El enclave de la magia (I)

Navegando por el mar del Norte, superando una suave bruma vislumbramos a lo lejos una pequeña isla. Al tiempo, nos informó el contramaestre de la pérdida del norte: la brújula y todos los aparatos habían dejado de funcionar. El capitán se mantuvo ecuánime, pero denotando cierto estupor. Diría que estaba ocultando la incertidumbre que le envenenaba sin remedio, aunque era elogiable la firmeza que sostenía su fría mente en píe ante este fenómeno. La verdad, esto ya lo cuento yo, todo resultaba bastante extraño. Las brumas habían pasado como el día da paso a la noche, aunque en un santiamén mientras que en todos nosotros se había inculcado una sin par sensación de carencia, de falta de algo. En la cara de todos se refleja este hecho, entonces, es cuando me percaté de no estar sólo conteniendo esta sensación.

Rápidamente, a petición del capitán nos dirigimos a la isla porque, de alguna forma, los aparatos debían repararse o, por lo menos, de cualquier forma, habíamos de orientarnos para salir de este “atolladero” de los mares. Mi objetivo, como estudioso de la expedición, era desentrañar algunos de los misterios de los mares, en realidad, descubrir nuevas especies de vida animal o formaciones de roca y minerales útiles para el Reino. Si el motivo mío era el simple pero alentador conocimiento, el de mis superiores se limitaba al interés, apoyados por los capitalistas, mano derecha de los ministros del Estado. Este cúmulo de vicisitudes, por tanto, no hizo más que medrar en mi el ansia por el conocimiento, sintiendo el latido de la aventura como si ésta, en sí, tuviera vida propia.

Más o menos con tiempo nos adentrábamos en las inmediaciones de la isla. Nos acercábamos a una pequeña bahía, plácida y decorada con unas aguas cristalinas al rubor de las gaviotas sobrevolando la embarcación. En los laterales del golfo unos peñones cercaban el magnífico paraje y hacían del lugar casi un bote hermético. Las formaciones no eran muy abruptas pero tampoco lisas destacando el atrayente brillo de algunas de rocas, disfrazadas de gemas preciosas y obnubilando a la tripulación sin dar crédito a los sentidos. Poco a poco, la costa se acercaba y ya algunos de los marineros preparaban los botes para alcanzar la costa. La arena de la playa atisbaba un paraíso áureo. Las fina arena inundaba la vista con el fuerte color oro y un esplendor poco común. Después de coger los botes y proseguir hasta encallar en la orilla y dar por concluido el desembarco. El capitán, consciente de la extrañeza de todo aquello, no tuvo reparos en enviar un grupo de hombres, donde me incluía a indagar por la zona, a ver si encontrábamos algo, ya no sólo útil sino por mor a la investigación. Mientras, todos los demás, aguardaban revisando los instrumentos e intentando poner orden en un enclave fuera de todo lo conocido.

La verdad es que no habíamos sido los únicos en la historia en ahondar por estas latitudes pero jamás nadie había descrito algo como lo que teníamos la increíble oportunidad de disfrutar. Los árboles, más adentro, de la isla, dejaban observar con asombro hojas afiladas y azulonas. Los troncos fuertes y robustos también sorprendían por su textura casi totalmente lisa enarbolando en la copa un sinfín de ramas finas con término en azules hojas. Yo no podía contestar a las preguntas de mis acompañantes, todos veteranos lobos de mar pero, a pesar de su dilatada experiencia, incrédulos e ignorantes ante el espectáculo natural que presenciábamos. Examiné algunas de las plantas con sus hojas azules y toqué con temor los troncos comprobando la suavidad de su superficie. Todo fue con paciencia y con tiento hasta que, de repente, un ruido, más parecido a una voz alteró la tranquilidad de todos nosotros. Miramos pues, a todos los lados, hasta que, de improviso, nos topamos con un hombre ataviado con una túnica negra reluciente. Su cara avisaba al mismo tiempo de amabilidad y de descontento. La perplejidad inicial se rompió con la leve señal de los labios del hombre pronunciando las primeras palabras.

– Bienvenidos a la isla. – Contrajo la expresión con expresa serenidad y continuó ecuánime a nuestras miradas – Han podido llegar gracias a mi. Yo mismo me he encargado de haceros visible la isla y, de paso, atraeros. Pero antes de dar más explicaciones creo que sería descortés no presentarse. Me llamo Akkarin y soy el señor de la isla que ustedes están pisando.

La recta mirada asustaba a la vez que invitaba a entablar conversación. Miré a los demás de soslayo comprobando su parálisis y asombro con lo que, envalentonado cogí el valor suficiente para dirigirle la palabra – Yo soy Lance, profesor e investigador de la expedición del capitán… – Me interrumpió diciendo “capitán Knight, lo sé”. Disimulé entonces mi sorpresa para continuar con la evidente pregunta – ¿Cómo sabe usted eso? – Su respuesta se postergó a lo largo de un silencio incómodo hasta que decidió romper el silencio – Precisamente sé quienes son ustedes y por eso han podido encontrarme, comprendan que no es casual sino intencionado por mi parte. Pero déjenme que les explique por favor. Esta isla se mueve por la magia, no está sujeta a las leyes que vuestra ciencia ha descrito hasta ahora y, por ende, puede ser invisible depende de para quién, incluso intangible. Yo me dedico aquí al desarrollo de la magia, quizás, al igual que usted, profesor, análogamente a la ciencia. Vivo en solitario como es común en mi profesión y vago por los mares del norte donde me es más agradable la estancia. Simplemente, están más libres de gente y prefiero el frío a la calidez de los trópicos. Les he traído aquí para que sean testigos de una realidad tan verdadera como la suya pues, para que lo entiendan, mis superiores han decidido extender el mundo de la magia al mundo no mágico o physia como lo conocemos nosotros. Todo el paisaje que han contemplado hasta ahora es fruto de la transgresión de la magia a la materia ordinaria tallada por mi. Tengan la bondad de acompañarme. Tengo muchas cosas que mostrarles y seguro que llamarán su atención.

Después de la última palabra todos fuimos teletransportados a una amplia estancia al margen de todo el bosque y de la costa conocida de la isla. Un folio a modo de pizarra destacaba en la pared principal, al lado, un escritorio en madera lisa, suave y parda, idéntica a la de los árboles derredor. El resto rezumaba austeridad y la luminosidad era exigua sino es por la existencia de unas especie velas, aunque redondas, fijadas a la parte alta de las paredes en piedra-gema. Akkarin presidía el habitáculo delante de la pizarra mientras con un estilístico movimiento de su mano arrancaba de la nada colores y formas en la pizarra o las hacía esfumarse a voluntad (continuará).

 

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