Agua turbia

A veces nos hemos preguntado sobre los límites del sufrimiento humano y en dónde se halla el umbral del dolor. Para Blosch no hubo elección, en dos días había perdido casi todo y el golpe más duro aun estaba por llegar. Fue como una pedrada en la frente. De repente, su familia murió en un desafortunado accidente, poco después de haber consultado a un curioso sanador conocedor de las artes esotéricas. Al poco, cayó el negocio que sostenía con empeño y con el esfuerzo de varios años. Entonces, cuando no quedaba nada más de él e intentaba por todos los medios seguir con el trabajo, o con cualquiera, con tal de tener algo con que sobrevivir pensaba “No debo caer por muy duras que sean las circunstancias. Ellos no lo hubieran querido. No me sirve de nada, ni a ellos el acompañarlos, en vez de eso, demostraría mi poca fuerza y mi debilidad”. Así, soslayó todos los hechos un poco mientras que su mente cedía en no atormentarle más repitiendo en los sueños la escena de la muerte de sus seres queridos. Tampoco con el estrés de haber perdido el pundonor en el negocio, en estado crítico.

Dejó unos días que al final se convirtieron en unas semanas para visitar al sanador aquel tan sospechoso porque antes iba a reflotar lo hundido, el último de los deseos de un buen capitán de barco. Cierto que la caída algunos de sus proveedores le dejaron al borde de la quiebra y el volumen de negocio decreció ostensiblemente, razón por la cual se vio obligado a echar a algunos de sus empleados quedándose en la empresa solo con tres contándose. Como distribuidor de productos alimenticios dependía de todos sus proveedores pero la cosecha fue pobre, muy pobre y encima recibió un molesto competidor en la comarca. A pesar de ello, tenía parar vivir bien a continuación del batacazo y tiempo para pensar. La estrategia le salió a pedir de boca, aunque expresiones tan optimistas mejor no usarlas por si acaso, que los males se ocultan en cada esquina.

Un día, decidido, se dirigió a la casa del sanador. Se trataba de una casa austera con ladrillo visto y pintura desgastada por los años a la intemperie. La puerta poseía un tocador vistoso que, quizás fuera el único lujo a destacar de todo el exterior. El hombre abrió presto a la llamada y saludó con una sonrisa preguntando qué deseaba. Blosch se sintió incómodo pero rápidamente le dijo que quería hablar sobre un accidente hacía aproximadamente un mes. El sanador contrajo su rostro ante él pero accedió a hablar. Las particulares circunstancias del accidente llamaban mucho la atención. El agua recogida en toda la casa estaba harta de una sustancia venenosa casi incolora. El sanador era la única persona que visitó a su familia antes del accidente, si bien es cierto que no fue de inmediato a su marcha sino dos días más tarde. El sanador tomo idea de las circunstancias pero se limitó a seguir su papel de, propiamente dicho, sanador, lamentando su muerte y ofreciéndose a ayudarle, incluso gratis. Blosch rechazó amablemente el ofrecimiento pero, a continuación, inquirió información sobre si tuviera alguna remota idea de quién pudo hacer tal calamidad y asesinar de esa forma a toda su familia porque él, además, desconocía ‘enemigos’ de la familia. Por lo menos en su conocimiento.

La respuesta fue escueta y parca con un “no”. Pero, lacónicamente, le invitó de nuevo a ser ayudado. Blosch creyó suficiente la conversación que sin pruebas no podía culpar a nadie pero tampoco podía exculparlo y seguía bajo sospecha. Así que salió de allí con dirección a su casa a descansar del día. Al final había fracasado en su misión y las pesquisas con que averiguar las causas del incidente se esfumaban o escondía demasiado bien. En dos días, leyendo sentado en su butaca advirtió la presencia de un sobre en la mesa del comedor. Fue allí y lo abrió con curiosidad. Dentro, se hallaba una carta escrita a mano con detenimiento que decía algo así como que, si quería vivir tendría que obedecer a una extraña fuerza divina… En otro momento hubiera sido tomado a broma pero, con lo pasado no podía permitirse nada de bromas, con el agravante de ¡qué demonios! Habían entrado en su casa y ni se había percatado de ello. Entonces, justo a continuación de ese pensamiento encontró el pánico una víctima débil donde hacer de las suyas. No sabía que hacer. Llevaba más de un mes sufriendo por todo. Su familia, íntegra, desaparecida de la vida por medio de una extraña sustancia en el agua. La cual no había, por lo visto, consumido nadie más en todo el pueblo ni fuera de él. Él, ahora, entre la espada y la pared bajo el dominio de fuerzas ajenas a este mundo o eso se sugería. Estupefacto, contuvo todo movimiento mientras aun sostenía con fuerzas la carta entre sus manos, inmóvil y nervioso al mismo tiempo. Sus pensamientos se transformaron en visiones confusas de todo cuánto esperaba sucederse o imaginaba. Sus palabras de antes le parecieron absurdas: no veía sentido en una vida sometido o en una vida de miedo.

A la mañana siguiente uno de sus empleados lo encontró muerto en su casa. Habían entrado forzando la puerta al verlo, por la ventana después de mucho llamar tendido en los maderos del suelo en estado de perfecta quietud. La causa no se dilucidó hasta que llegaron las autoridades comprobando la presencia de un agua enrarecida en un vaso a medio beber en la mesa del mismo comedor donde leyó la carta, además, el vaso apoyaba la carta debajo de este. Ya no se sabe quién lo mató, en realidad, ni se sabrá. Quizás fuera él mismo y es es la posibilidad más probable así que uno de los sospechosos sería la pérfida incertidumbre y el despiadado horror. Otro de los sospechosos, sólo era un sanador…

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