La isla donde el contraste toca el límite (El enclave de la magia III)

James Lovecraft esbozó un dibujo con finas líneas remarcadas, rotuladas con a varios colores. Entre las fibras a lapiz se disternían unos huecos en baldíos en lo que, en la lejanía, el dibujo se convertía en una fotografía en negativo. En vez de haber estado marcado bajo los trazos los contornos de las figuras y objetivos del folio, estos fueron abandonados al vacío mientras que los claros en las pinturas normales se manchaban hasta alcanzar la oscuridad total o casi total como si de sombras se tratasen. Retrataba a un hombre, en posición de pensar, algo semejante a los antiguos griegos y las esculturas que de ellos nos han delegado en el tiempo. La mirada se distinguía con una esmancarada melancolía dirigida hacia el horizonte, intentando otear el infinito por detrás de una claridad deslumbrante, obra del contraste de colores donde lo vacío en el dibujo estaba opacado por el rótulo negro mientras que lo lleno se mantenía virgen de toda superposición de color. Un buen dibujo sin duda. Inquietante si se me permite agregar algo.

La casa donde se encontraba James rondaba una colina desierta y asilada de la civilización, solo a lo lejos si se ascendía a lo más alto del cerro podían divisarsen los contornos de los edificios de la ciudad destacando entre las nubes que pobraban habitualmente el cielo en aquella época del año, incluso en plena agonía del invierno. La visión desolada de la casa austera en medio de un haz de arena y gravilla dura, en escalada sin signos de brotes en cientos de metros a la redonda o, ni siquiera, del pasado verano o primavera. El escenario evocaba por la chispa del contraste acentuado con la ciudad donde las calles peatonales circundaban los edificios más altos, dejando algunos aparcamientos en los subterráneos. Los adoquines adornaban con nostalgia los caminos de principales lugares de la villa y el asfalto liso perdía terreno hasta verse marginado a unos reductos secundarios y en las afueras de la ciudad. Todo el centro limpio, frondoso a su alrededor por los inmensos bulevares de espectáculo otoñal y también de flor primaveral, lo siguiente al ocaso de la ventisca invernal.

El pequeño país encarnaba la tradición más pintoresca de toda la Tierra y ocultaba a todos los habitantes del mundo las reliquias de la verdadera belleza natural porque, en un terreno de poco más de una islilla, o dos, la segunda un peñón perdido o una montaña emergiendo sola del mar con vigor y pretensiones de acariciar el gran celeste, se cruzaban todos los parajes imaginables. Como si una muestra pequeña de todos los lugares del mundo hubieran sido recogidos y trasplantados en un recóndito reducto al margen de la mayoría de los mortales. Así se explica el recelo de los conciudadanos de la capital y única población de la isla en recibir visitantes no deseados. Saben que la puerta de desembarco del turismo es el pie pisando la flor, que de vigorosa y orgullosa marchita estéril. La selva salvaba del dióxido de carbono de los ciudadanos y las hojas atraían las nubes de lluvia de abril. Los condimentos de la zona templada del hemisferio norte fueron mezclados con sabiduría, y no sé si a propósito o por el mero azar, en el enclave de la mágica gaia.

Sin embargo, la población sufría de una extraña dolencia, tan frecuente que alcanzaba la denominación de epidemia en toda regla. Casi todos los habitantes de la isla sufrían de trastornos en los sentidos, en todos, la vista, los oídos, incluso el inflalible tacto. No es que no vieran, es que veían a través de un daltonismo intrusivo que coloraba todo el mundo a su antojo, cambiando el rojo por el verde pero también al gusto el azul por el amarillo. Los sonidos retumbaban singulares entre agudos graves y graves agudos, con timbres descoloridos. Algunos habían aquejado de sinestesia, una enfermedad que daba la virtud de ver el mundo en colores, desde los sonidos hasta las percepciones hápticas o el gusto pero el agravio de tener la necesidad de traducir toda esta escala cromática en sílabas inteligibles para poder comunicarse.

Los poetas de la isla recitaban sin miramientos versos desordenados con expresiones intercaladas de notas sin sentido pero, entre ellos, sonreían y se asombraban de las composiciones. Igual que el dibujo de James, el arte de la isla es único. ¿La música? Una nube emborronada en el pentagrama. De súbitos altibajos coronados por estridentes tintes melódicos, confusionismo en paradójicos trazos psicodélicos. Pero el más singular habitante de la isla vive en su pequeña torre, con aires de edad medieval. Lleva una capa siempre, al menos, eso sicen todos los que le han visto y también vuela sobre él la leyenda que no envejece porque ¡hasta los abuelos del pueblo se acuerdan de verlo igual siempre! Todos los que se acercan sufren de sus problemas, sobre todo de la visión, con más fuerza. Para más misterio, y el mismo James lo leyó, un fragmento de un libro en la iglesía hablando de este personaje pero carecemos de todo dato documental de su bautizo o partida de nacimiento. Nada. Por cierto, nadie, ahora que seguro que les pasará por la cabeza. No, no, nadie ha conseguido aproximarse a la torre, siempre queda lejos a píe… Bonita la bahía, el arrecife, la playa, es el punto de llegada de todo excursionista en busca de la torre.

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