No todas las notas son de bienvenida

El viaje en avión iba siendo cómodo y sin problemas -que suele ser cualquier cosa motivo de histeria colectiva- y yo, leyendo una novela que hacía tiempo no echaba el tiempo suficiente hasta encontrar en el viaje la excusa perfecta. El tiempo pasó y debido a la longitud de la distancia por recorrer, de empezar con los ánimos por las nubes del entusiasmo caí hacia los límites de la desesperación porque parecía que las manecillas de mi reloj no esaban girando a la misma velocidad que antes. De hecho, contemple nos segundos más el reloj, afectado por los años en el brillo mate de un dorado reluciente y pomposo. Los pequeños botoncitos de los laterales mostraban un deterioro en su forma, menos redonda y con algunas trazas de suciedad. Viendo el reloj de pulsera era inevitable no advertir la poco lustrosa camisa que llevaba. Hacía buen conjunto pero, sin incómodos parecidos a ciertas personas tan descuidadas, no es que la imagen dada fuera para copar portadas de las revistas de moda.

Al final del viaje llegué al aeropuerto donde tuve la oportunidad de ir al baño a hacer mis necesidades. Por desgracia hubo, como es lo normal, unos espejos delante de los lavabos a los que acudí a lavarme las manos justo al salir del baño. Pude ver un rostro pálido con alguna arruga en la frente, portaba un semblante triste de una madurez ruda, clásica de la gente luchadora, pero eso, en otros tiempos. Yo tenía veinticuatro años. No sufría de ningún signo de la ‘edad’ salvo, hasta ese día, al mirar mi reflejo al término del viaje. No lo entendía pero allí estaba, increíble. Al poco, quedé algo paralizado saliendo con paso tímido de los servicios y mirando hacia los dos lados, como en búsqueda de una explicación. La sensación corporal no era distinta de la normal, o en apariencia. Aun así, me urgía ver a todos los pasajeros del vuelo o, algunos que pudiera ver si acusaban los mismos síntomas de la vejez. Me dediqué a merodear por el aeropuerto pero no todas las caras eran conocidas y muchos de los pasajeros, aun compartiendo el viaje no nos habíamos ni cruzado. Pensé en la relatividad de Einstein y concluí que sí, algo de esto tenía que suceder, sería al revés, hubiera rejuvenecido respecto a los demás pero por el nimio tiempo de viaje y la escasa velocidad relativa del aeroplano se antojaba más que una quimera.

Pregunté si hubo alguna incidencia en el vuelo a un guarda sin nombrar que provenía de allí porque, mentí, me habían llamado con motivo de una emergencia y… la respuesta del guarda fue amable pero rígida ‘ha sido vuelo completamente normal, sin problemas, no se preocupe usted ¿ha sido un niño quién le ha llamado?’ Disimulé ‘Sí, así es. Viajaba solo y es travieso pero con esto de los vuelos… uno siempre contiene los nervios ante la mínima’. El guarda insistió con mirada confianda, isn ocultar nada y, por supuesto, muy buen trabajo si el caso en el que actuaba hubiera sido verídico. La cuestión es: parece todo normal y mi cuerpo no está muy bien, me había pasado una apisonadora de años, incluso el hombre que pregunté se dirigió a mi con la deferencia de una persona más mayor, como si fuera un padre en la carentena.

Dejé de preocuparme por el momento para seguir culminar el viaje llegando hoy al hotel en la ciudad. Cogí un taxi. Las carreteras andaban lejos del núcleo urbano de las comunicaciones eran endiviables, sin apenas atasco en hora punta ¡por cierto! Eché una mirada descreida al reloj enrrollado en mi brazo izquierdo. Todo normal. Le consulté la hora al taxista con el pretexto de mi reloj, del cual sospechaba estaba haciendo de las suyas. El taxista me dijo exacta la hora marcada por el reloj alejando todos los fantasma de la duda pero no de mi cabeza, algo no cuadra. Básicamente a nadie le hace gracia levantarse con unos años de más cuando se está casi en la flor de la vida. No obstante, conservé la calma porque esto, a quien se lo contara, como mucho me trataría como a un loco y se me apuras me señalan donde está la consulta de un psicólogo más cercana. Al llegar a mi destino pagué, todo el viaje transcurrido en silencio, el taxista entedió que las horas de vuelo no son aliciente salvo con algunos parlanchines para comentar la vida de cada uno mientras se sortean el tráfico y los semáforos a cada vuelta de esquina.

Conseguí, sin plano, alcanzar el hotel y entré acto seguido a continuación de divisar su nombre en grandes letras con relieve talladas en la entrada, justo por encima de una puerta rotatoria bien espaciosa y cuidada, por supuesto, las banderas por encima, ocupando los márgenes de las letras del nombre. Una vez en el hall me atendieron de lujo y sin problemas se ofrecieron a ayudarme con el equipaje a transportalo a la tercera planta donde iba a residir un par días mientras el congreso tuviera lugar. Las puertas del ascensor, junto con el botones, se abrieron y escapamos al pasillo principal de la planta en busca de mi habitación reservada. Fue la trescientos once. No hubo que andae mucho. Agredecí al botones el servicio e incluso le saqué del bolsillo una poca propina para quedar bien. La habitación no entrañaba dudas que era digna de ser precio y del ciudado de todo en general. Muy espaciosa, hasta demasiado para uno solo. Pero mejor sobre que falte, o eso dicen. La cama era cómoda al palparla y comprobar su tersa textura. Una mesa escritorio asomaba al fondo de la habitación junto con una sillón de oficina, calco de lo que habría pedido si fuera libre pedir a la carta los accesorios de la habitación. Me acerqué y, al instante, me percaté de una nota amarilla, imitando un post-it pero sin la banda pegajosa y tendida en la parte profunda de la mesa sobre las maderas nobles. Extendí el brazo con cuidado y la acerqué para leerla. Solo una frase ‘¿has visto como pasa el tiempo?’. Me quedé ipso facto hemipléjico con la mirada tirada en la nota. Iba a mirarme al cuarto de baño después, ahora creo que la imagn no iba a cambiar ‘¿¡Qué demonios significa esto!?’ pensé. El espejo, con su reflejo me hundió en una crisis interna irresoluble. Un temblor contagio todos mis miembros hasta que decidí dejar la condenada nota en su lugar, luego avisaría a recepción para inquirir el significado de la misma. Mientras, me acuesto unos minutos aunque sea.

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