Espíritu de un Pueblo hipócrita

– ¡Menuda soberana idiotez! Tenemos que apoyar la Unidad de todo el país porque es lo que nos hace estar donde estamos.

– ¿La unidad de qué? Entre nosotros sólo crecen los problemas y entre todos estamos hundiendo el barco, antes próspero. Lo primero son las personas.

– Creo que no lo entenderás pero con gente como tú, los problemas existen.

Después de eso, el hombre se dio media vuelta y se largo con el ceño fruncido y con cara de pocos amigos. Yukio se quedó sereno dentro de lo que cabe esperar al poco de una discusión y con la cabeza alta, sin escupir indignación. Él sabía que estaba en lo cierto. La imagen plasmada en una bandera había desfigurado la idea de todos del buen vivir y del savoir faire. Seguía cavilando la cuestión. Poco antes se enfrentó de lleno con una crisis materialista “¿Qué es más importante, el valor de las propiedades, de las cosas o el de las personas para el Estado? La respuesta no era nada sencilla por cierto. Los números trataban siempre de contabilizar los bienes, los servicios y también los individuos como meros objetos contables con un valor determinado. Deja atrás el pensamiento de que todo ser humano es un fin en sí mismo, ahora se tornaba la realidad humana como instrumentos de la Nación, de esa maldita bandera que drogaba las mentes de los habitantes. La voluntad del volksgeist era la fuerza radical que sostenía la dirección de todos los engranajes del país por encima de sus deseos y de sus particularidades, trataba a todos como iguales, y los iguales no era susceptibles de tener diferencias -como es lógico- por tanto, podrían ser dirigidos a los mismos fines y tratados como un Todo. No dirigirse a ellos con el pronombre “Tú”, porque “tú” indica la particularidad. Es mejor usar “Vosotros”… Incluso si estudiamos algunos lenguajes como anglosajones como el inglés: el “tú” es igual que “vosotros” y en el alemán, el “él” es igual que “ustedes”. La diferencia es sutil pero el inglés no distingue entre la particularidad y entre las multitudes y se les aplica el mismo trato desde la indiferencia. Los alemanes han sido más sutiles y han hecho coincidir la tercera persona con el pronombre para dirigirse a las masas –Sie– a conciencia de que no tratamos directamente con personas sino con, eso, masas. Ellos sí saben que cuando se dirigen a una persona en particular poseen un pronombre en deferencia de la persona individual como ese “Tú”, en este caso: Du.

El materialismo es claro para el Estado y como institución más representativa tiene delegada en el ejército como instrumento de control, también de poder y por supuesto de jerarquía. La idea del bien vivir trasnfigurada a hacer lo que se mande en pos de una voluntad general, que no reside en la masa, sino en la individualidad que la representa ¡Cuán complicado! Nosotros hemos elegido a los gobernantes y, siendo así, deberíamos atribuirnos la voluntad pero nosotros no hemos propuesto nada de sus acciones, ellos no representan el sentir a lo largo del tiempo sino una elección en un determinado momento entre unas opciones limitadas. Además no cumplen con los programas reflejados y divulgados hasta el día de la elección porque “existen circunstancias cambiantes”, pero esas no son consultadas. Al final, tan sólo hay lugar para un símbolo que representa sobre papel pero no sobre sentir. Y hay que aguantar a los iluminados que definen el bienestar como lo que compranos. En el Mundo Feliz de Huxley todos compraban y se hartaban de consumir, bueno, esto último no, porque estaban condicionados para ese fin.

“Yo quiero ser tratado de “tú” por todos, porque así reconocerán mi individualidad. No soy igual que los demás, ni los demás iguales entre sí. Nosotors podemos tene run Mundo en nuestra bandera pero podemos tener mil Mundos si descubrimos a cada uno de los individuos que habitan bajo la misma bandera”.

“Yo quiero que se reconozca mi voluntad única por encima de todas las demás consideraciones y que no se tenga que postrar ante un fin superior. Me declaro mayor de edad al reconocer mi voluntad como el fin superior en mi vida transcendiendo todo lo demás, igual, reconozco la voluntad con el mismo rango de todos mis congéneres”.

Yukio huyó, en realidad del mundo, camino de su casa. Terminó al margen de la civilización porque, lo que los demás no conocían es que su civilización interna era más avanzada o, simplemente, merecía llamarse de verdad así. Una casa de campo, un terreno para sembrar y ver los frutos crecer de la dedicación y reafirmar la virtud de defender su voluntad, un pequeño corral y unas cuantas armas de caza. El resto se destaba bajo la cascada en silencio roto por el rumor de la caída del agua y los silvidos del viento azotando o cantares de los pájaros. Si una sociedad embotellada en una cadena trófica donde unos se comen a otros habla de igualdad, algo falla: o bien es la práctica de la teoría o bien que se han extraído conclusiones equivocadas de la realidad. Me inclino más a pensar por lo segundo.

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