Ver el vuelo de una mariposa cambia la vida

De vez en cuando me surgen algunas reflexiones un tanto curiosas, sobre todo cuando el tema de psicología leído ha sido más que interesante. Ya no sólo son las respuestas a algunos de los interrogantes más insospechados evocados en algún momento de la vida, o en varios. Se trata de concepciones que adelantan un paso y nos ponen al loro de la realidad en que vivimos. Suponen un avance en la comprensión de algunos de los procesos más elementales de la vida humana y sus peculiaridades, mofándose, casi, como si viéramos un documental sobre nosotros mismos aunque en la imaginación o en la bibliografía del tema.

La psicología del comportamiento la he descrito recientemente en uno de mis blogs “hermanos”, Crítica y filosofía de la ciencia, desde una perspectiva histórica pero también por las consecuencias en la actualidad, en este caso, en la medicina. Los principios filosóficos que motivaron a los pioneros de la investigación de la mente fueron ya ‘condicionados’ por los postulados de algunas de las mentes, precisamente, más influyentes de todos los tiempos. Descartes ha sido reseñado como el fatalista, como un derrotado, desde la síntesis de Inmanuel Kant en la filosofía, su campo original de estudio, como en la psicología donde se adentró en tiempos de la ‘precivilización’ dentro de la ciencia de la psicología. Basta con leer el libro “El error de Descartes” y nos daremos cuenta de la relevancia de este filósofo como su afición por errar también.

Pero sin dilatarme más en prolegómenos frikis presento el tema que nos ocupa en esta ocasión: el aprendizaje. Sí, algo tan elemental como eso -lo advertí-; algo que rara vez se convierte en ocupa de nuestras rumiaciones y ¡menos en objeto de debate público! Bien, no puedo evitar dar una lección previo sobre qué es el aprendizaje, desde un punto de vista, digamos, serio: es la modificación en la comportamiento por medio de la asimilación de la experiencia previa. Y hay dos tipos, herencia de don René: el consciente o declarativo y el aprendizaje de los reflejos. Descartes planteó dos tipos de posibles ‘acciones’, por medio de estímulos externos y de forma automática, en forma de reflejos o bien, sin influencia externa, por medio de la voluntad (el alma para él). En este caso, se ha comprobado como la mayoría del aprendizaje se vale de la primera vía nombrada y la segunda es un complemento más en la vida humana, que la hace humana pero, pero con tanto y sonante, ganan los reflejos.

Ahora, veamos, un error cartesiano es pensar que las respuestas automáticas, reflejas, son fruto de una ‘programación’ previa innata de los humanos -o el resto de los animales-. Lo cierto es que se evidencia cómo las respuestas se condicionan, se aprenden nuevas o se modifican con el tiempo a los mismos estímulos con motivos adaptativos al medio y, al término, para poner vivir mejor. Esos innatismos inmóviles caen por su propio peso, el peso del tiempo en el que fueron formulados. Me hace gracia como el psicólogo -y uno de los estrictos- conductista, E. L. Thorndike dijo que un cangrejo, un mono, y otros animales no se diferencian en intelecto de un bebé. Lo único diferente son los estímulos a los que reaccionan y la capacidad del mismo aprendizaje (velocidad y cantidad) pero la forma o el modo son, sino idénticos, muy muy parecidos. Por cierto, hay quién afirmó que la inteligencia es la capacidad de aprender (Romanes)… sin duda, una interesante definición de un concepto tan controvertido.

Conociendo la modularidad de las conductas y comportamientos, de nuestras respuestas y Dios sabrá de qué más -los conductistas meten todo en el mismo saco casi- pienso: ¿Si tuviéramos la capacidad de almacenar todos los datos de la experiencia de un individuo y el poder de analizar todos los sucesos en la vida podríamos llegar a predecir cómo se comportaría? Sin tanta ciencia ficción: ¿Y si nuestras diferencias son las diferencias de la experiencia? Y de actualidad políticamente correcta: ¿Somos todos iguales pues?

Me imagino a toda una serie de sucesos, acciones en consecuencia o, simplemente, pensamientos suscitados por los acontecimientos: el vuelo de una mariposa podía mover un huracán con, tan sólo, el aire expelido de su tenue aleteo; la misma mariposa que se nos cruza en el bosque y nos obliga a variar la dirección de nuestra atención acaba con cambiar nuestra personalidad en el futuro…

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