Vuela la conciencia

Cuando Harlan tomó el control de la nave me di cuenta de una cosa. Es curioso, en sí mismo que, en una situación tan alarmante pudiera concebir mis pensamientos de manera tan nítida pero así era, y no se trataba de la primera vez. Mientras tanto, Harlan con cierta acritud por las circunstancias manejó los mandos sustituyendo al notavo de de abordo, el “mimado” por la capitanía de Wolv. Por suerte, las turbulencias cesaron al poco cuando chocaron con la maestría de la experiencia a los mandos de Harlan. Al mismo tiempo, atónito, el “mimado” dedicaba una mirada atenta y temerosa a las maniobras y su ejecución, con un mostro casi paralizado y el cuerpo, entero, de una pieza de museo, quieto y silencioso. Yo seguía, animando de corazón a Harlan pero sumido en una nube nítida de discursos mentales, indescriptible en su plenitud. Soñé despierto en un santiamén con el momento del descontrol, con el fracaso del inefable Harlan al mando y con la imcompetencia del “mimado” sumado a mi desconocimiento del pilotaje interestelar. El desastre se traducía en una muerte fatua e indolora, rápida como la luz. Solté las amarras de mi pesimismo con la siguiente maniobra salvadora de nuestro piloto improvisado para remitir en mi mente el futuro informe el incidente y dar crédito de todo lo pasado en calidad de testigo y tripulante de la nave en pleno derecho.

¡Qué despropósito! Rondaban mi mente imágenes de un próximo futuro, casi impasible o indolente con el trance tan complicado del momento. Fue, cruzando, el desastre del Titanic en mi mente cuando advertí un tímido movimiento en las manos del “mimado”, después un atisbo de respuesta aunque, por supuesto, sin saber muy bien qué decir. Había estado apunto de hacernos pagar con un error la vida de todos. Un precio alto por un puesto el cual, él mismo sabe, desmerece. No ha hecho méritos y su experiencia a los mandos ha hablado hoy por sí sola como testimonio evidente de inmadurez. Entonces reaccioné saltando a la aterradora realidad y dirigiéndome al novato desvariado. Le puse la mano en el hombro a modo de consuelo, aunque he de reconocer que, a la vez de consuelo, también iba con ánimos de sermón de los buenos. No se la iba a perdonar. No me cae bien además. Él se dio la vuelta aludido por mi acercamiento con expresión vacía, quizás aun por el miedo a su error cuando me dirigió un tenue “señor…”. Irrumpí dedicido con tal de demostrar mi autoridad sobre él -aunque no era oficialmente así-, sin embargo, si no es oficial o jerárquica, más bien por entonces se sobreentendía como superioridad moral. Él debía de callar y yo de hablar. Su disposición ya indicaba sumisión y aceptación poco más tarde del shock.

Tercié la cuestión con un “hablaremos de esto con la capitanía en tierra mejor. Por ahora deje al señor Harlan continuar a los mandos”. La respuesta fue convincente para él, que esperaba más rudeza pero, incluso yo me limité. No era el momento. Sin perder el hilo, conecté con el piloto con un breve “¿todo bien?” para comprobar si todo andaba en su justo orden y, así, tranquilizarme por completo. Luego regresé con el discuso que, no había desaparecido, se había, digamos, bajado el volumen mientras hablaba con los demás. Esa voz intrusiva ralentizaba mis reacciones y me volvía torpe en situaciones como esta, aunque no tanto como lo había demostrado el novato de turno. Refresqué un poco la memoria y en esos momentos sin nada que hacer y fuera de peligro reflexioné sobre lo acontecido en base a una nota melódica que acompasaba los sucesos, imagen por imagen en mi mente. Todos bien ordenados. Ahora, de nuevo, cómo comentar esto en la capitanía. El señor Walhust era un perspicaz investigador de todos estos casos de “malas prácticas” e inquiría a modo de interrogatorio policial con cada palabra pronunciada. Su habilidad era digna de mención, también la incomodidad de, hasta para un inocente, enfrentarse cara a cara con él.

Harlan indicó el destino de llegada a tan sólo dos horas con una denotada expresión de alivio. Por poco me evado totalmente en ese instante cuando me dije a mi mismo “reacciona, reacciona”. Un sueño invadía los recobecos más intrincados de mi mente, incapaz de disternir ya cualquier detalle. Pero seguí en píe con esfuerzo oculto, o eso intentaba mientras la cantinela onírica amenzaba mi estatus de “despierto”. Al final, desconozco lo sucedido pero perdí del todo el conocimiento en medio de unas imágenes eidéticas, pasadas con lentitud, en suma, de todo lo transcurrido antes. Un relato en vídeo proyectado, nublando todos los sentidos e inutilizando su funcionamiento. Caí.

Me hallé flotando en el aire de la cabina de control de la nave aun pero con un inquietante detalle: mi cuerpo estaba tendido en el suelo. El señor Geithner, el “mimado” me había recogido para examinarme y comprobar qué me pasaba, como siempre, con timidez y con dudas inherentes a su dilatada inexperiencia. Mis discurso era audible para mi, mis pabaras resonaban con las partículas del aire pero era inacapaz de proferir sonido alguno audible para los demás. Mi conciencia volaba o, igual, mi conciencia se había separado de mi cuerpo. Si se traba de un sueño ya no podía ser más bizarro pero para más inri, de inmediato, verifiqué que no se trataba de un sueño. Era un ente independiente de aquel cuerpo que daba vida a Tim Stern. Seguía bullendo en la sinestesía auditiba de mis pensamientos, cruzados con fugacidad y en tono más o menos alto. Flotaba y mis movimientos fluían con el viento, sin sensación alguna de frío o calor, ni de tacto. No me extraña. Me tentó, entonces, ¿y si me podía entrometer en las mentes de los demás?

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