La quitaesencia de las historias de ficción

No concibo ninguna obra, ya sea novela o película, que no contenga la final su “moraleja” en forma de mensaje moral, espiritual o filosófico, es decir, que no aporte nada más que una solitaria historia. Para mi es un complemento imprescindible para que las buenas historias sean trascendentes, so pena de morir justo a continuación de ser leídas o vistas. En este sentido aprecio la economía de la escasez de las obras, esto es, cuando son escasas, cuando su producción es limitada y dilatada en el tiempo su calidad suele ganar enteros mientras, en contraposición, cuando sucede al contrario, la superabundancia de títulos redunda en una estéril producción con pretensiones mucho más humildes y, a menudo, siquiera dignas de reseña alguna.

Cuando he nombrado la tríada de los requisitos de la historia, recordemos, el contenido moral, espiritual o filosófico, todos, en realidad afines a la misma realidad no es más que una redundancia pues toda historia humana que se precie posee un valor intrínseco de las tres vertientes de contenidos. No hay historia que no señale, aun vagamente, la existencia del bien y del mal (contenido moral), tampoco la hay la cual la personalidad y los rasgos de los personajes queden vacíos de aspiraciones personales, rasgos propios distintivos que los confeccione como únicos (contenido espiritual) y tampoco hay historia con exención de enseñar una forma de pensar y un camino a seguir, más o menos complejo en su contenido como en su continente (contenido filosófico). Claro que, por añadido, han de ser contenidos originales y un poco trascendentes. Una mera representación de la realidad cotidiana sin un elemento rompedor no es motivo de escribir páginas y páginas, mejor queda en los programas del corazón, donde las inmundiacias del mundo cotidiano son aderezadas con un toque morboso, personalmente, insoportable.

Rompiendo el principio de la economía de la escasez de la producción de “cultura” se nos presentan la enorme cantidad de títulos en la actualidad que inundan con impunidad las salas de cine o las librerías comunes. La calidad de la mayoría, por desgracia, de los títulos deja mucho que desear porque retoman la misma historia trillada y la machacan hasta conseguir, como con la uva, zumo de uva pero aun lejos del buen vino. Creo qu eeste símil es significativo y expresa a la perfección que no basa con coger la imaginación, poderla al servicio a unos estereotipos errantes del mundo de la ficción, elaborar una lista de nombres de personajes y un entorno más o menos particular para después articular la misma trama de siempre, con personajes planos e inexpresivos. Sin el reposo ni el tratamiento adecuado no hay buen vino y se deja ver cuando los escritores son exprimidos en una voraz cultura de consumo donde prima la cantidad a la cantidad, se busca pasar el rato y no disfrutar del rato, porque ese “disfrutar” es más elevado y, en ocasiones, más costoso si se trata de un “disfrutar” sincero.

Al final, prefiero ver el primer programa de la tele que pille o jugar a un videojuego a perder el tiempo en la “edificante” lectura de unas novelas áridas y repetitivas hasta herir la inteligencia. Si leer es más costoso que dejar la vista embaucar por los llamativos colores de la televisión o de las ventajas del infinito mundo de internet, ya debe haber una causa de peso para ello y esa causa es precisamente una buena historia, con contenido para degustar por el paladar y hasta para aprender, que sirva como experiencia de vida sin haberla vivida (nada más que en la imginación). Si se presenta una película pues es más de lo mismo. Debido a la longitud media de las mismas (sobre las dos horas) ya puede merecer la pena, que sino me hecho una siesta. Sin sentimiento (algo propio de las historias que añaden condimentos de la tríada de contenidos) no hay metraje válido o merecedor de visionado. Es el coraje de ir al cine y toparse con un bodrio de pies a cabeza del cual sales de la sala, igual, con los oídos petados de ruido y a lo sumo con dolor de espalda porque ésta intentaba escapar de la sala… En definitivas cuentas, estoy en un hartazgo de películas taquilleras y de renombre de muchos efectos y paupérrimo argumento pero también de “best-seller” ofrecidos en los lugares más vistosos de las librerías con el mismo endiablado defecto: hacerte perder el tiempo y el dinero (que no sobra, por lo menos el último).

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