El espectáculo ubicuo

El combate tuvo la máxima audiencia en la televisión y en la radio. Los animales de combate llevaban a sugerir imágenes desgarradores pero los espectadores aclamaban con ánimos y euforia la vívida y reñida contienda en la cual ninguno de las dos bestias en el combate parecían que iban a llevarse el gato al agua. Una especie de tigre con los dientes de sable, algo más grande de los tigres convencionales, incluso que los de bengala, con pintas rojas y pardas en todo el cuerpo y, en la cabeza, bañada en un pelaje dorado homogeneo y limitada del resto del cuerpo mediante unas grines como en los caballos pero más abundantes y rodeando toda la circunferencia de lo que sería el cuello. Eso a la izquierda. A la derecha esperaba algo no menos imponente, un basilisco de un tamaño más pequeño que la especie de tigre condecorado con espinas intrincadas en las escamas, con aspecto recio, duro y áspero. De la cabeza surgía un cuerno de rinoceronte puntiagudo. Tenía que rivalizar con las garras del tigre. Por armas naturales ganada de pasada el basilisco mas el tigre hacía uso de una maor agilidad y de un superior tamaño. La sangre de los zarpazos rasgaba las escamas haciendo de ellas barreras vulnerables mientras que no eran menos la heridas que salpicaban el busto del enorme felino, puntiagudas, seguro de las espinas o del cuerno.

La lucha finalizaba con la muerte de alguno de ellos, por tanto, todos íbamos a asistir a la muerte de una de las dos bestias y a una sangría donde la violencia se mostraba en todo su esplendor y sin tapujos. Al cabo de un tiempo, en el escenario de la batalla comenzó a sonar una melodía triste con su toque épico de fondo, irrigando de un ambiente oscuro y peliculero al final del combate cuando los dos, exhaustos, comparecían a dar las últimas gotas de vida por sobrevivir. A bombo y platillo, los golpes se esquivaban o inmediatamente enseñaban una huella en las piel escamosa o en medio del pelaje de alguna de las dos bestias. El último golpe lo asestó el felino con extrema crueldad pese al tambaleante basilisco que, en medio de la conmoción, quizás por las innumerables heridas internas de haber sido arañado con las aceradas zarpas de su contrincante, exhumaba los sones de una muerte inminente y del fin de la contienda. Fue un golpe terrible que aprovechó el tigre al acercarse con velocidad al aturdido basilisco de frente, cruzando la cara con las garras y desfigurando su rostro hasta la ignonimia.

Después de eso, un comentarista sentado en el tribunal enfrente del escenario y distanciado de él por medio de una firme valla transparente pero más que consistente, clamó en voz alta el fin del combate y dio la victoria al oponente del malparado basilisco. Entonces, justo a continuación, desaparecieron los dos animales como por medio de teletransporte. En efecto, los dos eran hologramas, recreaciones ficticias como imágenes sin sustancia física alguna. Los espectadores exclamaban por la victoria, al menos, una parte de ellos, los que a buen seguro apostaron por el vencedor y cobrarían ahora los justos dividendos de las ganancias de la disputada batalla.

De repente, nadie se movió de su lugar al oscurecerse todas las luces en la suerte de estadio dentro de una espcie de cúpula enorme que los envolvía. En unos instantes emanaron de la nada las mismas bestias, limpias de heridas y convertidas en monstruos de carne y hueso que arremetieron contra el indefenso público quebrando los huesos de los desventurados que encontraban sus armas letales naturales clavadas en sus cuerpos. Las alarmas sonaron con fiereza y el pánico cundió entre todos los presentes abandonando la estancia como podían y pasando unos sobre otros si se precisaba. Mientras las dos bestias terminaban un espectáculo tenebroso y altamente sádico de muerte a sangre fría y con el empleo de toda la brutalidad posible, tratando a las víctimas como sacos de arenas, que se vaciaban al contacto con la muerte personificaba que representaban. Por desgracia, un detalle en seguridad falló y nada menos supuso el final uno por uno de todos los presentes al no poder usar las salidas. Habías sido saboteadas sin duda. Después de acabar con la gente de los palcos, huyeron las bestias al interior del estadio corriendo con la misma suerte todas las personas que se agolpaban e intentaban con todas sus fuerzas cruzar las puertas, cerradas a cal y canto. Cientos de cráneos quebrados y cuerpos decapitados, miembros desgarrados y señales de arañazos de profundo corte cruzando de pies a cabeza los cadáveres.

Yo, por mi posición privilegiada en la cabina de retransmisión como espectador invitado, no me vi en problemas y sabía que era inalcanzable desde mi óptica. También podía divisar el interior de una cabina, aparentemente de las autoridades, enfrente, al otro lado de las gradas. Allí algunos parecían estar hablando tranquilos, de píe y rígidos sin mostrar la menor señal de estupor. Dos hombres, vistos por unas lentes con varios aumentos desde mi situación, ataviados con traje y corbata negras esbozaban una sonrisa pérfida. Mientras, el resto de los hombres de la cabina desaparecían detrás justo detrás de los dos antes nombrados como hicieron las bestias en el campo de batalla. A continuación, se esfumaron las dos cabezas visibles de las ‘autoridades’. Un pensamiento absurdo cruzó mi mente estupefacta al momento: “Quizás el verdadero espectáculo no estuvo nunca en el campo de batalla, ni en las gradas después, siempre tuvo lugar en la cabina…”.

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