Esfera vestigio de una civilización atemporal

Las etéreas imágenes se mostraban de manera inequívoca, sin truco ni cartón en las diapositivas con la incólume firmeza del proyector en medio de la sala. Mi amigo Carlos había hecho una recopilación de montañas de material sobre lo que fueron unas fotografías hechas hace siglos y, de hecho, el aparato de proyección no era más que un vestigio de aquellos tiempos, quizás un poco posterior pero no andaba lejos. De este modo la exposición cobraba un grado de notoriedad superior y con un valor histórico fácilmente observable. Poco después de las diapositivas paramos a comentar en otro lugar más, como decirlo, normalito, a comentarlo mientras tomábamos algo de comer y una eventual bebida de acompañamiento. Carlos estaba convencido de la veracidad de los documentos y, por tanto, de su validez pero yo me reservaba un poco antes de precipitarme y darle la razón aunque muchas reliquias de culturas hundidas en las arenas del tiempo habían coincidido con la existencia de aquellas bestias, aunque no sé si es correcto llamarlas así.

Más tarde, quise seguir curioseando por el museo, pero no la sala o las salas de exposiciones audiovisuales sino las antiquísimas exposiciones físicas de los objetivos. Claro que, con la ventaja mía de poder “colarme” por donde quisiera del museo al ser miembro del personal autorizado, no tuve más problema en ver de primer mano, sin pantalla de por medio, los objetivos-reliquia de aquellos tiempos y objetivos también de la propia investigación. Mi colega estaba, sin embargo, descansando en su casa o no sé si habría salido a alguna parte aunque lo veo extraño conociéndolo y sabiendo el tiempo trabajando en este proyecto con tanta dedicación todos los días anteriores en horarios poco humanos. De repente, mientras pensaba, divisé una figura que me atrajo la atención del mismo modo que un imán y un trozo de hierro. Se trataba de una bola pequeña y perfecta en todos sus contornos con la excepción de una franja hendida recorriendo lo que sería su ecuador con centro, en uno de los lados en una circunferencia inscrita con el mismo grosor de la hendidura del medio. El color del hemisferio superior asemejaba a un rojo pobre, quizás decolorado por el tiempo mientras, por debajo, dejaba ver un blanco sucio. La textura bien aparentaba ser metálica o de algún tipo de rígido plástico. Algún polímero sintético con la tecnología de antaño. Fíjense, hablamos de hace nada menos que un milenio aproximadamente. Sabemos de la involución de civilización desde aquellos años hasta, por lo menos, el año doscientos de nuestra era. Es más, el tiempo tal como lo contabilizamos en la actualidad tiene su comienzo en esa edad de la decadencia, justo al término de la fecha aducida perteneciente a estos raros restos arqueológicos. La miseria de los años doscientos a, más o menos, quinientos contrasta con la presumible riqueza y esplendor de una civilización global de las fechas previas.

Sin desviarme ni divagar, examiné con más detenimiento el objeto, por tanto, cogí unos guantes de látex y lo tomé en las manos con sumo cuidado pese a confiar en su rigidez. Al principio noté que su peso no correspondía con el tamaño y el material, fue la primera impresión. Pesaba no más que un folio convencional o que una página de tomar notas de bolsillo. Tenté a volarlo y después, a su caída recogerlo en el aire con mi mano pero se me antojaba como un atrevimiento con este tipo de objetos tan valiosos. No obstante, los deseos y la curiosidad me ganaron aplastántemente. Al soltarlo al aire, impulsándolo hacia arriba con moderada fuerza, de repente, todo desapareció. Se nublo la vista de tal forma que  la oscuridad se hizo reina de todo mi entorno mientras que una sensación de desorientación me inundaba, leve, quizás por el susto pero tan consistente que apremiaba a provocar mi desesperación. Entonces intenté gritar por si alguien me podía oír, a la desesperada sin escuchar, pero no respuesta, es que ni mi propia voz. Ni bajo ni alto, la voz no brotaba de mi garganta a pesar de mi enconado esfuerzo o, igual que la traición de mi vista, mis oídos también habían optado por desertar.

No sé cuánto tiempo pasó porque, al final, terminé por perder el sentido y la noción de todo lo que me rodeaba. Pero, en un instante de conciencia, la luz llamó a la puerta y con un brillo encandilante, al abrir los ojos me encontraba en un llamo, una pradera verde con hierbas bajas pero densas. Típica de latitudes de medias en la parte interior, muy alejado de donde yo provenía donde el Sol bañaba la costa durante los días de estío sin temor a represalias de las nubes ni de los fríos ciclones. Me fijé que tenía a mi lado, justo de espaldas, a un niño vestido de la época arcaica con una camiseta lisa blanca, unos pantalones vaqueros azules con esa textura curiosa rugosa y descuidada. El pelo, al descubierto, enseñando una pequeña melena morena bien cuidada por lo que se ve y, en la cara, mostrando una agradable sonrisa. Yo, entonces, con cara de pasmarote sin remedio y con los ojos como platos intentando, como si fueran una brújula, encontrar el norte de mi mundo. No tardó mucho tiempo el niño en pronunciar unas palabras, las cuales comprendí sin esfuerzo pues se encontraban en el mismo idioma nativo con el único agravio del acento. Me dijo con una amplia sonrisa “Te he pillado” a lo que, sin respuesta, esperé unos segundos eternos apremiando a que continuara y me sacara del estado de delirium. Continuó “Bienvenido. Antes de nada, tranquilo que explicaré todo pero déjame que me presente, me llamo Sha”.

A continuación me contó con detalle y de forma inteligible a un lego como yo dónde estaba, extasiado del milagro de haber retrocedido mil años o más en el tiempo y haber viajado a la civilización de aquellos años. Lo malo de todo es que me olvidara de mi mundo, había acabado para mi, me habían capturado y sería un predilecto esclavo por mis conocimientos al mando de un niño, el cual poseía en su poder y encerrados en la esotérica bola otros cinco. Lo único que acierto a averiguar es que sé cómo la civilización de aquellos años tuvo tal auge y nivel tecnológico… Una lágrima en uno de mis “encierros” para despedirme para siempre de mi mundo. Sin embargo, un día de descanso, saciando Sha mi innata curiosidad me dijo que en verdad me equivocaba, no eran mil años de antigüedad, porque el tiempo no cruza este mundo como el mío de origen, se trata de un bucle cíclico de unos mil años, eso sí, hasta el infinito. Estoy en la madriguera del conejo blanco.

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