Y de la unidad, la pluralidad y del plural, el singular

Ya estamos en la Semana Santa y, la menos por aquí, las nubes se avecinan amenazantes mezclándose por la devoción por las procesiones al tiempo que, por otro lado, otros claman a los cielos por ese bien tan preciado que sólo se echa en falta cuando se alarma de su escasez. La paradoja de todos los años, o la curiosidad, depende de por donde se mire. Llueve en estas fechas para, en tierras tan áridas como Almería, dejar su impronta por meses hasta el ocaso del período estival. Esperemos un goce de generosidad de las nubes y, a la vez, pese a que mi, personalmente, no me gusten, los amantes de las procesiones las disfruten.

Con todo, es seguro que en las noticias habrá hueco a las infructuosas manifestaciones laicas tradicionales también de estas fechas y, también, tachadas de intolerantes y hasta condenadas a las clandestinidad por el sumo ayuntamiento de Madrid entre otros. Es interesante observar como los ánimos democráticos son apagados cuando se erigen tan elevados como para tocar los tópicos de la moral, o de las morales. Porque el concepto de tolerancia admite una relatividad perniciosa, con tufo a no saber, en verdad, qué se está denominando con este fino vocablo. La pluralidad es, sin embargo, un término con menos cabida en el acervo popular, quizás porque deja claro, desde que se pronuncian sus sílabas indicando la diversidad de las opciones y, por tanto, la necesidad de la elección, harto complicado por el tremendo riesgo al error.

Yo hablo de pluralidad de pensamiento, de ideas o de creencias, me da igual, también es plural los epítetos y sustantivos subsiguientes a mi querido término. Rechazo de pleno a la palabreja tolerancia porque es la más insoportable de todas las palabras políticamente correctas y yo odio, declaradamente las expresiones políticamente correctas, es decir, las que nacen o adquieren ese defecto. Pero el lector, después de mi demostración lingüística “facha” se preguntará sobre mis razones y, tiene suerte, porque no le dejaré en ascuas. La pluralidad o pluralismo designa la variedad, una realidad. Si dices a cualquiera la expresión “pluralidad de… (lo que sea)” entiende la referencia a una realidad clara donde coexiste una diversidad, una amplitud de caminos o de perspectivas mientras que el sobrio término tolerancia brilla por lo parco de su poder evocador. Al final, se trata de una palabra “cool” en un ambiente educado y correcto, donde se queda bien con todos ya que, digamos, “se soporta” la divergencia de intereses, ideas o lo que sea con las diferentes personas ¡Ojo! “Se soporta”, no quiere decir que la deseemos, sino que la dejamos estar, convivimos con esa ¿triste realidad? de que no todos piensen como yo ¿no?

Dejé una idea de inevitable tratamiento, no médico sino discursivo, la idea de la elección, por cierto, ligada a la libertad ¡Uff! Con tal carga terminológica no terminaré nunca de escribir este pequeño artículo pero intentaré hacer breve lo que, por naturaleza, es interminable. Siendo sintéticos. La primera idea es el miedo a la elección ¿por qué? Por el riesgo a la equivocación. No es lo mismo la sociedad religiosa, por ejemplo, católica como ha sido por tradición en España donde todos (o casi) eran confesos creyentes fervientes oradores. En ese ambiente el camino está despejado y no se admite la duda a la Verdad. Preguntes a quién preguntes todos saben lo que es “bueno” y lo que es “malo”, lo correcto y lo no tan correcto. Así como cómo vivir está esclarecido de forma innata por medio de la primera socialización, no nos enfrentamos al diablo de la elección, básicamente la disyuntiva es castigada como impura por tus iguales e inquisidoramente por la sociedad. Pero en la sociedad donde nada es seguro y se nada en arenas movedizas. Tener el sano temor a que tu creencia sea falsa, gracias a la existencia de modos de vida e ideales distintos complica las cosas. Tenemos la opción de aferrarnos a la Verdad (la que consideremos) y tolerar las demás (por mor a la convivencia, para nuestros adentros los demás están equivocados) y así de buen señor podemos vivir o bien podemos amar la pluralidad y no sólo concederle rango de realidad social, auparla a ser el ideal, rechazando el pensamiento único como el fin de toda relación humana ¿Para qué hablar con el gemelo de mente que sabe igual que tú? Gasto de saliva.

Buscando en los entresijos de las llanas e inofensivas palabras tiradas en el cajón de lo políticamente correcto nos encontramos con una magnífica fuente de confusión, honda, en un pozo sin fondos donde todo es opinable y donde todos van de traje y corbata. Todos a bien y los dilemas sin resolver. La pluralidad hermética, el último de los artificios de la sociedad cerrílmente encaramada a su Verdad. Es decir, poner de manifiesto tener ideas diferentes, exponerlas, respetar o tolerar las demás pero no intentar llegar a acuerdos con uso de la razón, en vez de eso, tratar de imponer sibilinamente y por omisión ¡Ya no me conformo con el reconocimiento de la pluralidad! Pido más o pido mucho. Quiero que se desee la divergencia, la diferencia, el detalle único de todos y encima se intente, en los temas donde todos estamos implicados llegar a la convergencia pacífica (lo que en lenguaje vulgar democrático se llama “no a la dictadura de las mayorías”).

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