Libertad über alles

La hemiplejia producida por una insolente fuente de nuevas ideas rompió con el bucólico equilibrio del lugar. Algunos de los inmigrantes, de las bandadas de ellos, estaban contagiando el germen de la nueva visión del mundo. Pasando por encima del pequeño pueblo aislado se hablaba de la unidad, de la justicia y de la libertad de toda una nación, un conjunto de pueblos. Los forasteros estaban levantando a los cuatro vientos, además de la nueva fuerza moral, una enorme nave fabril, unos comercios exuberantes y algunos bloques de edificios anexos al compendio empresarial, hasta la fecha, poco conocidos en la zona. Los habitantes de la zona, por cierto, no pasaban de observar la zozobra de las magnánimes obras y del hollín arrastrado por el viento mientras reflexionaban a duras penas sobre la tríada de los nuevos mandamientos: la unidad, la justicia y la libertad.

Un buen día, la taberna del pueblo se congratuló de presenciar una orquesta pequeña, mejor dicho, un escueto cuarteto de cuerda tocando que, para ellos, merecía ya el nombre de orquesta. Los habitantes se deslumbraron al son de la música y su deleite empujó sin querer a sus mentes al embaucador ideal importado mientras que los culpables de la función se sentaban plácidamente en una mesa especial aparte conversando gentilmente sobre sus negocios e ideas. Entonces, uno de los obreros asistentes del pueblo se les acercó, a la mesa de los burgueses, para felicitarles por traer la prosperidad al pueblo y por traer la nueva buena o el pistoletazo de salida a una época mejor que soñada por todos donde el progreso embriagaba más que el mismísimo alcohol. La respuesta amable de uno de los hombres de la mesa se limitó a sonreír y a contestar con un “gracias” condescendiente.

Después de un tiempo, los lóbregos campos habían perdido la vitalidad de antaño y ésta había sido subducida por la inminente nueva zona de les capitalistes. La población de la zona se había incrementado y las gentes de otros lugares cruzaban por las mismas calles que hacía unos meses eran propiedad sentimental de un pueblo honesto y humilde. La pérdida de la inocencia fue revelado como la nueva clase de biandantes, algunos con trajes elegantes y sombreros explícitos para destacar en la muchedumbre de las fiestas tradicionales. El clima cálido de las reuniones del pueblo se había convertido en un espectáculo frío y calculado donde subsistían dos mundos separados, les capitalistes et les sans-culotte. Mientras tanto, el espectáculo miraba con pena a los últimos, deleitaba a los otros. Se proveía de un sentimiento tan simple como la respuesta a los niños a “¿qué quieres ser de mayor?” cuya respuesta antes sonaba orgullosa “como mi padre” y ahora se confundía con ensoñaciones de niños “como aquellos hombres“.

Lo curioso no era, el recital de la tríada de los preceptos de la nueva religión sino la práctica, tan extravagante en algunos casos. Los besos se habían transformado de un compromiso a representar el orgullo de la Unidad, una garantía de continuar por la descendencia con el tinglado y perpetuar el negocio por la herencia de los siglos. La solidaridad apreciada por todos los compañeros-vecinos del pueblo reconvertida a un papel interpretado por agentes de la ley en forma de justicieros de los antojos de algunos de los escribanos más creativos y, por supuesto, la libertad de levantarse todas las mañanas y disfrutar de un día, bañado entre las obligaciones de un pueril y mimado campo y los placeres del descanso, de los paseos y de contemplar las estrellas de noche en la firma de contratos cuya responsabilidad de cumplir por necesidad eliminaba por completo la suerte del contacto con la naturaleza pero, siempre, se sostenía la libertad de firmar o no.

La imagen totémica de la Libertad über alles servió para los fines más benéficos como para apoyar los más diabólicos, según la antigua moral. Ahora son solo frutos del árbol de la liberad y de las infinitas posibilidades de la mente humana. Si la simplicidad de la rutina tuvo se lesionó de gravedad con el choque contra el muro de la libertad y la justicia proferida a gritos por papeles, las mentes acostumbradas a leer los gestos de sus congéneres tuvieron que adaptarse a las letras pequeñas de los papelorios, algo más complejo aunque algunos, mostraban una inusitada habilidad para desempeñarse delante del papel mejor que delante de la persona. Se veían, los buenos ojos ante coger la pluma y esgrimir una rúbrica bien elegante pero la irascible expresión de los labios expresando los buenos días cada máñana del alba al mediodía. Pero, al final, mejor abracemos el progreso de sobre todas las cosas del dictador de la libertad y unámonos en firmar la justicia de la unidad pacífica entre todos nosotros, tontos y listos, listos y tontos…

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Reflexiones y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s