Hacia los saltos perfectos

Una de las peores experiencias, que socaban el ánimo hasta hundirlo en la deseperación, se da en las carreras de obstáculos, cuando te topas de mala manera con todos y cada una de las vallas. Cada cual reduce la fuerza, el ímpetu de la carrera hasta desembocar en una caída no literal pero no menos real hacia un precipio agónico de apatía. El vallista dijo al término de levantarse del último choque ‘last mistake, no more mistakes‘*. El semblante cambió drasticamente como es de esperar de la impotencia hacia hacia la concentración y la determinación fuerte a continuar. El problema, es el geist** del error. La incertidumbre de no saber cuando se puede volver a producir, si la dirección tomada es acertada o si, por contra, la propia actitud recta ha sido el siguiente error.

Por eso es peor que la furia de titanes enbravecidos. Los seres míticos urdían batallas entre ellos y contra los mortales cuyas razones obedecían a choques de voluntades. Eran guerras morales, donde el bien y el mal relativo a todos escondía la causa primera de todos los enfrentamientos. No es paradójico pues, que todos hicieran por hacer el bien y sin embargo, como producto de sus intenciones surgiera el mal, al que algunos le llaman, “mal necesario”. El vallista, sin embargo, no se identifica con esta cuestión moral, es menos compleja, más física o visceral. Debe saltar. Punto. Es un imperativo. Es realizar la voluntad, pende de él mismo que lucha contra su talento.

Él no mira por los demás en la carrera porque no depende de ellos. No tiene que interactuar con ellos. No tiene que cruzar la mirada con ellos. Vive solo en la estancia del reto y sólo al final el premio, si lo recibe o no, será cuestión de esos demás. Un desafío individualista al extremo. Un planteameinto simple donde emerge el desafío de la carrera, el desarrollo tedioso donde se pone a prueba la preparación del corredor y un desenlace azaroso donde la recompensa valdrá en función de variables, las cuales no puede controlar. Un final trágico al drama de la machaca de todos los días. De mirar a las vallas y echarles el mal de ojo, apremiando a las piernas a un movimiento que ha de proceder con tal gracilidad hasta fluir como un automatismo, casi como el latir del corazón.

Me centro ahora en la tragedia. La ruptura de la espiral decandente depende de un elemento esencial pero mental y es ¿cuál es la recompensa? ¿Es un premio en forma de copa dorada entregado en lo alto de podio o es mirar las vallas ecuánimes antes los eficaces saltos en carrera más corroborrar con el crono la mejora personal? Los peregrinos de la primera elección sufren de un estrés insaciable salvo en el lugar de ese podio si lo consiguen, piensan en el mal a los demás más que concentrarse en el bien a uno mismo porque ven poco que hacer por ellos mismos. Los determinados por la segunda opción han elegido ignorar al mundo y vertir todo el caudal de energía vital al interior. El premio físico queda como el pronóstico del tiempo, medido en posibilidades. Y es la tragedia. Unos ven la luz en las alturas del Olimpo, otros en el fondo de sus cuevas pero ninguno vence en todos los sentidos, nadie ha conseguido dominar a la bestia, sibilina, guarda una estrecha relación entre el self y ese mundo externo que nos agobia o nos congratula según.

‘Caminante, no hay camino, se hace camino al andar’

Y los saltos, de uno en uno, ejecutados con precisión de reloj suizo cual maquinaria urdida entre detallosos y delicados engranajes, bien engrasados y mimados al máximo. El oro final se escabulle como collar de otro de los vallistas. Se pierde algo. No. En realidad no ha ganado nada. En las porpias manos de uno se relega el papelón de la película: hacer que no ganar sea el triunfo más notable de todos. Transformar la energía negativa en un empujón hacia la perfección porque ya sabéis “la energía ni se crea ni se destruye” y ¡qué causalidad! constamos dela magia con qué transofrmarla y darle sentido.

*Último error, no más errores; **espíritu, identidad

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