo de mi corazón. Pero, llegado un punto al borde de la implosión, necesitaba salir de aquel ambiente, poco a poco, transformándose en un infierno. Los sentidos se confundía en una nebulosa turbia. Los detalles se perdían en las sombras y los colores en las apabullantes luces.

Al salir, el sonido aun retumbaba en los oídos y la vista quedó oscurecida por unos segundos hasta adaptarse a una luminosidad más mediocre, típica a la caída de la noche profunda. Las estrellas habían desaparecido y sólo el satélite de la Tierra asomaba como astro rey en el cielo. Al cabo de un rato todo retornaba a la normalidad pero, de repente, como una ruptura empezó a dirimirse en el pavimento que pisaba. Ese asfalto comenzó a arder desprendiendo llamaradas, inocuas sin embargo, pero resplandecientes atisbando un aura sobre el sobrio gris del asfalto.

Me miré como un acto reflejo cuando reflejaba un destello parecido al suelo, nublado en unos tonos azulones como el interior de las llamas o de las estrellas más incandencentes. Daba un paso y todo temblaba en una lluvia meteórica de sensaciones indescriptibles con el lenguaje tan escueto del que disponemos. Excededía la capacidad de entendimiento pero, en el fondo, tenía la certeza de conocer el significado de todo. Todas las percepciones se aunaban en una sola y todo el conjunto de mi visión se fundía en un alegre y esotérico baile con los sonidos de fondo, todavía el ambiente lleno de pintadas discotequeras.

Decidí regresar a casa, descansar y abandonar el resto de la velada nocturna a las almas festivas porque, en mi caso, había acabado hasta el próximo despertar, donde se vería si es que se pudiera distinguir algo coherente. Me acuerdo entonces, del soplo de viveza de las velas de las citas románticas pero también de los rituales furibundos de ultratumba, con llamadas al más allá. Una nevada que refresaca el ambiente hasta la gelidez para el alba. Despertarse con los píes helados y la ventana con gotas blancas cristalinas en los bordes, el campo vestido de luto invernal. Entonces, se funden las imágenes en una sola donde una especie de llamas bebés incendían el campo nevado en medio de sarpullidos rojiblancos, lejos de fanáticos futboleros, más parecido a un campo de minas explotando y salpicando spray brillante entre incoloro y blanco cuando, por encima de las salpiraduras, brotes de fuegos fatuos con el rojo exterior intenso y un oculto ciego azul en el interior adivinándose entre los brillos de los cristales de la nieve saltando.

Llegué al portal. Me apoyé en la pared y sentí una textura inconsistente, agrietada por los años del edificio. Debía subir dos pisos. Los escalones asomaban ser podios de los trinfadores de los campeonatos mundiales. Sujetarme en las paredes evocaba un trene sujeto en las vías pero, cambiado de dimensión, hasta sostener en vías horizontales en el aire. Un ferrocarril atravesando el aire sujeto a dos cables enormes y consistentes a modo de vías a ambos lados. Las manos abrabazan los raíles de una realidad distorsionada en un recorrido ascendente y sinuoso, en caracol.

La estación, al final, después de la carrera ascendente, con tan sólo unos breves descansos en horizontal, terminaban en una especie de garaje oculto tras una puerta de madera gruesa, pálida y regosa al tacto. Casi tan accidentado como los raíles, en mal estado. un tren de los peligros. Ruidos, músicas, luces, fuera de alcance ya. La tímida noche tomó el mando para acallar a un vecindario en el trance del ensueño. En aquel instante, gracias a la llave maestra la locomotora pudo descansar de una noche movida. Agria y complicada, ensimismada en perfios detalles de una realidad desconfiable y desafiante. Todos los pasos se convertían en fuentes de sensaciones en cascada en sinestesia completa con la emergente imaginación y los rincones de la memoria. Un atorre de Babel construida hacia un final incierto. Colmada en la cómoda seguridad de la almohada y en la intriga de un ‘continuará’. Un capítulo en el advenimiento de un alud, de nuevo, entre las montañas refugio del frío, de las llamas de un radiante astro diurno y el mar de las cábalas elucubradas sobre todo cuánto le confierían mis sentidos… existencia. Sinestesia helada y desencanto del ánimo, todos los caminos son insondables a mis ojos. No sé a los demás.

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