Huir de la libertad y otras malas soluciones

Salió corriendo como pudo calle abajo hasta llegar, sorteando a la gente con la que se encontraba, atónita, a una pequeña plaza de donde se derivaban varias bocacalles. no tenía mucho tiempo para pensar y las opciones eran varias, demasiadas. Conocía la ciudad pero no lo suficiente, digamos que, no como pez en el agua nadaba por el callejero. Sin embargo, el tiempo era escaso y tomó el camino de la derecha. Le atrajo, quizás, por el recargado e histórico estilo arquitectónico, igual sería la calle menos esperaba como para escapar de sus perguidores. Una iglesia nublaba con su altura el cielo y caída, de ella, una sombra que inundaba casi toda la acera y parte de la calzada. Para no llamar demasiado la atención, siquiera de los transeúntes de allá, intentó no tocar la calzada donde sería visto con mayor facilidad. El problema, cualquiera que se lo encontrara sabría por donde iba en tanto la policía le preguntara.

La calle era más larga de lo aparente, pero al menos la policía se alejaba en un murmullo a sus espaldas, casi con una ventaja kilométrica y con más tiempo para pensar y calcular si hiciera falta. Por suerte, su estado de forma aun le permitía sostener corriendo rápido sin problema y aun creía en agrandar las distancias. Entonces, tomar una bocacalle escondida entre algún edificio alto y un poco rocambolesco a la sombra. Así fue, en la siguiente esquina tomando una calle peatonal más tranquila, en la que entró a paso normal aunque diligente. Posiblemente no le encontrarían hasta dentro de un rato. Es tiempo de ver donde guarnecerse.

Si alguien pregunataba por su delito, su respuesta iba a ser ecuánime “hacer lo que me permitían la leyes vigentes hasta ayer” -eso cuando habían pasado unos cuántos meses pero el tumurio provocado evocaba una sensación en la que los días se sucedían como episodios de una serie de acción e intriga-. El día 8 de abril del 2044 se aprobó abolir una parte de las libertades de los ciudadanos gracias al apoyo popular y, por supuesto, sin remilgos en los políticos para haer caso a un asunto tan convenido para ellos. Pase a que a los abuelos que vivieron en la década de los 2000′ su juventud no tomarían en serio que por iniciativa popular se cercenaran libertades individuales de los ciudadanos, para los habitantes de este extraño futuro no era tan descabellado, aunque sí fue algo primigenio e inédito.

Las ciudades principales de la Europa, de ese antaño Viejo Continente se habían convertido en batiburrillos de rascacielos enormes donde se concentraba una enorme población, estos mismos poseían de casi todos los servicios básicos para los ciudadanos como pequeños ambulatorios, sepermercados y lugares de reacreación para todas las edades. El problema es que el modelo de ciudad-vivienda residía en el nimio detalle de la pertenencia a manos privadas. La crisis de las energías en un mundo tan poblado como el agotamiento de los combustibles fósiles obligó a tomar uno de dos caminos al no existir otra vía de igual eficiencia con que proveer de la energía suficiente al mundo tan superpoblado: eliminar gente, por ejemplo, mediante la limitación en tener hijos o bien ahorro, modos de ciudades, países pensados en el ahorro. Para entonces los Estados europeos brillaban en su Unión con una librtad de mercados orgullosa y expansiva, después de algunas crisis del pasado pero aunque para los abuelos, no sé por qué, denostaban el negocio sucio de las inmobiarias, ahora estaba de moda y con gran pujanza en la economía. Se reestructuró todo, elevaron gigantescos edificios de la nada destruyendo casuchas o, incluso, edificios de dos o tres plantas. Ahí concetraron, con tal del ahorro en transporte y una detallada estrategia logística, todo lo que la gente necesitaba sin salir de su gigante de Rodas particular y moviéndose no en horizontal sino en vertical con los ascensores.

“¡Somos libres!” Cayó en un impopular reclamo de las masas. Los edificios controlaban también el empleo donde el patrón de la community medio obligaba -no por imperativo legal pero sí para tener facilidades en la vida y con el problema de la energía, desplazarse… caro caro- a trabajar en sus empresas o las afincadas en el bloque. En resumen, la popularidad de los libros de la cerril edad media y los historiadores del feudalismo ruso se pusieron de moda. Eso sí, nadie piense lo contrario, nuestra constitución que con tanto aprecio hemos guardado desde el siglo XX seguía siendo la misma y los derechos, todos garantizados.  Pero, sin dilatarme más en esta historia tan controvertida hacia el New Model de los años 30′ y la cultura de la casa-empresa-disco-gimnasio-tiendas (el Todoencasa)… los ciudadanos tuvieron la iniciativa de romper con el principio de la constitución de las libertades individuales  con el fin de poner coto final a la explotación en la práctica y las dificultades para vislumbrar el Sol en las communities. “Buscamos un Estado fuerte y capaz” y “el fin de las communities“.

Así, después de repensar en un breve instante de adrenalina y de descanso todo esto, escuché a los policias detrás mía. Yo, patrón de una community, de un despacho oneroso y pulcro a un curioso señor trajeado corriendo. Reconozco que no es la mejor forma de vivir para los inquilinos de mis bloques pero, con la crisis energética fue una gestión inaudita y genial, una salida de prosperidad al inevitable problema de la escasez. Ahora, perseguido por resistirme ¿Cómo se siente uno cuándo todo se lo quitan? ¿cuándo antes era aplaudido por ser uno de los más incipientes emprendedores y uno de los salvadores de la civilización? Por cierto, no había reparado en lo bonitas de las antiguas partes de las ciudades…

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