La dualidad, de la persona que actúa

Y puede que ni aun así: en plena polémica por los suicidios de Foxconn, uno de sus principales clientes anunciaba ingresos récord: un 80% más que en el mismo trimestre que el año anterior. No parece que a los consumidores les importe en exceso dónde se fabrican su ropa o sus cacharros. Como indicaban en el Huffington Post (al recordar que a Camboya se le impusieron ciertos mínimos laborales si querían exportar su ropa a Estados Unidos), es la política internacional la que marca la diferencia, no las decisiones de los consumidores; la cultura de la fast-fashion es bastante secundaria frente a este hecho.

Me van a permitir dejar al final de dónde saco esto y con qué tiene este fragmento de artículo que ver. Hay razones para ello como verán en adelante. Lo que voy a tratar es el tema del comportamiento del consumidor, de cualquiera (por favor, dese por aludido). Cuando se habla de la explotación laboral en los países del tercer mundo y en vías de desarrollo, siempre hay un “listo” que señala que eres libre de no comprar aquellos productos que contienen una carga inmoral por el trato a las personas en el proceso de fabricación, al medio ambiente u otros asuntos del estilo. En coherencia, si los compras también adquieres el papel de cómplice del explotador, maltratador, contaminador, o lo que sea. Mi pregunta es: ¿Tiene esto sentido, es sólo una excusa para obviar el tema de la explotación atacando al otro o presentando el escenario donde realmente la gente de verdad quiere a esas personas explotadas…?

Adelanto, mi conclusión no sale del todo de la ambigüedad, no va a conceder una regla mágica que separe con permanente la frontera del bien y del mal; pero aspiro a aclarar estas cosas o al menos a introducir en las discusiones argumentos distintos para no aburrir. Vamos allá.

Los primeros problemas son epistemológicos (sobre el saber), tal como “¿cómo podemos saber que realmente en la fábrica concreta los trabajadores estaban en una situación denigrante?”. Por más que se diga que proviene el producto de China, de Camboya o de Filipinas, no todos los sitios son iguales. Si buscan verán que hay hasta documentales exponiendo las oportunidades que las grandes empresas están abriendo en la población local, liberando del trabajo del campo, o cómo los salarios han ido subiendo con el tiempo, como se puede consultar en los organismos internacionales. Una pregunta cuya respuesta es más complicada aún de conocer es “¿qué pasaría si nadie comprara esos productos?”. Algunas derivadas: “¿En qué estarían empleados?”, “¿habría gente en nuestro país que por producir esos bienes ya no podrían emplearse en otros bienes más desarrollados, avanzados, tecnológicos o incluso dedicados al ocio?”.

Establecidas nuestras limitaciones, cabe entrar en el terreno de la ética, es decir, hablar sobre lo que debemos de hacer. Si no tenemos una certeza sobre la pregunta antes formulada “¿qué pasaría si nadie comprara esos productos?”, difícilmente podremos determinar qué hacer con juicio. Ya no se trata si sacrificar el bienestar de nuestro bolsillo por productos más caros pero no fabricados son sangre, sino que, directamente, carecemos de la información necesaria para poder afirmar ninguna consecuencia de la acción. Salvo una, que probablemente nos compliquemos la vida más si decidimos mirar todas las etiquetas, comprobar todos los países y encima gastar más tiempo y dinero para adquirir unos productos de uso cotidiano.

Las últimas consideraciones… La naturaleza del problema es colectiva, no individual. A título personal uno puede comprar en su ignorancia (y por más que se informe sigue siendo difícil conocer certezas sobre lo concreto: me compro esta camisa o no), y al mismo tiempo, se puede ser activamente un opositor a las prácticas abusivas de empresas y gobiernos. El rótulo del artículo incluye la palabra “dualidad”: a esta me refiero. Actuamos a dos bandas, por un lado, somos “uno”, buscamos hacer nuestra vida más fácil y enriquecedora, y tenemos limitaciones. Por otro, tenemos un vínculo con la sociedad tras el título de “ciudadano”, que confiere la dimensión social y política al individuo. Aquí es donde podemos participar en el debate sobre qué hacer, votar o participar activamente en organizaciones.

En el párrafo que he sacado del artículo original (ahora sí dejo la fuente) se habla de la despreocupación del consumidor por estas cuestiones y, como consumidor, en general (siempre podemos hablar de casos), hace bien. Sin embargo, no se debe extender al ciudadano, que también en general es sensible a estos sucesos. Es la política la que puede cambiar las cosas porque la política usa la coacción, obliga, presiona colectivamente, y no actúa en conciencia de cada cual y al aire de sus apetencias. Por tanto, la acción es más fácil tomarla en la política internacional, con el uso de la diplomacia, y con la legislación en el interior de cada país.

Epílogo: the dark side

¿Qué pasa con el tipo que argumenta que eres libre de comprar o no, que es cosa de cada cual, que es responsabilidad tuya como consumidor, etc.? Muy sencillo, usted no es cómplice si compra de la explotación (en principio) aunque efectivamente es libre de comprar lo que plazca; pero estas personas si son cómplices de la indiferencia ante los límites morales y jurídicos ante los demás. Si hablamos que…

  1. En un país hay explotación laboral, contaminación a espuertas, cero regulaciones en X cuestión.
  2. Estas personas argumentan que apoyarles o no es cuestión individual, de actos individuales voluntarios, tal como comprar o no comprar algo a juicio de cada cual.
  3. Estas personas, si son coherentes, deberán reconocer que sus propios derechos como los de sus conciudadanos también deben depender de la opinión sobre qué comprar de los demás.

Resumen: normalmente sin ser consciente, estas personas defienden el mercadeo de los derechos y la moralidad, por tanto… Deduzca usted mismo.

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Eres el ser humano de la edad media

A veces me asombra la prepotencia moderna usual basada en una intuición torpe, a saber, que nuestro progreso, dicho por la «gente de bien» actual, es debido a nuestra racionalidad; y que, por otra parte, todo lo demás fue fruto de la ignorancia, de la brutalidad, de poco más que seres inferiores o desgraciados sencillamente por no se sabe muy bien qué cosas, igual por la opresión, así, sin más, o posiblemente por el estrés de la necesidad. Lo cierto es que la falta de lecturas de muchos campos de ciencias sociales y de la historia anula la posibilidad de contemplar otra visión bastante distinta de esto mismo: que eres el hombre o mujer de la edad media, que genéticamente nada cambia, tu cerebro es igual, de semejante tamaño y complejidad. Si el ser humano ha sido capaz de adherirse a fanatismos religiosos, recluirse en monasterios, aceptar y aplicar torturas, lanzarse en guerras como noble de ganarse la vida en vez de con el trabajo, la familia estable y la vida tranquila, es porque, probablemente, tú, en otras circunstancias, pudieras hacer lo mismo por más extraño que parezca. El cerebro es muy plástico y está básicamente diseñado para la adaptación social —como los que dicen que el medio ambiente del ser humano es la cultura—, tanto que en experimentos de neurociencia se ha comprobado como el funcionamiento del cerebro normal cuando se está en soledad asemeja más al funcionamiento cuando se está en una actividad social que cuando, por ejemplo, se realizan ejercicios de lógica y matemáticas.

A mediados de siglo XX se lanzaron dos bombas nucleares y posteriormente se siguió en una guerra fría y una carrera armamentística. Desde luego, ya ese ejemplo de hombres y mujeres de la época, no nos puede ser ajeno pero objetivamente ni siquiera se diferencia de los humanos que vivieron en el paleolítico. La psicología ha descubierto el sinfín de sesgos que cometemos habitualmente, y por razones sociales y adaptativas, en nuestros razonamientos. Howard Gardner descubrió experimentalmente que lejos del ámbito donde somos «buenos», donde hayamos estudiado o trabajado, los razonamientos son semejantes a los intuitivos de los niños chicos. Un ingeniero, un químico, fuera de sus campos lo más probable es que no razonen mejor que cualquiera apenas sin estudios. Así que sin haber leído y reflexionado —los dos necesariamente porque reflexionar sin información ni teorías es perder el tiempo y, como mucho, una loa a nuestro ego— lo más probable es que nos encontremos en ese escenario de «creer saber», de creernos racionales, «de bien», incapaces de algunas cosas. La verdad, nos sobra evidencia para responder con una condescendiente negativa a todo eso. Tan hábiles somos —esto es un elogio, sí— encontrando razones para las cosas que pueden interesar, incluso inconscientemente, que se puede afirmar, en principio, que «todo es posible» en uno, y que sólo faltan detonantes sociales, ambientales, culturales, eventos vitales relevantes o lo que sea, para que decida salir a la luz. No hablo de la maldad, sino de cualquier cambio inesperado. Para aumentar las sospechas es común que el grueso de los sujetos que experimentan estos cambios apenas se den cuenta de ellos, ni sean capaces de ver nítidamente tales cambios en la opinión y pensamiento.

Todas estas son razones por las que en mi opinión debemos preocuparnos de preservar los valores culturales relevantes para conservar aquello que apreciamos porque son los que nos configuran. No son nada abstracto, son las acciones de cada día donde se expresan y evidencian. Quizás todo el mundo, sobre todo si se cree muy racional, debería probar a leer algo que pusiera en tela de juicio estos supuestos. ¿O acaso cree que no tiene creencias ni convicciones? ¿Acaso cree que todo es fruto de una especie de experiencia empírica fiable y formalizada en leyes universales? Para esto: se plantea uno su futuro en términos de investigaciones científicas, las relaciones con los demás, las posiciones políticas, los gustos, el ocio, etc. Evidentemente no, pero es lo que más nos hace ser como somos. No es irracional, solamente no se mide bajo la batuta de la racionalidad, y menos de un tipo concreto de racionalidad al que hemos aludido. En fin, eres el ser humano que vivió en la edad media, en las guerras mundiales, el mismo que terroristas, monjes, políticos, reyes antiguos, predicadores de la religión verdadera, conspicuos conspiradores del poder, participantes en intrigas palaciegas, asesinos a sueldo, mendigos, banqueros embaucadores, etc.

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El conductismo como solución al dualismo símbolo-física

El término conductismo es polémico y habitualmente mal entendido. La razón es que suele atribuirse a las bases fijadas por Watson a principios de siglo XX cuando aún la investigación psicológica siquiera desde este enfoque existía. Por otra parte, el enfoque de Watson influido por el positivismo lógico y, por añadido, por un interés desmedido por la metodología y alejarse de los intentos relativamente yermos de la psicología europea de brotar como ciencia «seria», fue más una declaración de intenciones que la apertura a una nueva ciencia. No obstante, el enfoque estímulo-respuesta ha sido el triunfador con la revolución cognitiva debido a que esta ciencia estudia el comportamiento sobre aquella misma base y con la sola inclusión de constructos hipotéticos internos de carácter mental. Por lo demás, lo visible y empírico es estímulo-respuesta. Al conductismo al que me referiré es el más elaborado y mejor tematizado en sus términos y dominio de investigación: conductismo radical, contextualismo, incluso el interconductismo, según autores.

El éxito teórico de este enfoque es conceder a las consecuencias ambientales el papel regulador de las funciones de la conducta del organismo. Establece la investigación sin recurrir a entidades invisibles con poder causal debido a que los «refuerzos» se definen de forma funcional y pragmática como aquel evento que aumenta la probabilidad de la conducta. Dada esta definición es fácil evaluar empíricamente qué es y qué no es refuerzo. Aún más, evita caer en naturalizaciones como «la comida es un reforzador» porque incluso estas afirmaciones con un poco de perspicacia se desmontan: ofrecer a un sujeto lleno de comida más comida puede ser hasta aversivo. Aquí atendemos a la funcionalidad y a la relación dialéctica individuo-ambiente/sociedad. ¿Pero qué papel tiene en la solución al problema del dualismo de los mundos simbólico y físico? Para un conductista (filosófico) el símbolo es una un tipo de consecuencia incluida en una clase de conductas más amplia (conductas verbales…) y cuya función es controlada por otros individuos de la especie (la sociedad). De modo intuitivo: a la petición «me puede dar un vaso de agua» si le sigue que al individuo al que se dirige sirve un vaso de agua, la conducta del mensaje es reforzada y validado el significado que todo el mundo conoce de la frase. Es absurdo plantear alguna expresión (que pretenda ser significativa) que en última instancia no tenga alguna consecuencia experimentable e identificable. Una propiedad abstracta en apariencia como la conmutación de dos sumandos se resuelve en la comprobación de 1) que 2+3 y 3+2 ofrecen la misma consecuencia reforzante (resultado), 5; y 2) la alteración del orden con semejante resultado es discriminable de otras propiedades abstractas, que se hallan por medio de otras conductas y/o suponen una alteración de las operaciones con los ítems en juego.

En suma, la virtud para mi del conductismo filosóficamente hablando es entender que los símbolos y los contenidos mentales (muchas veces igualados) no pertenecen a otro mundo ni se salen de los condicionantes y leyes del mundo físico. Nuestras reflexiones son parte de este mundo y toda expresión que busque tener significado necesita de una validación intersubjetiva, esto es, a través de su comprensión compartida a raíz de las consecuencias experimentables y visibles públicamente. Psicológicamente es distinto, permite, es cierto, poner una base bien conformada para experimentar, y un esquema fundamental de interpretación, pero exige de complementarse con la neurofisiología y llenarse de contenidos concretos (que son los estímulos y funciones biológicas).

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Psicología y autorreflexión

La psicología como ciencia que estudia el comportamiento humano está desembocando ampliamente en convertirse en una especie de comité de prescripción, no de fármacos, sino de cómo es correcto vivir. Sustituyen, como ya señalaba Foucault, a los sacerdotes en una sociedad religiosa. En este caso, la justificación no puede ser sino científica. Esta deriva se nota en el surgimiento de la llamada Psicología Positiva y el auge de las neurociencias como supuesta evolución final de la explicación del comportamiento humano. La primera apremia a interesarse por el estudio de la felicidad —por eso se la conoce como ciencia de la felicidad—, de las virtudes humanas, en su desarrollo y exploración. La primera objeción es que la idea de felicidad es una abstracción peligrosa porque, como en toda la literatura del pensamiento, se le han dado muy diversos significados concretos y, con toda seguridad, no podemos decir a priori qué es ser feliz. En su auxilio las neurociencias han hallado la localización de los centros del placer, el sistema de la recompensa, y, su antagonista, el sistema del miedo o de la evitación del dolor. Bajo este sencillo esquema se pueden hallar correlaciones en la activación de uno u otro y así clasificar conducta según produzcan placer o dolor a fin de reforzar las primeras (y evitar las segundas). El tema, sin embargo, tiene más profundidad: este tipo de correlaciones se pueden hacer con conductas o sucesos dados en situaciones delimitadas y sobre un esquema de acción-reacción simple; donde ya se presupone todo el historial de aprendizaje del individuo —por tanto su interiorización de la cultura— y, estas mismas circunstancias, la incapacidad de extrapolar al carácter de individuos de otras culturas en algún grado y, en especial, la incapacidad de hallar los efectos sobre el continuo de la vida. Por ejemplo, tomar alcohol puede ser placentero en un primer momento, incluso en varios momentos, pongamos, varios días con alguna dosis aguda en algún momento, pero se excluye en el análisis los efectos long run de estas conductas y, lo más invisible, aquellas conductas placenteras alternativas a la toma de alcohol que pudieran ser reforzantes de forma inmediata o mediata (un refuerzo inmediato tal como quiero transmitir la idea sería «comer cuando se tiene hambre» y mediato «aprender a tocar el piano y cuando se domine disfrutar tocando»). De forma clara la tendencia de estos procedimientos metodológicos dibuja un desarrollo simplista, basado en excitar emociones fuertes pero efímeras, o en un hedonismo barato sin más. El tema del sacerdocio reside en que tales estudios actúan como prescripciones de la «vida buena» y afectan a áreas tan complejas como las relaciones de pareja, con la familia, con los amigos, sexuales, actitudes con las drogas, juegos, el trabajo, o los objetivos vitales más elevados, etc. La normalización vía estadística moldea a crear modelos monstruosos casi imposibles de extrapolar a gente realmente tan dispar como es la «real» (piénsese en los excesos sobre entender al ser humano como ser creativo pues no todo el mundo lo es, ni tiene un potencial abrumador oculto), en consecuencia, sumado a las prescripciones de cómo vivir, se crean nuevos modelos o patrones culturales a seguir paradójicamente cuando el objetivo como ciencia es la de describir y explicar, no la de prescribir valores.

Las neurociencias, en general, tienen la triste virtud de ocultar el autocuestionamiento de la conducta para conseguir una autojustificación. Por supuesto, el estudio del cerebro ofrece grandes avances y promesas importantes, pero en el punto del que tratamos, actúa de una manera aviesa por un uso indebido. Es fácil justificar la conducta personal en la inevitabilidad por poseer alguna particularidad cerebral (que todo el mundo, por supuesto, tiene en alguna medida). Esta es la forma de eludir la responsabilidad interpersonal porque permite hacer atribuciones sobre las causas de la conducta propia «externas» (el cerebro es un objeto y cuyo funcionamiento sigue las leyes de la física y biología) aunque su ubicación sea interna, dentro del propio cuerpo. Puedes describir la conducta anormal de alguien por excesos de serotonina eximiéndole de poder explicar sus razones humanamente entendibles en un diálogo y, lo que es peor, aceptarlas con cargo a fuerzas inevitables de la naturaleza. En otras palabras: quién se comporta de manera no adecuada, mal o extraña está enfermo por algún mal en el cerebro. Este es el punto más anulador de la libertad humana (en su entendimiento menos metafísico) pues sitúa todas las causas de las conductas de las personas simplificadas y externalizadas fuera de los «yoes» de las personas mismas. Anula la autorreflexión de la conducta y el discurso práctico-moral que sanamente se ha practicado durante toda la historia de la humanidad para indagar sobre nuestras vivencias y compartirlas en su máxima riqueza expresiva. La normatividad son los mandamientos de manuales psicológicos y neurológicos que expresan las conductas óptimas de los seres humanos para los objetivos vitales más importantes. Se ha trascendido la etapa del ser humano como algo divino —algo a abandonar— para reducirlo tanto que se convierte en una cobaya de contenidos mentales programables a conciencia —incluyendo la falacia de la «libertad de elegir» en este escenario—, y todo por su propio bien. Autores dispares como Dawkins, Sloterdijk, Skinner o Wilson alaban este escenario a grandes rasgos.

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Un libertario en busca de la realidad

Los ideales propuestos por la literatura de la libertad —de la ideología que sea— son llamativos para casi todo el mundo porque prometen librarse de la opresión, del castigo, de la intimidación de poderosos y tener la oportunidad o el derecho a procurarse la felicidad. La independencia, por otra parte, viste de oro, sueño de liberarse de los yugos no deseados con otros y que la voluntad propia se materialice sin obstáculos. La lista de adjetivos que los utopistas acompañan sus narrativas persuaden por su innegable estética y porque permiten al lector encajarlos en cualquier parte, en cualquier cosa que crea mal y ahora tiene a mano la solución, quizás por el uso de la razón o por el sacrificio y trabajo. La madurez, empero, de alguien que se ha considerado como tal —libertario— y sigue con deseos de mantener la etiqueta como la más aproximada a su definición, obliga a actualizar esos ideales en una forma más material y práctica. El error está en su abandono si de verdad se cree en ellos, mil veces hecho por falta de imaginar una posibilidad de llevar las cosas a buen puerto, dos miles de veces hecho por llegar a una situación en la vida de comodidad y estabilidad. En primer lugar, hay que plantearse seriamente en qué consiste el valor supremo que se sostiene: la libertad. Se conocen muchas diferencias en la filosofía sobre el término y también en las modernas neurociencias se está empleando con diferentes significados dados a la arbitrariedad del autor. Como exigencia de toda definición y reto personal por otra parte, deberé proveer de una descripción de los términos en forma que cualquier lector (y observador de la vida cotidiana) pueda comprobar y evidenciar de alguna forma. En otras palabras, había de huir de los axiomas teóricos por más lógica que los desarrollen pero tautológicos «la libertad es la ausencia de coacción» y otros tipos de peticiones de principio, inclusive los constructos mentales de la clase «la libertad es un sentimiento», que solo son evidenciables en primera persona y entendidos subjetivamente… Desafío aceptado.

En segundo lugar, viene la formulación de las definiciones. La libertad existe como libertad-de-algo como «liberarse, librarse, escapar, de un sistema de control de la conducta ‘x’» y la libertad-para-algo como «aplicar un sistema de control punitivo hacia aquellos responsables que no satisfagan el contenido de tal libertad» del mismo modo que, en primera persona, significa «adherirse a un sistema de control de la conducta positivo o por medio de recompensas e incentivos que llevan a ellas». Paralelamente, libertad como no-dominación viene a significar «aplicar un sistema de contracontrol sobre aquellos otros tipos de control que condicionan hacia intereses espurios ajenos a los propios o la comunidad, según sea la referencia». Cualquier lector se dará cuenta de la paradoja: hablamos de libertad y la definimos en función de sistemas de control, supuestamente opuestos a la libertad. Razonaré esto: Si asumimos la noción metafísica de libertad que dice que ésta es una propiedad o facultad intrínseca al ser humano y se manifiesta en sus decisiones, nos hallaremos lógicamente en el problema de aceptar que la esclavitud no anula la libertad ¿¡Cómo es posible!? Si es una facultad intrínseca, es decir, constitutiva e inherente al ser humano, ninguna consideración social (como la de persona, ciudadano, siervo, esclavo, hombre libre, etc.) puede tener efectos sobre la libertad que le es inherente por naturaleza el individuo. Poner una pistola en la cabeza para que alguien se desdiga de sus ideas, en este sentido, no coacciona, y, empíricamente, en absoluto necesariamente doblega la voluntad ya que mucha gente en esa situación no se ha dejado manipular aun con el pago de su vida. Dicho así, la noción tradicional metafísica de libertad es totalmente inútil, lo que anima a encontrar algo más con los pies en la tierra como se suele decir. El inconveniente lógico de abandonar este concepto es que el refundado concepto de libertad nuevo debe consistir en una propiedad o facultad extrínseca al individuo y, por tanto, no natural sino social. Como podéis comprobar las definiciones que proporcioné al principio del párrafo corresponden con esta filosofía, todas las aclaraciones de conceptos describen relaciones y procesos empíricos y extrínsecos al individuo humano.

En tercer lugar, debemos razonar por qué decantarnos con algunos de los conceptos anteriores, indagar otros o explicar cómo es posible una combinación de ellos. Si entendemos cabalmente las sociedades humanas veremos la más que posible complementariedad de las descripciones: la libertad-de-algo sustituye ese «algo» por cualquier sistema de control indeseado, del que uno apuesta por alejarse; la libertad-para-algo acoge en su seno los beneficios exigibles de los individuos en un sistema social y la libertad-como-no-dominación presenta dentro del sistema social un contrapoder para equilibrar sus dinámicas internas y no permitir escenarios que destruyan el mismo orden instaurado. Salvo algunos sistemas extremos, todos los sistemas sociales históricos relativamente estables han contemplado recoger los tres conceptos y dotarlos de algún contenido. En el presente sistema social, de la democracia liberal-capitalista tenemos de libertad-de-algo la ausencia de coacción de las instituciones del antiguo régimen, de las fascistas, comunistas y teocráticas; de libertad-para-algo una serie de beneficios como el acceso a la propiedad, los sistemas educativos y de empleo o económico-empresarial, sanitarios, otros beneficios y los de tipo político cuyo símbolo más destacado es el voto. Por último, la libertad-como-no-dominación está materializada en el pluralismo político, la división de poderes formal, cierta descentralización de las administraciones y algunas medidas redistributivas de la riqueza. Las utopías, en general, se plantean, curiosamente, con la aceptación total de uno de estos conceptos y la negación de los demás: en el comunismo o democracia (en sentido material) sólo se desea la libertad-para-algo y se rechaza la libertad-de-algo de manera que concluye en un sistema único de control en calidad de monopolio del que nadie puede estar libre-de-(él) y, en consecuencia, conmina a sus integrantes a una única forma de existir aunque todos ellos gozan (o sufren) de ella equitativamente. No existe tampoco ninguna libertad-como-no-dominación porque un sistema que pretende la perfección no debe tener contrapesos, se supone en perfecto equilibrio. El anarcocapitalismo como forma antagónica acepta la libertad-de-algo (donde ese «algo» es «todo») y rechaza la libertad-para-algo (donde ese «algo» es «nada»), por supuesto, ninguna libertad-como-no-dominación debido a que, en teoría, no existe poder porque no hay sistema de poder (los individuos están liberados de todo sistema de control absolutamente). No es preciso aclarar lo imposible de realizar de estos extremos, mucho menos si analizamos las contradicciones que le son intrínsecas a sus ideas: en el comunismo o democracia material los individuos no tienen opciones sino que están absolutamente determinados a un sólo camino o cauce, de forma que se crea un sistema cerrado o hermético incapaz de cambiar internamente, que rueda y rueda por la eternidad. En el anarcocapitalismo se asegura la liberación de toda coacción al tiempo que se promete el perfecto encaje en un sistema de incentivos y recompensas perfectamente justo que los individuos siguen inexorablemente; es decir, el resultado es justamente el contrario al prometido: un sistema monopólico de control absoluto. Visto esto, salir de las utopías consiste en combinar sabiamente sistemas de evitación de otros sistemas de control, proponer un sistema de control general beneficioso y proponer un sistema de contracontrol interno que evite sus desviaciones en la medida de lo posible. Como cada sistema o propuesta corresponde a una «libertad» y cada una está presente en casi todos los sistemas reales, se podría decir alegremente que todos son «libertarios» pero es aquí donde me desmarco de esta conclusión: para mi libertario no es una propuesta determinada sino aceptar nuestra incapacidad para dar respuestas determinadas en calidad de absolutos; reconocer, en cambio, la relatividad de los sistemas y aproximarnos a la mejor convivencia y coexistencia de varios de ellos. En resumen, el libertarismo no es una ideología positiva, sino negativa (como reconocimiento de nuestras limitaciones).

En cuarto lugar, en coherencia con mi propósito de dar unas definiciones materiales y pragmáticas no puedo dejar así eso del «libertarismo» como algo áureo y de ficción mental. El libertarismo que entiendo debe rechazar la idea de la necesidad de Estado pero no debe prescribir su abolición incondicional. El Estado sí es un sistema de relaciones de control de la conducta empírico y si hemos hablado de no poder suponer un sistema de forma absoluta no se puede aceptar la necesidad de los estados. Ahora bien, si el libertarismo quiere ser real y obedecer también a la humildad que implica reconocer el problema de no poder prescribir una solución universal, no puedo deducir la necesidad de la destrucción del Estado, sino sólo el escepticismo hacia él. Quizás en algún momento y en algún sitio una sociedad pueda funcionar con sistemas de control no estatales. A esta cuestión contestar con un: «puede ser». Por añadidura: «y estaría bien que así fuera (porque el Estado es un monopolio de control en un territorio)». El libertarismo, en otro ámbito, ha de reconocer como bueno la existencia y coexistencia pacífica de distintas comunidades cuyos miembros se someten y participan en distintos sistemas de control, de beneficios y de contracontroles; pero debe cuidarse de las comunidades que buscan realizar utopías o que impiden a sus miembros (o algunos de ellos) participar equitativamente en su constitución y dirección, en otras palabras, las que no tienen o tratan de eliminar sus sistemas de contracontrol y/o reclaman sus sistemas sociales como absolutos (lo que eventualmente les lleva a prácticas imperialistas). En definitiva, el resultado de estas propuestas nos conduce a un sistema de comunidades yuxtapuestas cuyos ciudadanos participan en ellas bajo alguna forma del abanico democrático-republicano y tienen la opción, como contracontrol último, de abandonar tal comunidad y adherirse a la de su gusto. Se puede llamar Panarquía: un sistema de libre elección de gobierno no estatal, es decir, no gobiernos no reñidos por un territorio donde fijan fronteras sino por gente adherida a ellos que los integran y buscan sus valores. Es una suerte de meta-sistema donde el sistema de control general positivo integra a la gente en comunidades dentro de él, que permite y defiende su movilidad, fundación y abandono; el sistema de control aversivo libra de formas absolutistas y, para no caer en la paradoja de ser una forma absolutista la panarquía, tal meta-sistema se forma a través de los propios sistemas de contracontrol internos a cada comunidad, quizás arbitrados por instituciones no estatales internacionales. Ocasionalmente, para no irse a futuribles muy lejanos, se puede contemplar la convivencia de comunidades distintas yuxtapuestas y no ancladas a territorios al amparo de estados modernos, que habiliten legislación para que sean posibles, y acomoden su estructura política a su existencia. Ahora no toca detallar cómo pueden ser esas estructuras más allá de lanzar la idea en la que concluimos.

El libertario tal como lo entiendo no es idealista sino el realista más estricto: olvida las nociones metafísicas y se centra en analizar los sistemas de control de la conducta, no para eliminarlos, sino para posibilitar crear otros, construirlos, sin tener que montar revoluciones. Entiende que no se puede justificar ningún sistema de modo absoluto y por eso abraza el escepticismo contra el estado y, en general, todas las instituciones que reclamen su validez universal. Al tiempo, es libre de expresar sus convicciones y construir su comunidad con otros: fruto de comprender la naturaleza triádica de la libertad en sentido práctico-material.

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Bien hallado en el desierto de lo real

Morfeo, el personaje de Matrix, nos dio la bienvenida «bienvenido al desierto de lo real» y nosotros la vamos a aceptar con todas las consecuencias. El ser humano a lo largo de historia se ha pasado gran parte del tiempo hablando de entes sobrenaturales, de los cuales no podíamos tener experiencia, más allá de las intimidaciones, amenazas, muchas de ellas veladas o encubiertas, aunque en otras ocasiones dádivas, parabienes y placeres proporcionados por los demás. Aparte de los dioses, hablamos de términos como la responsabilidad, la dignidad, el honor o la libertad. Cuando se dice que alguien es responsable de algo, realmente significa que se le imputarán las consecuencias negativas o aversivas de no cumplir con tal o cual mandato o consideración sobre su conducta correcta. Cuando se dice que alguien es libre-de-algo se quiere señalar que no está bajo el control aversivo (es decir, bajo un conjunto de condicionantes exteriores al individuo subjetivamente dañinos para él) de alguna institución, persona o evento de la naturaleza. En cambio, el uso de la palabra como libertad-para-algo implica que aquello para lo que es libre la persona debe ser satisfecho por otros, y esos otros, como responsables de su satisfacción, responden ante un control aversivo. Un poco más difícil es describir lo digno, pero lo intentaremos. Se dice digno a alguien cuando ofrece un trato determinado a otro o hacia una cosa en la situación en que le interesaría quizás egoístamente no ofrecerlo, entiendo ese trato determinado como aquel que está positivamente aprobado o reforzado por su entorno social. Se habla de «vivienda digna» a la que se ofrece con las cualidades aprobadas por el entorno social en la situación en que la persona que la va a recibir y disfrutar podría no haberla conseguido por sus medios o por trámites ordinarios. El honor se compone, por su parte, de un conjunto histórico de comportamientos aprobados o reforzados positivamente por su audiencia (digamos la gente expuesta a tales comportamiento). Si algún comportamiento es considerado deshonroso, es decir, bajo control aversivo social, el sujeto puede sentirse humillado fruto del desdén y desconfianza de los demás en él, en suma, por la activación de consecuencias sociales negativas.

Hemos proporcionado hasta aquí unas definiciones no metafísicas de las nociones de dignidad, libertad, honor y responsabilidad. Ahora estos términos refieren a estados de cosas, relaciones o procesos comprobables y evidenciables públicamente sin depender de los márgenes excesivos a la interpretación que autoconcede la propia subjetividad. Cuando la gente alaba la libertad de la que gozamos usualmente solo está expresando su preferencia sobre un sistema de control aversivo y positivo presente, o, lo que es equivalente, sobre lo que consideran una aplicación aceptable de un tipo de poder. A riesgo de sonar pesimista, se desprende lo imposible de liberarnos de todo tipo de poder en tanto en cuanto que la conducta humana siempre se regula socialmente mediante mecanismos punitivos sociales, morales, legales o cualquier otro sistema; y por mecanismos reforzantes y aprobatorios de semejantes clases a los anteriores. Aclarar esta interpretación pragmática y materialista de conceptos sobre valores tradicionales en occidente me sirve para inferir, creo que con más corrección y precisión, los problemas que asolan nuestra sociedad y que la gente identifica pero suele errar en su análisis más profundo y mucho más en las prescripciones de soluciones. La sociedad, a grandes rasgos, ha pasado de tipos de controles disciplinarios —control aversivo— hacia un control positivo a través de incentivos y recompensas. Ha logrado que se deteste todo aquello que huela a «autoridad» y todo aquello que signifique «castigo» de alguna forma, en cambio, se ha relajado hasta extremos difícilmente concebibles contra el control infligido por los premios y expectativas de los mismos. Se extiende la idea de que todo el mundo, hasta por causas inverosímiles, debe tener ayudas sociales, subvenciones o subsidios, es decir: 1) un reconocimiento positivo y aprobatorio de una necesidad y 2) una acción positiva de los demás a satisfacción para con ello. En los colegios e institutos los profesores no deben castigar ni dar muestras de ninguna autoridad, debe darse ayudas a quién no consigue los resultados, sea bajando el listón o con apoyo excepcional sin que haya una enfermedad o condición concreta que explique esos malos resultados. Los padres deben dejar el máximo posible la educación a las instituciones educativas y, además, también relajar hasta extinguir el control aversivo de la conducta de sus hijos que, incluso aplicado de modo excepcional y sin mayores consecuencias, debe ser punible por el sistema legal. La política, las tertulias, los debates y los intelectuales deben hablar sobre cosas banales que no pongan en aprietos (algo aversivo) a la gente común con bajo nivel en esa serie de temas, al mismo tiempo se debe aprobar (algo positivo) la opinión de éstos como igualmente válida como la de cualquiera más informado, leído y esforzado por saber. En consecuencia de todo esto tenemos masas de gente fácilmente sobornable, servil a unas migajas de oro verde, que comprende la idea de justicia como corolario de su interés personal y egoísta, orgullosa de su ignorancia que muestra y demuestra en programas de televisión e internet por los que por añadido es recompensada (dinero y popularidad), incapaces y absolutamente sensibles a cualquier llamada de atención, aceptar cualquier responsabilidad con los demás, incluso consigo mismos.

El panorama es el que es, cualquier limitación sea físico-natural o en el derecho ajeno, es una opresión intolerable al tiempo que se iza la bandera de la tolerancia con el significado implícito de «indiferencia con los otros», esto es, el cese o dimisión sobre cualquier responsabilidad (recordemos, aplicación de control aversivo) sobre nuestros conciudadanos o seres queridos en el extremo. Se tolera la corrupción y otras abominaciones morales ajenas a cuenta de que, bien «la ley debe encargarse y no es asunto mío», bien porque uno mismo puede encontrarse en una situación similar y querer beneficiarse a costa de los demás, sea en la política como está de moda, sea en situaciones más privadas y cotidianas, y se espera que los demás toleren recíprocamente la bajeza moral propia. Para llegar a cambiar algo las personas debemos ser más que héroes, debemos renunciar a los caramelos del sistema, procurarnos del rechazo, o cierto rechazo al menos, de los demás, y, todavía más, convencer a los demás de que renuncien a los caramelos. Se antoja un imposible habilitado a idealizar por medio de las buenas palabras pero escasez de acciones. No sorprende, si lo véis como yo, que todo político necesite de la mentira y la hipocresía para hacerse hueco en el poder, debido a que si no se prometen caramelos más dulces que la competencia nadie te hace caso. Las críticas sociales son inmensas, están por todas partes pero siguen empecinadas en moverse por conceptos vacíos de libertad, de dignidad y otros bienes. Se habla de la emancipación del ser humano como si eso fuera posible allende la emancipación concreta del ser humano de una forma de poder aversivo no deseado y sustituirla sobre otro tipo de poder más apreciado. Se extiende el liberalismo social hasta inmunizar de consecuencias negativas la ofensa y el insulto sobre otros, también colectivos, que la opinión pública permite su humillación. Generalizan el control del pensamiento por medio del discurso con grandes especialistas en él con una conclusión tremenda: hacer lo mismo de siempre pero con otro discurso más molón. Se destruye todo el pensamiento serio al desautorizarlo o situarlo al mismo nivel que cualquier opinión desinformada. El relativismo se sigue del estado policial porque, al abstenerse de participar en el control social como persona y ciudadano, sólo queda el control de la fuerza y la ley.

Mis conclusiones sobre lo anterior son obvias. Yo no creo en ninguna esencia por encima de este mundo ni en milagros pero tengo en claro varias cosas: 1) Si alguien quiere cambiar algo debe atacar el corazón del pensamiento popular y no jugar a él (jugar a él implica vender caramelos más dulces, seguir en la senda de aumentar el control actual del sistema por vía positiva) y 2) toda solución implica limitaciones por otro lado habida cuenta de la finitud de las posibilidades. Personalmente se me aparece como una cosa imposible y que solo el choque contra los problemas inevitables de esta forma de pensar, vivir y gobernar abre la ventana a cambios que deben filtrarse ante el control de la fábrica de caramelos. En cualquier caso, haríamos bien en desinfectarnos de entidades inexistentes.

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La risa científica

Un payaso anuncia un taller de risoterapia. Hasta ahí todo bien, viene al caso. Me apunté. Estuve ahí básicamente por hacer algo, sin mayor pretensiones debido a que, de primeras, ya iba con la idea de la poca cientificidad del asunto; y que más bien, su utilidad responde a cuestiones más mundanas. Todo el mundo sabe que divertirse hace sentirse bien, relaja, aparta de las preocupaciones y permite abordar el resto de las tareas del día, quizás nada divertidas, con mejor humor. Me llegó un whatsapp de recordatorio del día y que ya empezábamos. Por fin, vamos a ver qué se cuece.

Una clase con las sillas describiendo una circunferencia, música alegre y simplona de fondo y tío barbudo. No lo digo a modo peyorativo ni allá lejos, sino por entonar con el objetivo de la actividad: reírse. Joven y un poco pirado, reconocido por él en al menos tres ocasiones que recuerde haber contado. El barbudo nos incitó a sacar al niño que llevamos dentro que en el rol de adulto serio y socialmente aceptable queda reprimido. Narraba lo que iba a ser la clase como una aventura llena de magia donde se iba a aprender sobre la práctica y experiencia. Donde el ‘Otro’ iba a formar parte de uno en las horas venideras del curso. Los aplausos se dieron en clave risoterapéutica, haciendo sonidos huecos con la boca. Y a partir de ahí hicimos el payaso: andar sin rumbo por la clase saludando a quién nos encontráramos como si se fuera colegas de toda la vida, a lo japonés, después con reverencias caballerescas, etc. Purgamos al de al lado de los males haciendo como que tirábamos cosas que rascábamos de su espalda, las lanzamos lejos, muy lejos. El ambiente estaba muy animado. Probablemente nadie se esperaba llegar a este extremo de patetismo feliz. Ahora bien, tengo algunos apuntes que hacer.

El primero son las continuas menciones de nuestro barbudo a que el estado interior, de felicidad o infelicidad, era el mayor determinante en la vida, y que la actitud prácticamente era todo (decía, el 80%; el resto, la aptitud). Su apología de reír por reír, sin razón, aun a sabiendas de parecer poco cuerdo, invitaba a enajenar algo la mente de la vida en el mundo real. Hay más, sus descripciones de la vida, de las cosas que nos suceden, y por cuánto valoramos si han sido por suerte o por mala suerte, buenas o malas; rezaban bajo la voz de Coelho, con cosas como que el Universo te trae siempre las cosas hasta cuando menos te lo esperas. Tú sólo tienes que mantener la esperanza y la felicidad interna. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a él, dijo. Todo esto aderezado de una supuesta validez científica y de constituir una revolución en toda regla que trata de insertar risas en todos los ámbitos antes de cualquier tarea, para rendir más y ser mejores en suma. Esto puede sonar hasta en cierta medida bien, ¿por qué no? sin embargo, manifiesta, en primer lugar, la necesidad de un discurso científico (o que lo parezca) ¡para reír y para divertirse! Es el colmo. No necesitamos de la ciencia ni, en concreto, de la neurociencia cognitiva, para reír y pasarlo bien. Y si se necesita, algo huele mal y diría que la sociedad está enferma, pero terminal. En segundo lugar, que puede ser contraproducente quedarse solo en el mundo interior feliz enajenado de las circunstancias y de la autorregulación psicológica correcta, de acuerdo a las relaciones del mundo con el individuo que sea funcionales. Precisamente, ensimisma, y, por otro lado, se sigue de una paradójica autoexigencia: estar siempre bien incluso en las malas muy malas. Deprimirse por no ser feliz es algo de la época, y esto contribuye a esto (en efecto, no ser feliz no implica estar en un estado lamentable).

En resumen: actividades lúdicas son de agradecer, más que alguien quiera hacer reír, mola. Que se intente sorprender al personal, también. Antes bien, no deseo un mundo con humoristas científicos con monólogos avalados por la Asociación Americana de Psicología ni por la NASA ya puestos. Tampoco quiero que se instaure un régimen del terror donde la exigencia de felicidad suprema sea la puerta de lo socialmente aceptado o no. Debido a que no siempre, porque somos humanos, podemos estar así y, con las diferencias individuales mediante, es difícil estar tan pleno más que en momentos muy determinados. Ese régimen del terror fue escrito por A. Huxley en ‘El mundo feliz’ hace años y el remedio a la tristeza y desazón era el ‘soma’, una droga. Además que encantados en la risa se toleraba un régimen totalitario porque la gente era feliz en su desgracia más radical, la ausencia de libertad y de verdad. Así las cosas, me gustaría un mundo que no necesitara del consejo científico para reír o llorar, o sentir, o hablar con los amigos ¡o hacer actividad física!. Ese sería un buen mundo.

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